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JUEVES

30

Jea

La primera parte de ese sueño era algo que realmente le sucedió, cuando ella tenía nueve años y su hermana seis, y su padre estaba viviendo -brevemente- con ellos. Papá rebosaba dinero en aquellos días (hasta varios años después no comprendió Jea

En la vida real, Jea

Jea

– ¿Quién es?

– Ghita. Anda, despierta y déjame entrar.

Ghita vivía en Baltimore y trabajaba en la sede del FBI en Washington. Jea

Jea

– ¿Qué diablos está pasando? -preguntó Ghita sin preámbulos.

– No sé -dijo Jea

Aquello sonaba a malas noticias, podía adivinarlo.

– Mi jefe me llamó anoche, muy tarde, y me ordenó que no tuviese ningún trato más contigo.

– ¡No! -Jea

– Alegó que tus sistemas violan la intimidad de las personas.

– No deja de ser insólito que el FBI se preocupe de una cosa tan insignificante como esa.

– Parece que el New York Times es de la misma opinión.

Ghita enseñó a Jea

LA ÉTICA DE LA INVESTIGACIÓN GENÉTICA:

DUDAS, TEMORES Y UN CONFLICTO

Jea

Jean Ferrami es una joven decidida. En contra de los deseos de sus colegas científicos y del presidente de la Universidad Jones Falls de Baltimore (Maryland) insiste obstinadamente en seguir con su exploración de archivos médicos, en busca de gemelos.

«Tengo un contrato -afirma-. No pueden darme órdenes.» Y las dudas que surgen respecto a la ética de su trabajo no hacen flaquear su determinación.

Una sensación de vértigo se aposentó de pronto en la boca del estómago de Jea

– ¡Dios mío, esto es terrible! -exclamó.

El reportaje pasaba luego a otro tema, la investigación sobre embriones humanos y Jea

El caso de la doctora Jean Ferrami, del departamento de Psicología de la Jones Falls ha creado un nuevo quebradero de cabeza a las autoridades académicas. Pese a que el presidente de la universidad, el doctor Maurice Obell, y el eminente psicólogo profesor Berrington Jones coinciden en opinar que la labor de la doctora Jean Ferrami es inmoral, ella se niega a suspenderla… y cabe la posibilidad de que no puedan hacer nada para obligarla a ello.

Jea

Era horrible y penoso que la atacasen de aquella manera. Se sentía dolida y ultrajada al mismo tiempo, como aquella vez, años atrás, en que un ladrón la derribó con un golpe y le arrebató el billetero en un supermercado de Mi

– A partir de ahora me va a resultar dificilísimo encontrar a alguien dispuesto a dejarme explorar una base de datos -se lamentó, descorazonada-. ¿Quieres café? Necesito algo que me anime. No empiezo muchos días tan mal como hoy.

– Lo siento, Jea

Cuando encendía la cafetera, una idea asaltó a Jea

– Este artículo es inocuo, pero si tu jefe habló contigo anoche, no es posible que el periódico le sugiriese hacerte esa llamada.

– Tal vez supiera anticipadamente que se iba a publicar este artículo.

– Me pregunto quién pudo informarle.

– No lo dijo así exactamente, pero si me aclaró que había recibido un telefonazo del Capitolio.

Jea

– Parece como si esto fuese algo político. ¿Por qué iba a interesarse tanto un congresista o senador en lo que estoy haciendo, hasta el punto de pedir al FBI que no colabore conmigo?

– Quizá se trataba sólo de una advertencia amistosa hecha por alguien que estaba enterado del artículo.

Jea

– El artículo no menciona al Buró para nada. Nadie más sabe que estoy trabajando con los archivos del FBI. Ni siquiera se lo dije Berrington.

– Trataré de averiguar la identidad del que hizo la llamada.

Jea

– ¿Desayunaste ya? Hay bollos de canela.

– No, gracias.

– Me parece que yo tampoco tengo apetito. -Cerró la puerta del frigorífico. Estaba al borde de la desesperación. ¿Es que no podía hacer nada?-. Ghita, supongo que no podrás llevar a cabo mi exploración sin que lo sepa tu jefe, ¿verdad?

No albergaba muchas esperanzas de que Ghita accediese a ello pero la respuesta de su amiga le sorprendió.

Enarcadas las cejas, Ghita dijo:

– ¿No has visto el comunicado que te envié ayer por correo electrónico?

– Me fui temprano. ¿Qué decía?

– Que iba a efectuar esa exploración tuya anoche.

– ¿Y la hiciste?

– Sí. Por eso he venido a verte. La hice anoche, antes de que llamara mi jefe.

De pronto, Jea

– ¿Qué? ¿Y tienes los resultados?

– Te los envié por correo electrónico.

Jea

– ¡Pero eso es fantástico! ¿Les echaste un vistazo? ¿Había muchos gemelos?

– Cantidad, veinte o treinta pares.

– ¡Formidable! ¡Eso significa que mi sistema resulta!

– Pero le dije a mi jefe que no había ejecutado la exploración. Estaba asustada y mentí.

Jea

– Mal asunto. Quiero decir, ¿qué ocurrirá si lo descubre en algún momento, más adelante?

– Ahí voy yo. Tienes que destruir esa lista, Jea

– ¿Cómo?

– Si mi jefe se entera, estoy acabada.

– ¡Pero no puedo destruirla! ¡No puedo hacerlo si demuestra que tengo razón!

El semblante de Ghita adoptó una expresión firme y determinada.

– Tienes que hacerlo.

– Eso es espantoso -gimió Jea

– Me metí en esto para hacerte un favor -dijo Ghita, a la vez que agitaba el dedo índice-. ¡Ahora tienes que librarme del embrollo!

Jea

– No te dije que mintieras a tu jefe.

Eso enfureció a Ghita:

– ¡Estaba asustada!

– ¡Aguarda un momento! -pidió Jea

Ghita cogió la taza de café, pero no lo bebió. Parecía al borde de las lágrimas.

– No puedes hacerte idea de lo que es trabajar para el FBI. Me encuentro frente a los hombres más machistas de la Norteamérica media. Siempre están buscando una excusa u otra para afirmar que las mujeres somos unas negadas, unas incapaces que no valemos para la profesión.

– Pero no te pueden despedir.

– Me has metido en un callejón sin salida.

Era verdad, Ghita no tenía ningún argumento para obligar a Jea

– Vamos, ese no es el camino.

Ghita no se suavizó.

– Sí, ese es el camino. Te estoy pidiendo que destruyas esa lista.

– No puedo.

– Entonces no hay más que hablar.

Ghita se dirigió a la puerta.

– No te vayas así -rogó Jea

Ghita se marchó.

– ¡Mierda!-exclamó Jea

La puerta de la calle se cerró de un portazo.