Страница 3 из 53
– Dejé el listón muy alto.
– Fuiste dura de pelar -dijo la abuela.
Mi madre volvió a poner los ojos en blanco.
– Fue una desgracia.
Mabel Markowitz vive en un museo. Se casó en 1943 y todavía tiene su primera lámpara de mesa, su primera olla y su primera mesa de cocina de fórmica y metal cromado. Y la última vez que cambió el papel pintado de la sala fue en 1957. Las flores se han borrado, pero el engrudo resiste. La moqueta es oriental y oscura. Los muebles tapizados muestran ligeros huecos en el centro, causados por traseros que hace tiempo se fueron… bien con Dios, bien a Hamilton Township.
Desde luego, si hay una huella que no aparece en los muebles es la del trasero de Mabel, puesto que ella es un esqueleto ambulante que nunca se sienta. Mabel cocina y limpia y va de acá para allá mientras habla por teléfono. Tiene los ojos brillantes y se ríe con facilidad, dándose palmadas en el muslo, o secándose las manos en el delantal. Su pelo es fino y gris, corto y rizado. Lo primero que hace por la mañana es darse en la cara unos polvos blancos como la tiza. Lleva un lápiz de labios rosa que renueva cada hora y que se le corre por las profundas arrugas que bordean sus labios.
– Stephanie -dijo-, me alegro de verte. Entra. He hecho bizcocho de café.
La señora Markowitz siempre tiene bizcocho de café. Así son las cosas en el Burg. Las ventanas limpias, los coches grandes y siempre un bizcocho de café en casa.
Me senté a la mesa de la cocina.
– La verdad es que no sé mucho de fianzas. El experto en el tema es mi primo Vi
– No se trata realmente de fianzas -dijo Mabel-. La cuestión es encontrar a una persona. Y he mentido en eso de que era para una amiga. Me daba vergüenza. Lo que pasa es que ni siquiera sé por dónde empezar a contarte la historia.
Los ojos se le llenaron de lágrimas. Partió un trozo de bizcocho de café y se lo metió en la boca. Furiosa. Mabel no era del tipo de personas que se dejan llevar fácilmente por las emociones. Ayudó a bajar el bizcocho con un trago de un café que era lo bastante fuerte como para disolver la cucharilla si la dejabas un rato dentro de la taza. Nunca aceptéis un café de la señora Markowitz.
– Me imagino que ya sabes que el matrimonio de Evelyn no salió bien. Ella y Steve se divorciaron no hace mucho y fue bastante desagradable -dijo por fin Mabel.
Evelyn es la nieta de Mabel. Conozco a Evelyn de toda la vida, pero nunca fuimos amigas íntimas. Ella vivía a varias manzanas de distancia e iba a un colegio católico. Nuestros caminos sólo se cruzaban los domingos, cuando venía a comer a casa de Mabel. Valerie y yo la llamábamos Risitas, porque se reía por todo. Venía a casa a jugar juegos de mesa vestida con su ropa de domingo y se reía al tirar los dados, se reía cuando movía la ficha, se reía cuando perdía… Se reía tanto que le salieron hoyuelos. Y cuando creció fue una de esas chicas que los hombres adoran. Evelyn era toda curvas suaves, hoyuelos y energía vital.
Últimamente casi no veía a Evelyn, pero, cuando la veía, no le quedaba mucho de aquella energía.
Mabel apretó los labios.
– Durante el divorcio hubo tantas peleas y tanto resentimiento que el juez le impuso a Evelyn una de esas nuevas fianzas de custodia infantil. Supongo que temía que Evelyn no dejara que Steven viera a A
Todo aquello era nuevo para mí. Nunca había oído hablar de fianzas de custodia. Las personas que yo perseguía habían violado la libertad bajo fianza.
Mabel recogió las migas de encima de la mesa y las tiró al fregadero. A Mabel le costaba estar sentada.
– Todo iba bien hasta que la semana pasada recibí una carta de Evelyn en la que me decía que ella y A
Mabel recorrió la cocina con la mirada.
– No sé lo que haría sin mi casa. ¿De verdad me la pueden quitar?
– No lo sé -dije-. Nunca he trabajado en un caso como éste.
– Entre todos han conseguido preocuparme. ¿Cómo sé si Evelyn y A
A Mabel se le volvieron a humedecer los ojos y yo deseé en lo más profundo que no se pusiera a llorar abiertamente, porque no soy muy buena con los grandes despliegues de sentimentalismo. Mi madre y yo nos demostramos nuestro afecto mediante velados elogios a la salsa.
– Me siento fatal -dijo Mabel-. No sé qué hacer. He pensado que, a lo mejor, podrías buscar a Evelyn y hablar con ella… comprobar que A
– No cobro nada. No soy investigador privado. No me ocupo de casos particulares como éste – ¡Joder, si ni siquiera soy una cazarrecompensas especialmente buena!
Mabel se agarró al delantal; las lágrimas le caían por las mejillas.
– No sé a quién más recurrir.
Ay, madre, no me lo puedo creer. ¡Mabel Markowitz llorando! Era una situación tan cómoda como hacerse un examen ginecológico en medio de la calle Mayor a pleno día.
– Vale -dije-. Veré que puedo hacer… como vecina.
Mabel asintió con la cabeza y se secó los ojos.
– Te lo agradecería -tomó un sobre de encima del aparador-. Tengo una foto de A
– ¿Tienes la llave de su casa?
– No -dijo Mabel-. No me la dio nunca.
– ¿Tienes alguna idea de adonde puede haber ido Evelyn? ¿Cualquier idea?
Mabel negó con la cabeza.
– No me imagino adonde puede haber ido. Se crió aquí, en el Burg. Nunca ha vivido en ningún otro sitio. No fue a la universidad fuera. La mayoría de nuestros parientes están aquí.
– ¿La fianza la presentó Vi
– No. Es otra compañía. Lo apunté -rebuscó en el bolsillo del delantal y sacó un trozo de papel plegado-. Es la True Blue Bonds y el hombre se llama Les Sebring.
Mi primo Vi
Sebring tiene sus oficinas en el centro y el dinero que mueve hace que el de Vi
Le di a Mabel un torpe abrazo, le dije que me enteraría de lo que pudiera y me fui.
Mi madre y mi abuela estaban esperándome a la entrada de la casa de mis padres, con la puerta entreabierta y las narices pegadas al cristal.
– Chist… -dijo mi abuela-. Entra deprisa. Estamos que nos morimos de curiosidad.
– No os lo puedo contar -contesté.
Las dos mujeres resollaron. Aquello era contrario a las leyes del Burg. En el Burg, la sangre siempre manda. La ética profesional no servía para nada cuando se trataba de un jugoso cotilleo entre miembros de la familia.
– Muy bien -dije, entrando-. Da lo mismo que os lo cuente. Os vais a enterar de todas maneras -en el Burg también somos muy reflexivos-. Cuando Evelyn se divorció le impusieron una cosa llamada «fianza de custodia infantil». Mabel puso su casa como garantía. Ahora Evelyn y A
– Oh, Dios mío -dijo mi madre-. No sabía nada.
– Mabel está preocupada por Evelyn y A
– Si yo fuera Mabel estaría preocupada por mi casa -dijo la abuela-. A mí me parece que puede acabar viviendo en una caja de cartón debajo del puente.
– Le he dicho que la ayudaría, pero la verdad es que esto no es lo mío. No soy investigador privado.
– Podrías pedirle ayuda a tu amigo Ranger -dijo la abuela-. En cualquier caso estaría bien; con lo bueno que está, no me importaría verle pasearse por el vecindario.
Ranger es más un socio que un amigo, aunque también supongo que hay un cierto componente de amistad. Además de una tremenda atracción sexual. Hace unos meses hicimos un trato que me ha tenido obsesionada. Otra de esas cosas mías como lo de saltar desde el tejado del garaje a ver si volaba, sólo que en esta ocasión afectaba a mi dormitorio. Ranger es un cubano-norteamericano con la piel de color café con leche, más bien largo de café, y un cuerpo que sólo puede describirse como «ñam-ñam». Tiene una amplia cartera de clientes, un interminable y misterioso surtido de coches negros de lujo, y unas habilidades que dejan a Rambo a la altura de un aficionado. Estoy bastante segura de que sólo dispara contra los malos y creo que sería capaz de volar como Superman, aunque esta última parte nunca se ha confirmado. Ranger se dedica a la recuperación de fianzas, entre otras cosas. Y Ranger siempre consigue detener a sus fugitivos.
Mi Honda CR-V negro estaba aparcado junto a la acera. La abuela me acompañó hasta el coche.
– Si hay algo que pueda hacer no dejes de decírmelo -se ofreció-. Siempre he pensado que sería una buena detective, dado lo chismosa que soy.
– A lo mejor podrías indagar por el barrio.