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Uno

Supe que iba a ocurrir algo malo cuando Vi

Le miré desde el otro lado del escritorio e intenté reprimir una mueca.

– ¿Qué pasa ahora?

– Tengo un trabajo para ti -dijo Vi

Puse los ojos en blanco con tal fuerza que pude verme el crecimiento del pelo.

– No voy a ir a por Eddie DeChooch. Es viejo, mata gente y sale con mi abuela.

– Ya casi nunca mata a nadie -dijo Vi

Vi

– Se lo encargaría a Ranger, pero está fuera del país -dijo Vi

Ranger es un tipo mercenario que a veces trabaja como cazarrecompensas. Es muy bueno… en todo. Y da un miedo que te cagas.

– ¿Qué hace Ranger fuera del país? ¿Y qué quieres decir con fuera del país? ¿Asia? ¿América del Sur? ¿Miami?

– Me está haciendo una recogida en Puerto Rico -Vi

La oficina de Vi

Co

Co

Co

Torció el gesto al ver que yo llevaba una carpeta en la mano.

– ¿No irás a buscar a Eddie DeChooch en serio, verdad?

– Espero que esté muerto.

Lula estaba desparramada en el sofá de cuero falso que había junto a la pared y que servía de sala de espera para los subvencionados y sus desafortunados familiares. Lula y el sofá tenían casi el mismo tono de marrón, con la excepción del pelo de Lula, que hoy era de un rojo cereza.

Cuando me pongo al lado de Lula siempre me siento como si fuera anémica. Soy norteamericana de tercera generación con ascendencia ítalo-húngara.

Tengo la piel pálida y los ojos azules de mi madre y un buen metabolismo que me permite comer pastel de cumpleaños y (casi siempre) abrocharme el último botón de los Levi's. Por parte de mi padre, he heredado una incontrolable mata de pelo castaño y la tendencia a mover las manos como los italianos. A solas, en un día bueno, con una tonelada de rimel y tacones de siete centímetros, puedo atraer algo de atención. Al lado de Lula soy como papel pintado.

– Me ofrecería para ayudarte a traer su trasero a la cárcel -dijo Lula-. Probablemente te vendría bien la ayuda de una mujer de talla grande como yo. Pero la cuestión es que no me gusta cuando están muertos. Los muertos me espeluznan.

– Bueno, la verdad es que no sé si está muerto -dije.

– Por mí, vale -dijo Lula-. Cuenta conmigo. Si está vivo tendré la oportunidad de darle un puntapié en el trasero a un desgraciado, y si está muerto… me quedo fuera.

Lula habla en plan duro, pero la verdad es que las dos somos bastante cortadas cuando llega la hora de la verdad. Lula fue puta en una vida anterior y ahora le ayuda a Vi

– Tal vez deberíamos ponernos chalecos -dije.

Lula sacó el bolso de uno de los cajones inferiores del archivador.

– Tú haz lo que quieras, pero yo no me voy a poner uno de esos chalecos Kevlar. No hay ninguno de mi talla, y además se cargaría mi estilismo.

Yo llevaba vaqueros y camiseta y no tenía ningún estilismo que cargarme, así que cogí un chaleco antibalas del almacén.

– Espera -dijo Lula cuando llegamos a la acera-, ¿qué es esto?

– Me he comprado un coche nuevo.

– Muy bien, chica, has hecho muy bien. Este coche es una maravilla.

Era un Honda CR-V negro y las letras estaban acabando conmigo. Tuve que elegir entre comer o molar. Y molar había ganado. Al cuerno, todo tiene su precio, ¿verdad?

– ¿Dónde vamos? -preguntó Lula acomodándose a mi lado-. ¿Dónde vive ese colega?

– Vamos al Burg. Eddie DeChooch vive a tres manzanas de la casa de mis padres.

– ¿Es cierto que sale con tu abuela?

– Lo conoció la semana pasada en un velatorio en la Fune raria de Stiva y después se fueron a tomar una pizza.

– ¿Tú crees que hicieron guarrerías?

Casi subo el coche a la acera.

– ¡No! ¡Agh!

– Sólo era una pregunta -dijo Lula.

DeChooch vive en una pequeña casa pareada de ladrillos. Angela Marguchi, de setenta y tantos años, y su madre, de noventa y tantos, viven en una mitad de la casa, y DeChooch vive en la otra. Aparqué delante de la mitad de DeChooch, y Lula y yo nos acercamos a la puerta. Yo llevaba el chaleco antibalas y Lula un top ceñido con estampado animal y pantalones amarillos elásticos. Lula es una mujer grande y tiene tendencia a poner a prueba los límites de la lycra.

– Ve tú delante y mira si está muerto -dijo Lula-. Y después, si ves que no está muerto, me avisas y yo lo saco a patadas en el culo.

– Sí, ya.

– ¿Qué? -dijo haciéndome una mueca-. ¿No me crees capaz de darle una patada en el culo?

– A lo mejor prefieres quedarte al lado de la puerta -le dije-. Por si acaso…

– Buena idea -dijo Lula echándose a un lado-. No es que me dé miedo, pero me fastidiaría manchar de sangre este top.

Llamé al timbre y esperé a que hubiera respuesta. Llamé una segunda vez.

– ¿Señor DeChooch? -grité.

Angela Marguchi asomó la cabeza por su puerta. Era unos quince centímetros más baja que yo, con el pelo blanco y huesos de pajarito, un cigarrillo colgándole entre los delgados labios y los ojos entrecerrados por el humo y la edad.

– ¿A qué viene todo este alboroto?

– Busco a Eddie.

Se acercó a mirarme y su semblante se alegró al reconocerme.

– Stephanie Plum. Dios mío, hacía mucho que no te veía. Había oído que estabas embarazada del poli ese de antivicio, Joe Morelli.

– Un rumor malicioso.

– ¿Y qué pasa con DeChooch? -le preguntó Lula a Angela-. ¿Anda por aquí?

– Está en su casa -dijo Angela-. Ya no sale para ir a ningún sitio. Está deprimido. Ni habla ni nada.

– No nos abre la puerta.

– Y tampoco contesta al teléfono. Entrad y ya está. Deja la puerta abierta. Dice que está esperando a que alguien venga a pegarle un tiro y acabe con su desdicha.

– Bueno, pues no seremos nosotras -dijo Lula-. Claro que, si está dispuesto a pagar, yo sé de alguien que…

Abrí con cuidado la puerta de Eddie y entré en el vestíbulo.

– ¿Señor DeChooch?

– Lárgate.

La voz vino de la sala, a mi derecha. Las cortinas estaban echadas y la habitación completamente a oscuras. Entorné los ojos para mirar en dirección a la voz.

– Soy Stephanie Plum, señor DeChooch. Ha faltado a su cita en el juzgado. Vi

– No voy a ir al juzgado -dijo DeChooch-. No voy a ir a ninguna parte.

Me adentré más en la habitación y le descubrí sentado en una silla en un rincón. Era un tipo delgaducho de pelo blanco alborotado. Iba en camiseta y calzoncillos boxer y zapatos negros con calcetines negros.

– ¿Por qué lleva los zapatos? -le preguntó Lula. DeChooch bajó la mirada.