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A VISITANTE DE Mabel se parece a Catwoman -dijo la abuela-. Sólo le faltan las orejas puntiagudas y los bigotes.

Y el traje de gata era de Do

– La conozco -dije-. Se llama Jea

– Yo también -dijo la abuela.

– No. No es una buena idea. Quédate aquí. En seguida vuelvo.

Jea

– Stephanie Plum -dije.

Su apretón de manos era fuerte.

– Ya me acuerdo.

– Me imagino que te ha contratado alguien relacionado con la fianza.

– Steven Soder.

– A mí me ha contratado Mabel.

– Espero que no tengamos una relación de adversarias.

– Yo también lo espero -dije.

– ¿Hay alguna información que quieras compartir conmigo?

Me tomé un instante para pensarlo y decidí que no tenía ninguna información que compartir.

– No.

Su boca se curvó formando una sonrisa pequeña y cortés.

– Vale, muy bien.

Mabel abrió la puerta y se nos quedó mirando.

– Ésta es Jea

– Hablar conmigo iría en su beneficio -dijo Jea

– También a Stephanie se le da bien encontrar a gente -contestó Mabel.

La pequeña sonrisa volvió a aparecer en la cara de Jea

– Yo soy mejor -dijo.

Era cierto. A Jea

– No lo sé -dijo Mabel-. No me siento a gusto actuando contra la voluntad de Stephanie. Usted parece una jovencita muy agradable, pero preferiría no hablar con usted de este tema.

Jea

– Si cambia de opinión, llámeme a alguno de estos teléfonos.

Mabel y yo vimos cómo se metía en el coche y se alejaba en él.

– Me recuerda a alguien -dijo Mabel-. Y no logro saber a quién.

– A Catwoman -contesté.

– ¡Sí! Eso es, pero sin orejas.

Me fui de casa de Mabel, les conté lo de Jea

Lula entró detrás de mí.

– Espera a ver las botas que me he comprado. Me he comprado unas botas de motera -tiró el bolso y la chaqueta en el sofá y abrió una caja de zapatos-. Fíjate. ¿Son o no son la bomba?

Eran unas botas negras con gruesos tacones altos y un águila cosida a un lado. Co

– Bueno, ¿y tú qué has hecho? -me preguntó Lula-. ¿Me he perdido algo interesante?

– Me he encontrado con Jea

Co

– Cuenta -dijo Lula-. Necesito enterarme de todo.

– Steven Soder la ha contratado para que encuentre a Evelyn y A

Co

– ¿Lo sabe Ranger? -preguntó Co

Corrían muchos rumores sobre Ranger y Jea

– Esto va estar muy bien -dijo Lula-. Ranger, tú y Jea

Mi primo Vi

– ¿Estáis hablando de Jea

– Stephanie se la ha encontrado hoy -dijo Co

Vi

– ¿Te vas a enfrentar a Jea

– Es una fianza de custodia infantil -dije-. La bisnieta de Mabel.

– ¿La Mabel que vive al lado de tus padres? ¿Esa Mabel más vieja que la pana?

– Esa misma. Evelyn y Steven se divorciaron y ella se ha llevado a la niña.

– Y Jea

– ¿Cómo sabes tanto de ella?

– Todo el mundo la conoce -dijo Vi

Aquel rollo con Jea

– Me tengo que ir -dije-. Tengo mucho que hacer. Sólo he venido a llevarme un par de esposas.

Las cejas de todos los presentes se alzaron un par de centímetros.

– ¿Necesitas otro par de esposas? -dijo Vi

Le lancé mi mirada de síndrome premenstrual.

– ¿Supone algún problema para ti?

– No, por Dios. Voy a pensar que se trata de sadomasoquismo. Voy a imaginarme que en algún sitio tienes a un tío encadenado y en pelotas. Es más tranquilizador que pensar que uno de mis fugitivos anda por ahí con tus esposas puestas.

Aparqué al final del estacionamiento, cerca del contenedor de basura, y recorrí andando la corta distancia que me separaba de la entrada trasera del edificio de apartamentos donde vivo. El señor Spiga acababa de aparcar su Oldsmobile de hace veinte años en uno de los codiciados espacios para discapacitados, cercano a la puerta, con su tarjeta de discapacitado orgullosamente expuesta en el parabrisas. Tenía setenta años, estaba jubilado de su trabajo en la fábrica de botones y, salvo por su adicción al laxante Metamucil, disfrutaba de una salud excelente. Afortunadamente para él, su mujer es ciega de verdad y está imposibilitada por una operación de cadera que salió mal. En este aparcamiento una tarjeta de discapacidad no es que sea gran cosa. La mitad de los habitantes del edificio se han sacado un ojo o han metido el pie debajo de un coche para conseguir la calificación de discapacitado. En Jersey, muchas veces el aparcamiento es más importante que la visión.

– Bonito día -dije al señor Spiga.

Sacó una bolsa de la compra del asiento trasero.

– ¿Has comprado carne picada últimamente? ¿Quién pone estos precios? ¿Cómo puede la gente permitirse el lujo de comer? ¿Y por qué es tan roja la carne? ¿Te has fijado alguna vez que sólo es roja por fuera? La rocían con algo para que parezca fresca. La industria cárnica se está yendo al carajo.

Le abrí la puerta.

– Y otra cosa -dijo-: A la mitad de los hombres de este país les están creciendo los pechos. Te digo que es por todas las hormonas que les dan a las vacas. Bebes la leche de esas vacas y te crecen los pechos.

Ay, pensé yo, si fuera tan fácil…

Las puertas del ascensor se abrieron y la señora Bestler asomó la cabeza.

– Sube -dijo.

La señora Bestler tenía unos doscientos años y le gustaba jugar a ascensorista.

– Segunda planta -dije.

– Segunda planta, bolsos de señora y trajes de vestir -canturreó, dándole al botón.

– Caray -dijo el señor Spiga-. Este sitio está lleno de chalados.

Lo primero que hice nada más entrar en mi apartamento fue mirar los mensajes. Trabajo con un misterioso cazarrecompensas que me pone como un flan y que me hace insinuaciones sexuales para, luego, no seguir el juego. Y estoy en la fase de apagado de una relación intermitente con un poli con el que creo que me gustaría casarme… algún día, pero no ahora. Ésa es mi vida amorosa. En otras palabras, mi vida amorosa es un cero patatero. No puedo ni recordar la última vez que tuve una cita. Un orgasmo no es más que un lejano recuerdo. Y no había mensajes en el contestador.

Me derrumbé en el sofá y cerré los ojos. Mi vida se iba al garete. Dediqué una media hora a la autocompasión y estaba a punto de levantarme para darme una ducha, cuando sonó el timbre. Fui hasta la puerta y atisbé por la mirilla. No había nadie. Me di la vuelta e iba a alejarme de allí, cuando oí unos ruidos como de siseos al otro lado de la puerta. Volví a mirar. Seguía sin haber nadie.

Llamé por teléfono a mi vecino de enfrente y le pedí que abriera su puerta y me dijera si había alguien. De acuerdo, es algo despreciable por mi parte, pero nadie quiere matar al señor Wolesky y a mí sí me quieren matar de vez en cuando. No está de más ser cautelosa, ¿verdad?

– ¿Estás loca? -dijo el señor Wolesky-. Estoy viendo La tribu de los Brady. Me has llamado en mitad de La tribu de los Brady.

Y colgó.

Seguía oyendo los ruidos detrás de la puerta, así que saqué la pistola del bote de las galletas, encontré una bala en el fondo del bolso y abrí la puerta. Del picaporte colgaba una bolsa de lona verde oscura. La bolsa estaba cerrada en la parte superior con un lazo corredizo y algo se movía dentro de ella. Lo primero que pensé fue que se trataba de un garito abandonado. Descolgué la bolsa del picaporte, solté el cordón y miré en su interior.

Serpientes. La bolsa estaba llena de serpientes grandes y negras.

Solté un chillido, dejé caer la bolsa al suelo y las serpientes salieron reptando. Entré en el apartamento de un brinco y cerré la puerta. Pegué el ojo a la mirilla. Las serpientes se dispersaban. Mierda. Abrí la puerta y le disparé a una. Ya me había quedado sin balas. Mierda otra vez.

El señor Wolesky abrió la puerta.

– ¿Qué demo…? -dijo, y cerró la puerta de golpe.

Corrí a la cocina en busca de más balas y una serpiente entró detrás de mí. Con otro chillido me encaramé a la encimera de la cocina.

Cuando llegó la policía, todavía seguía subida allí. Eran Cari Costanza y su compañero, Big Dog. Yo había ido al colegio con Cari y éramos amigos de una manera peculiar y algo distante.