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Madre mía.
Alcancé a El Porreta a media manzana de su casa. Iba medio escondiéndose, corriendo y andando, mirando para atrás por encima de su hombro, haciendo la versión Porreta de un conejito huyendo de la jauría. Cuando por fin aparqué El Porreta ya había cruzado la puerta, había localizado una colilla y la estaba encendiendo.
– Hay gente que te dispara -le dije-. No deberías fumar canutos. Los canutos te dejan atontado y necesitas estar muy espabilado.
– Colega -dijo El Porreta exhalando.
Diosss.
Saqué a El Porreta a rastras de su casa y me lo llevé a la de Dougie. Ahora teníamos un nuevo ingrediente. DeChooch estaba detrás de algo y creía que lo tenía Dougie. Y pensaba que ahora lo tenía El Porreta.
– ¿De qué estaba hablando DeChooch? -le pregunté a El Porreta-. ¿Qué está buscando?
– No lo sé, tía, pero no es una tostadora.
Estábamos en la sala de la casa de Dougie. Dougie no es el mejor amo de casa del mundo, pero la habitación parecía extrañamente desordenada. Los cojines del sofá estaban amontonados y la puerta del armario abierta. Metí la cabeza en la cocina y encontré una escena semejante. Las puertas de los armarios y los cajones estaban abiertos. La puerta del sótano también estaba abierta, así como la de la pequeña despensa. No recordaba que las cosas estuvieran así la noche anterior.
Dejé el bolso en la mesa de la cocina y revolví entre su contenido para sacar el spray de pimienta y la pistola eléctrica.
– Aquí ha entrado alguien -le dije a El Porreta.
– Si, me pasa con frecuencia.
Me volví y le miré fijamente.
– ¿Con frecuencia?
– Esta semana es la tercera vez. Me imagino que alguien quería llevarse nuestros ahorros. Y al viejo ese, ¿qué le pasa? Era muy amigo de Dougie, vino a casa más de una vez y todo. Y ahora se pone a gritarme. Es, no sé, como desconcertante, colega.
Me quedé pasmada, con la boca abierta y los ojos desencajados durante unos segundos.
– Espera un momento. ¿Me estás diciendo que DeChooch volvió después de dejar los cigarrillos?
– Sí. Sólo que yo no sabía que era DeChooch. No sabía cómo se llamaba. Dougie y yo le llamábamos el vejete. Yo estaba aquí cuando entregó los cigarrillos. Dougie me llamó para que le ayudara a descargar las cajas. Y un par de días después vino a ver a Dougie. La segunda vez yo no le vi. Lo sé porque me lo dijo Dougie -El Porreta dio una última calada a la colilla-. Fíjate lo que son las coincidencias. ¡Quién me iba a decir que estábamos buscando al vejete!
Pescozón mental.
– Voy a revisar el resto de la casa. Tú quédate aquí. Si me oyes gritar, llama a la policía.
¿Soy valiente o no? De hecho estaba completamente segura de que no había nadie en la casa. Llevaba lloviendo por lo menos una hora, si no más, y no había señales de que hubiera entrado nadie con los pies mojados. Lo más probable era que la casa hubiera sido registrada la noche anterior.
Accioné el interruptor de la luz del sótano y empecé a bajar las escaleras. Era una casa pequeña con un sótano pequeño y no tuve que adentrarme mucho para ver que el sótano también había sido objeto de un concienzudo registro. Las cajas que había en el trastero y en el otro dormitorio habían sido abiertas y vaciadas en el suelo.
Estaba claro que El Porreta no sabía qué era lo que buscaba DeChooch. El Porreta no era tan listo como para crear pistas falsas.
– ¿Ha desaparecido algo? -le pregunté a El Porreta-. ¿Ha notado Dougie alguna vez la falta de algo después de que le registraran la casa?
– Un asado.
– ¿Perdona?
– Lo juro por Dios. Había un asado en el congelador y alguien se lo llevó. Era pequeño. De un kilo. Era una sobra de un corte de buey que Dougie se encontró por casualidad. Ya sabes… que se cayó de un camión. Era lo último que quedaba. Nos lo quedamos nosotros por si nos apetecía cocinar algún día.
Volví a la cocina y revisé el frigorífico y el congelador.
– Esto es un muermo total. Esta casa no es lo mismo sin el Dougster aquí.
Detestaba admitirlo, pero necesitaba ayuda para atrapar a DeChooch. Tenía la sospecha de que él era la clave de la desaparición de Dougie y no paraba de escapárseme.
Co
– Me alegro de que hayáis venido -dijo-. Tengo un NCT para vosotros. Rosea
Le cogí la carpeta a Co
– ¿Sabes algo de Ranger?
– Entregó a su hombre esta mañana.
¡Hurra! Ranger había vuelto. Podría ayudarme con lo mío. Marqué su número, pero no hubo respuesta. Le dejé un mensaje y probé en su buscapersonas. Un instante después mi móvil sonó y un estremecimiento me recorrió el estómago. Era Ranger.
– Hola -dijo Ranger.
– Me vendría bien un poco de ayuda con un NCT.
– ¿Qué te pasa?
– Es viejo y yo quedaría como una inútil si le disparara.
Oí cómo Ranger se reía al otro lado de la línea.
– ¿Qué ha hecho?
– De todo. Es Eddie DeChooch.
– ¿Quieres que hable con él?
– No. Quiero que me des algunas ideas para traerle sin cargármelo. Tengo miedo de que, si le doy una descarga con la pistola eléctrica, estire la pata.
– Haz equipo con Lula. Acorraladle y esposadle.
– Eso ya lo he intentado.
– ¿Se os escapó a Lula y a ti? Cariño, debe tener unos ochenta años. No ve. No oye. Tarda hora y media en vaciar la vejiga.
– Fue complicado.
– La próxima vez puedes probar a pegarle un tiro en un pie -dijo Ranger-. Eso suele funcionar.
Y así cortó la comunicación.
Genial.
A continuación llamé a Morelli.
– Tengo noticias para ti -me dijo-. Me encontré con Costanza cuando salí a por el papel. Me dijo que ya había llegado el resultado de la autopsia de Loretta Ricci y que había muerto de un ataque al corazón.
– ¿Y le dispararon después?
– Lo has cogido, Bizcochito.
Demasiado retorcido.
– Ya sé que es tu día libre, pero me preguntaba si me harías un favor -le dije a Morelli.
– Ay, madre.
– Quería pedirte que cuidaras de El Porreta. Está implicado en este lío de DeChooch y no sé si es seguro dejarle solo en mi apartamento.
– Bob y yo ya estamos preparados para ver el partido. Llevamos toda la semana planeándolo.
– El Porreta puede verlo con vosotros. Os lo llevo.
Colgué antes de que Morelli pudiera decir que no.
Rosea
Me arrimé a la acera y bajé la ventanilla.
– ¿Te lo haces con mujeres?
– Cariño, me lo hago con cerdos, vacas, patos y mujeres. Si tú pones la lana yo pongo la gana. Veinte por un trabajito manual. Te cobro horas extras si te pasas de tiempo.
Le mostré un billete de veinte y se subió al coche. Cerré las puertas con el mando centralizado y puse rumbo a la comisaría de policía.
– Nos vale cualquier callejón -dijo.
– Tengo que confesarte algo.
– Mierda. ¿Eres poli? Dime que no eres poli.
– No soy poli. Soy agente de fianzas. No apareciste el día del juicio y tienen que volver a citarte.
– ¿Me puedo quedar con los veinte?
– Sí, te puedes quedar los veinte.
– ¿Quieres que te haga alguna cosita a cambio?
– ¡No!
– Jopé. No hace falta que grites. Es que no quería que te sintieras timada. Yo le doy a la gente lo que paga.
– ¿Y qué me dices del tipo que machacaste?
– Intentó estafarme. ¿Tú crees que me paso la vida en esa esquina por mi gusto? Tengo a mi madre en una residencia. Si no pago todos los meses se viene a vivir conmigo.
– ¿Y eso sería tan terrible?
– Preferiría follar con un rinoceronte.
Aparqué en el estacionamiento de la policía, intenté esposarla y ella se puso a mover las manos de un lado a otro.
– No me vas a poner las esposas -decía-. Para nada.
Y entonces, no sé cómo, con todo aquel manoteo y el forcejeo, abrí el cierre automático y Rosea
– No te sientes -le dije.
– Lo tienes claro. No voy a ir a ningún sitio.
Había dejado el bolso en el coche y éste parecía estar muy lejos. Si iba corriendo hasta allí a por mi teléfono móvil, cuando volviera Rosea
Algunos días era mejor no levantarse de la cama.
Sentía una urgente necesidad de darle una buena patada en los riñones, pero probablemente le saldrían moretones y podría denunciar a Vi
Había empezado a llover con más fuerza y las dos estábamos empapadas. Tenía el pelo pegado a la cara y mis Levi's estaban chorreando. Ambas nos manteníamos en nuestra postura. Nuestra postura se acabó cuando Eddie Gazarra pasó con su coche para irse a comer. Eddie es un poli de Trenton y está casado con mi prima Shirley La Llorona.
Eddie bajó la ventanilla, sacudió la cabeza y chasqueó la lengua repetidamente.
– Tengo un problema con una NCT.
Eddie sonrió.
– No jodas.
– ¿Por qué no me ayudas a meterla en tu coche?
– ¡Está lloviendo! Se me mojaría.
Le miré con los ojos entrecerrados.
– Lo vas a pagar -dijo Gazarra.
– No voy a ir a cuidar a tus niños.
Sus hijos eran encantadores, pero la última vez que fui a cuidarlos me quedé dormida y me cortaron dos dedos de pelo. Soltó otro chasquido.