Добавить в цитаты Настройки чтения

Страница 69 из 98

Hace poco leí en uno de esos libros, la Historia de los otomanos de Hammer, que el sultán Selim el Fiero, cuando era príncipe heredero, fue a Tabriz disfrazado. Su fama como buen jugador de ajedrez se extendió hasta el punto de que el sha Ismail, aficionado a dicho juego, mandó llamar a su palacio a aquel joven vestido de derviche. El Fiero le ganó tras una partida bastante larga. Y entonces pensé si, cuando años después comprendiera que el hombre que le había ganado al ajedrez no había sido un derviche sino el emperador otomano, el mismísimo sultán Selim el Fiero, que habría de arrebatarle Tabriz en la batalla de Caldiran, el sha Ismail se acordaría de los movimientos de la partida. Mi engreído sosia se acordaba de todos los movimientos de la nuestra. Por cierto, se ha debido acabar mi suscripción a la revista de ajedrez King and Pawn porque ya no me la envían; te ingreso dinero en tu cuenta por medio de la embajada para que me la renueves.

28. El descubrimiento del misterio

«El capítulo que estás leyendo explica el texto de tu rostro.»

Diván , NIYAZI DE EGIPTO

Antes de comenzar a leer la tercera parte de El misterio de las letras y la desaparición del misterio , Galip se preparó un café cargado. Fue al lavabo y se lavó la cara con agua fría para despejarse, pero logró contenerse y no se miró al espejo. Cuando se sentó a la mesa de trabajo de Celâl con su taza de café, estaba tan entusiasmado como un estudiante de instituto que se dispone a resolver un problema de matemáticas que lleva mucho tiempo esperando ser resuelto.

Según F. M. Üçüncü, en esos días en los que se esperaba que el Mahdi que había de salvar a todo Oriente apareciera en Anatolia, en tierras de Turquía, el primer paso que había que dar para descubrir de nuevo el misterio era proporcionar una base sólida, usando las líneas del rostro humano, a las veintinueve letras del alfabeto latino adoptado para el turco a partir de 1928. Así, con ejemplos tomados de olvidados manuscritos hurufíes , de los himnos bektasis , de la imaginería popular de Anatolia, de los restos fantasmales de aldeas hurufíes si adulterar, de los muros de los conventos, de las figuras pintada en los palacios de los bajás, y de miles de adornos caligráficos, mostraba los «valores» que habían obtenido algunos sonidos en su paso del árabe y el persa al turco y luego había marcado aquellas letras, una a una, en las fotografías de ciertas persona con una precisión que daba miedo. Mirando los retratos de aquellas personas, en cuyas caras el autor indicaba que no era necesario ver las letras latinas para leer su significado, absolutamente claro y concreto, Galip sintió el mismo estremecimiento que había notado al observar las fotografías sacadas del armario de Celâl. Sintió miedo cuando, después de pasar más y más páginas de fotografías reveladas a partir de originales de mala calidad, entre las cuales, según escribía en los pies de foto, se encontraban los retratos de Fazlallah, de sus dos asesores, «el de Mevlâna copiado de una miniatura» y el de Halit Kaplan, nuestro medallista olímpico de lucha», encontró de repente una fotografía de Celâl tomada a finales de los años cincuenta. Tal y como ocurría con las otras, se habían marcado ciertas letras en su cara, letras que se acompañaban de flechas que indicaban cómo habían sido trazadas. En aquella fotografía de Celâl, tomada cuando tenía treinta y cinco años, F. M. Üçüncü había visto una U en su nariz, sendas Zetas en las comisuras de los ojos y, cubriendo toda la cara, una H de costado. Tras algunas páginas que pasó con rapidez, Galip vio que a aquella serie se le habían añadido retratos y fotografías de jeques hurufíes e imanes famosos que habían muerto y resucitado después de un breve viaje por el otro mundo, de estrellas americanas «de rostro profundamente expresivo» como Greta Garbo, Humphrey Bogart, Edward G. Robinson y Bette Davis, de renombrados verdugos y de ciertos bandidos de Beyoglu cuyas aventuras había narrado Celâl cuando era joven. Luego el autor afirmaba que cada una de aquellas letras que había marcado en las caras para dotarlas de fundamento tenía un doble significado: el significado evidente de la escritura y el secreto que revelaban las caras.

Si admitimos que cada letra posee un significado secreto que se refiere a un concepto, continuaba razonado F. M. Ucüncü, es necesario que cada palabra compuesta por dichas tetras posea también un segundo significado secreto. De la misma manera tenían segundos significados las frases, los párrafos y, en suma, todos los textos. Pero si tenemos en cuenta que en último extremo estos significados pueden ser escritos a su vez con otras frases y palabras, o sea, con letras, entonces se descubrirá un tercer significado al comentar el segundo, a aquél le seguirá otro, y así hasta que aparezca una serie ilimitada de significados secretos. Se podía comparar aquello con la red de i

Así que el título de la tercera parte, «El descubrimiento del misterio», no sólo se refería el redescubrimiento de la noción de misterio, cuya pérdida había empujado a Oriente a la esclavitud de Occidente, sino también al hallazgo de aquellas frases que el Mahdi había ocultado entre sus artículos.

F. M. Üçüncü repasaba luego, discutiéndolas, las fórmulas para cifrar mensajes que Edgar Allan Poe proponía en su artículo «Un par de palabras sobre mensajes secretos», y afirmaba que ese sistema, el de cambiar de orden las letras del alfabeto, ya había sido usado por Hallac-i Mansur en sus cartas y que probablemente sería muy parecido al que utilizaría el Mahdi en sus escritos y de repente, en las últimas líneas del libro, anunciaba esta importante conclusión: el punto de partida de todas las cifras, de todas las fórmulas, son las letras que cada viajero lee en su propia cara. Todos aquellos que quisieran ponerse en camino, que quisieran forjar un nuevo universo, debían ver antes las letras de su cara. Este modesto libro que el lector sostenía en sus manos era una guía para mostrar cómo podían encontrarse las letras del propio rostro. En lo que respecta a las cifras y fórmulas que permitirían alcanzar el misterio, sólo se había hecho una introducción. Colocarlas en los artículos era tarea del Mahdi, quien, por supuesto, se elevaba como el sol sin que pasara mucho.

Cuando Galip comprendió que la palabra «sol» aludía también al nombre de Semsi, el asesinado amado de Mevlána, arrojó el libro que acababa de terminar y se encaminó al lavabo para mirarse en el espejo. La idea apenas perceptible que refulgía en su mente se había convertido ahora en un claro temor «¡Hace mucho que Celâl ha leído el significado de mi cara!» Tenía la sensación de desastre, de que todo había terminado de manera irreparable, que notaba en su infancia o en su adolescencia cuando cometía alguna falta, cuando creía ser otro o estar viéndose enredado en algún misterio. «¡Ahora por fin soy otro!», pensó Galip, tanto como un niño que juega como alguien que se ha puesto en marcha por un camino sin retorno.

Eran las tres y doce minutos; en el edificio y en la ciudad había ese silencio mágico que sólo se puede sentir a esas horas; era más una sensación de silencio que un auténtico silencio porque cada dos por tres podía notar como un dolor de oídos el zumbido apenas perceptible de la cercana habitación de la caldera o del lejano generador de un barco. Decidió que hacía ya rato que había llegado el momento, pero fue capaz de contenerse un poco más antes de ponerse en marcha.

Se le vino a la mente la idea que llevaba tres días tratando de olvidar: si Celâl no había enviado un nuevo artículo, a partir del día siguiente su columna quedaría vacía. No quiso pensar en aquella columna en blanco, la misma que durante tantos años ni una sola vez se había quedado sin su correspondiente artículo: le daba la impresión de que si no aparecía un nuevo artículo, Rüya y Celâl, hablando y riendo entre ellos en algún lugar oculto de la ciudad, ya no le esperarían. Mientras leía uno de los artículos antiguos que había sacado del armario al azar, pensó: «¡Yo también soy capaz de escribir esto.»