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Catorce

Colgué a Morelli y le pedí la dirección a Mary Maggie. Sólo tenía un problema. No quedaba nadie para acompañarme. Era sábado por la noche y Lula había salido con una cita. Ranger se ofrecería, pero no quería liarle otra vez cuando hacía tan poco tiempo que le habían pegado un tiro. Y, además, tendría que pagar un precio. Al pensarlo me daban palpitaciones. Cuando estaba cerca de él y la química corporal se ponía en marcha, le deseaba intensamente. Si, cuando había una cierta distancia entre nosotros, pensaba en la posibilidad de acostarme con Ranger, me moría de miedo.

Si esperaba hasta el día siguiente iría un paso por detrás de la policía. Me quedaba una persona, pero la sola idea de trabajar en un caso con ella me producía sudores fríos. Se trataba de Vi

Miré el reloj. Tenía que tomar una decisión. No quería pensármelo tanto como para acabar sacando a Vi

Inspiré profundamente y marqué su número.

– Tengo una pista sobre DeChooch -le dije a Vi

– Reúnete conmigo en la oficina dentro de media hora.

Aparqué la moto detrás del edificio, junto al Cadillac azul noche de Vi

Me tiró un chaleco y yo me lo puse.

– Te juro -me dijo mirándome- que no sé cómo logras hacer ni una sola detención.

– Suerte -le respondí.

Le entregué la dirección y le seguí hasta el coche. Nunca antes había salido con Vi

La casa de Soba estaba en un barrio que probablemente empezara a establecerse en los años setenta. Tenía grandes espacios abiertos y los árboles estaban ya crecidos. Las casas eran las típicas pareadas, con garaje para dos coches y jardines vallados para retener a perros y críos. La mayoría de ellas tenía las luces encendidas y yo me imaginé a los adultos dormitando delante del televisor y a los menores en sus cuartos, haciendo los deberes o navegando por Internet.

Vi

– ¿Estás segura de que es ésta? -preguntó Vi

– Mary Maggie me contó que había estado en una fiesta en esta casa y coincidía con la descripción de la abuela.

– Madre mía -dijo Vi

Se metió por un lateral hasta la mitad de la calle y aparcó. Nos apeamos y caminamos hasta la entrada de la casa. Permanecimos unos instantes en la acera, observando las casas vecinas, escuchando algún sonido que pudiera indicar la presencia de alguien en la calle.

– Los tragaluces del sótano tienen contraventanas negras -le dije a Vi

– Muy bien -dijo Vi

– Me alegro de que me lo hayas dejado claro. Ya me encuentro mucho mejor.

– ¿Tienes algún plan? -quiso saber Vi

– Sí. Qué te parece si te acercas a la puerta y llamas al timbre para ver si hay alguien en la rasa. Yo me quedo aquí, cubriéndote.

– Tengo una idea mejor. Qué te parece si te acercas a mí y te enseño mi plan.

– No se ve ninguna luz encendida en la casa -dije-. No creo que haya nadie.

– Podrían estar dormidos.

– Podrían estar muertos.

– Mira, eso estaría bien -dijo Vi

Empecé a andar sobre la hierba.

– Vamos a ver si hay luz en la parte de atrás.

– Recuérdame que no vuelva a aceptar fianzas de viejos. No se puede confiar en ellos. No piensan con normalidad. Se saltan un par de píldoras y de repente se ponen a almacenar fiambres en los cobertizos y a secuestrar ancianitas.

– Tampoco hay luz en la parte de atrás -dije-. ¿Y ahora, qué hacemos? ¿Qué tal se te da el allanamiento de morada?

Vi

– Tengo cierta experiencia en allanamiento de morada -dijo. Fue hasta la puerta de servicio y tiró del picaporte. Cerrada. Se dio la vuelta, me miró y sonrió.

– Pan comido.

– ¿Sabes abrir el cerrojo?

– No. Pero puedo meter la mano por el agujero de un cristal que falta.

Me acerqué a Vi

– Me imagino que DeChooch perdió la llave -dijo Vi

Sí. Como si la hubiera tenido alguna vez. Fue muy inteligente por su parte utilizar la casa vacía de Soba.

Vi

– Comienza el espectáculo -susurró.

Yo llevaba la linterna en la mano y el corazón me latía más rápido de lo normal. No es que me fuera exactamente al galope, pero sí al trote.

Procedimos a un registro rápido de la planta superior a la luz de la linterna y nos pareció que DeChooch no había ocupado esa parte de la casa. La cocina estaba sin usar y el frigorífico apagado y con la puerta abierta. Los dormitorios, el salón y el comedor estaban en perfecto orden, con todos los cojines en su sitio y los jarrones de cristal sobre las mesas esperando las flores. Pinwheel Soba vivía bien.

Protegidos por las contraventanas exteriores y las espesas cortinas del interior, nos atrevimos a encender las luces del piso de abajo. Era exactamente como la abuela y Maggie lo habían descrito. El reino de Tarzán. Muebles tapizados con estampados de leopardo y rayas de cebra. Y encima, para confundir un poco más las cosas, un papel pintado de pájaros que sólo se encuentran en Centro y Suramérica.

El frigorífico estaba apagado y vacío, pero todavía conservaba el frío dentro. Los armarios estaban vacíos. Los cajones estaban vacíos. La esponja que había en el escurreplatos todavía estaba húmeda.

– Acabamos de perderlo -dijo Vi

Apagamos las luces y estábamos a punto de irnos cuando oímos abrirse la puerta automática del garaje. Nos encontrábamos en la parte habilitada del sótano. Un corto pasillo y un rellano de donde partían las escaleras de subida nos separaban del garaje. La puerta que conducía al garaje estaba cerrada. Un rayo de luz apareció por debajo de ella.

– ¡Mierda! -masculló Vi

La puerta de acceso al garaje se abrió y la silueta de DeChooch se recortó contra la luz. Avanzó hacia el descansillo, encendió la luz y su mirada cayó directamente sobre nosotros. Nos quedamos todos congelados, como ciervos deslumbrados por los faros de un coche. Al cabo de unos segundos, volvió a apagar la luz y salió corriendo escaleras arriba. Supuse que se dirigía a la puerta de la planta superior, pero pasó por delante de ella y se metió en la cocina, haciendo una marca muy buena para un vejete.

Vi

– Agentes de fianzas -gritó Vi

DeChooch respondió con otro disparo. Oí que algo se rompía y más palabrotas de Vi

Yo estaba detrás del sofá con las manos encima de la cabeza. Vi

El silencio parecía más estruendoso que el tiroteo. Asomé la cabeza y escruté la humeante oscuridad.

– ¿Hola?

– He perdido a DeChooch -murmuró Vi

– A lo mejor le has matado.

– Espera un momento. ¿Qué es ese ruido? Era la puerta automática del garaje.

Corrió hacia las escaleras, se tropezó al pisar el primer escaIon a oscuras y cayó rodando hasta el rellano. Se levantó como pudo, abrió la puerta y apuntó con la pistola. Yo oí el chirrido de unas ruedas, y Vi

– ¡Mierda, joder, hostia! -dijo Vi

Decía los «joder» con tal vehemencia que temí que se le fuera a estallar una vena de la cabeza.

Encendió una luz y los dos miramos alrededor. Había lámparas destrozadas, las paredes y el techo tenían cráteres, las tapicerías estaban rasgadas por los agujeros de bala.

– Hostias -dijo Vi

A lo lejos se empezaron a oír sirenas. La policía.

– Me largo de aquí -dijo Vi

– No sé si es buena idea huir de la policía.

– No huyo de la policía -dijo Vi