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Capítulo 4

Stafford, Virginia

21:34

Temperatura: 31 grados

– ¿Qué te ocurre, cariño? Esta noche pareces inquieto.

– No soporto el calor.

– Es un comentario insólito, tratándose de alguien que vive en Hotlanta [1] .

– Siempre he querido mudarme.

Ge

– ¿Cuánto tiempo llevas en Georgia, Mac? -preguntó, intentando hacerse oír por encima del barullo.

– Desde que no era más que un destello en los ojos de mi padre.

Ella sonrió, sacudió la cabeza y apagó el cigarrillo en el cenicero de cristal.

– En ese caso, nunca cambiarás de ciudad, cariño. Créeme. Eres georgiano y no hay nada que puedas hacer al respecto.

– Lo dices porque eres tejana.

– Desde que solo era un destello en los ojos de mi tatarabuelo. Los yanquis van de un lado a otro, cariño, pero los sureños echamos raíces.

El agente especial del GBI Mac McCormack aceptó sus palabras con una sonrisa y volvió a centrar su mirada en la puerta principal del atestado bar. Observaba a la gente que entraba y, de forma inconsciente, seguía con la mirada a todas las parejas de chicas. Sabía que era un esfuerzo inútil, pero en días como este, cuando la temperatura superaba los treinta grados, le costaba pensar.

– ¿Cariño? -dijo Ge

Mac volvió la cabeza hacia ella y esbozó una pesarosa sonrisa.

– Lo siento. Te juro que mi madre me educó mejor.

– En ese caso, no permitiremos que lo sepa. La reunión de hoy no ha ido bien, ¿verdad?

– ¿Cómo lo has…?

– Yo también soy oficial de policía, Mac. No me infravalores solo porque soy guapa y tengo buenas tetas.

Él abrió la boca para protestar, pero Ge

Él bar estaba tan lleno que era imposible moverse sin tocar a nadie, y la gente seguía entrando. Más de la mitad de aquellas personas eran colegas de la Academia Nacional -detectives, sheriffs e incluso algún policía militar- que estaban realizando un curso de once semanas en Quantico. Mac no había imaginado que el bar estaría tan lleno un martes por la noche, pero era evidente que la gente huía de sus hogares, quizá para escapar del calor.

Ge

Sin embargo, esta noche la gente estaba inquieta, pues el calor y la humedad eran insoportables. La temperatura había empezado a ascender el domingo y, según decían, iría en aumento hasta el viernes. Caminar por la calle era como moverse entre un montón de toallas mojadas: en cinco minutos, la camiseta se te pegaba al cuerpo; en diez, los pantalones se quedaban enganchados a los muslos. Estar dentro de la Academia no era mucho mejor, pues su arcaico sistema de aire acondicionado rugía con fuerza, pero solo conseguía ofrecer una temperatura de veintinueve grados.

Los estudiantes habían empezado a salir en procesión de las instalaciones de la Academia poco después de las seis, desesperados por disfrutar de un poco de aire fresco. Ge

Se habían conocido hacía ocho semanas, durante los primeros días del curso. «Los sureños tenemos que hacer piña», había bromeado Ge

A sus treinta y seis años, Mac era consciente de que las mujeres lo consideraban atractivo. Medía metro ochenta y nueve, tenía el cabello negro, los ojos azules y la piel bronceada, pues le encantaba correr, ir en bicicleta, pescar, cazar, practicar senderismo, piragüismo, etcétera. Bastaba con nombrar un deporte para que te dijera que lo había practicado con su hermana pequeña y sus nueve primos. Un estado tan diverso como Georgia ofrecía montones de opciones, y a los McCormack les enorgullecía aprender las lecciones de la forma más dura. El resultado de tanto deporte era un cuerpo esbelto y musculoso que parecía agradar a las mujeres de todas las edades, contratiempo que Mac soportaba con estoicismo. Resultaba de gran ayuda que a él también le gustaran las mujeres… «Demasiado», en opinión de su exasperada madre, que estaba ansiosa por tener una nuera y montones de nietos. Mac suponía que eso ya llegaría, pero de momento había consagrado su vida al trabajo.

Sus ojos se deslizaron una vez más hacia la puerta. Acababan de entrar dos muchachas, seguidas por otras dos. Todas conversaban alegremente. Se preguntó cómo se marcharían: ¿Juntas? ¿Por separado? ¿Con amantes recién conocidos? ¿Sin ellos? ¿Qué sería más seguro? Odiaba las noches calurosas.

– Tienes que intentar olvidarlo -le dijo Ge

– ¿Qué?

– Lo que está llenando de arrugas tu atractivo rostro.

Mac apartó los ojos de la puerta por segunda vez y, tras dedicar una mirada irónica a su compañera, alzó su cerveza y la giró entre sus dedos.

– ¿Alguna vez has tenido uno de esos casos?

– ¿Te refieres a esos que se arrastran bajo tu piel, invaden tu cerebro y hechizan tus sueños de tal forma que, aunque hayan transcurrido cinco, seis, diez o veinte años, sigues despertándote en plena noche gritando? No, cariño, nunca he tenido un caso así. -Apagó el cigarrillo y rebuscó en su bolso para coger otro.

– Mientes, preciosa -se burló Mac, alzando de nuevo el encendedor. Los ojos azules de Ge

Momentos después enderezó la espalda, inhaló el humo y lo exhaló.

– Bueno, chico guapo -dijo entonces-. Esta noche no vamos a enrollarnos, así que podrías hablarme de la reunión.

– No se celebró -replicó él.

– ¿Te dejó colgado?

– Por un pez más gordo. Según el doctor E

– Y se impone sobre un caso de hace cinco años -añadió ella.

Mac esbozó una sonrisa torcida, apoyó la espalda en el respaldo y extendió sus bronceadas manos.

– Murieron siete muchachas, Ge

– La batalla de los presupuestos.

– Por supuesto. La Unidad de Ciencias de la Conducta solo cuenta con un lingüista forense, el doctor E

– Tu culo no te importa lo más mínimo.

– Sería más sencillo si me importara -replicó Mac, adoptando un tono serio.

– ¿Has pedido ayuda a alguien de la Unidad de Ciencias de la Conducta?

– A todos quienes me han dicho la hora en el vestíbulo. Maldita sea, Ge

– Podríais buscarlo por vuestra cuenta.

– Ya lo hemos intentado, pero no conseguimos nada.

Ge

– Han pasado tres años -dijo ella, por fin-. Es mucho tiempo para un depredador en serie, así que es posible que tu hombre haya sido encarcelado por algún otro delito. No sería la primera vez que ocurre algo así.

– Podría ser -replicó Mac, aunque su tono sugería que no estaba de acuerdo con aquella observación.

Ella asintió con la cabeza.

– Bueno, a ver si esta te convence: quizá está muerto.

– Aleluya y alabado sea el Señor -replicó Mac, con una voz carente de convicción. Hasta hacía seis meses, había barajado aquella teoría y había deseado que fuera cierta, pues los tipos violentos solían llevar vidas violentas que les conducían a fines violentos. En su opinión, eso era perfecto y lo mejor para el bolsillo de los contribuyentes.

Pero hacía seis meses, había recibido una carta que lo había cambiado todo…

Resulta extraño el modo en que una simple carta puede sacudir por completo tu mundo. Resulta extraño el modo en que una simple carta puede frustrar tres años de trabajo de todo un departamento y hacer que arda en llamas aquello que hasta hacía menos de veinticuatro horas se cocía a fuego lento. Pero no podía contárselo a Ge

Al igual que la verdadera razón por la que deseaba hablar con el doctor E

Se le hizo un nudo en el estómago cuando sintió una vibración en la muñeca. Echó un vistazo al busca, en el que habían empezado a centellear diez números. Los primeros indicaban que la llamada procedía de Atlanta. Y los siguientes…

[1] Juego de palabras entre «hot» (caliente) y «Atlanta». N de la T