Добавить в цитаты Настройки чтения

Страница 49 из 99

– ¿Existe alguna posibilidad de error?

– Claro -repuso Jea

– Supongo que sí. -Steve suspiró-. Vale más que empiece a creer eso. ¿De dónde diablos vengo?

La expresión de Jea

– Se me ha quedado en la cabeza una cosa que dijiste. «No tengo hermanos ni hermanas.» Por lo que has contado acerca de tus padres, parecen la clase de personas a las que les gustaría tener la casa llena de críos, tres o cuatro.

– Eso es cierto -dijo Steve-. Pero mamá tenía dificultades para concebir. Había cumplido los treinta y tres años y llevaba diez casada con papá cuando vine yo. Escribió un libro sobre eso: Qué hacer cuando una no puede quedar embarazada. Fue su primer superventas. Con el dinero que obtuvo compró una cabaña de verano en Virginia.

– Charlotte Pinker tenía treinta y nueve años cuando nació De

– ¿Cómo qué?

– No lo sé. ¿Se sometió tu madre a alguna clase de tratamiento especial?

– No he leído el libro. ¿La llamo?

– ¿Lo harías?

– De todas formas, ya es hora de que les hable de todo este misterio.

Jea

– Usa el teléfono de Lisa.

Steve marcó el número de su casa. Le respondió su madre.

– Hola, mamá.

– ¿Se alegró de verte?

– Al principio, no. Pero aún estoy con ella.

– Así pues, no te odia.

Steve miro a Jea

– Odiarme, no, mamá, pero piensa que soy demasiado joven.

– ¿Te está escuchando?

– Sí, y creo que empieza a sentirse incómoda, lo cual no deja de ser un principio. Mamá, estamos en el laboratorio, y tengo algo así como un rompecabezas. Parece que mi ADN es exactamente igual que el de otro sujeto que ella está estudiando, un individuo que se llama De

– No puede ser igual… tendríais que ser gemelos univitelinos.

– Lo cual sólo sería posible en el caso de que fuéramos hijos adoptados.

– Steve, tú no eres adoptado, si es eso lo que estás pensando. Y no eres gemelo de nadie. Dios sabe cómo me las hubiera arreglado para atender a dos de vosotros.

– ¿Te aplicaron alguna clase de tratamiento especial de fertilidad antes de mi nacimiento?

– Sí, me lo aplicaron. El médico me recomendó un sitio de Filadelfia en el que habían atendido a cierto número de esposas de oficiales. Se llamaba Clínica Aventina. Me sometieron a un tratamiento de hormonas.

Steve se lo repitió a Jea

– El tratamiento dio resultado -continuó la madre-, y ahí estás tú, fruto de todo ese esfuerzo, sentado en Baltimore y dándole la tabarra a una preciosa señora que te saca siete años, cuando deberías encontrarte aquí, en el Distrito de Columbia, cuidando de tu anciana madre de pelo blanco.

Steve soltó una carcajada.

– Gracias, mamá.

– Oye, Steve.

– Aquí sigo.

– No vuelvas muy tarde. Ya sabes que tienes que ver a un abogado por la mañana. Será mejor que salgas de este lío legal antes de empezar a preocuparte de tu ADN.

– No volveré tarde. Hasta luego.

Steve colgó.

– Llamaré a Charlotte Pinker ahora mismo -dijo Jea

– Eso es fantástico -dijo Steve-. Pero ¿qué significa?

– Ni idea -confesó Jea

Steve la contemplaba, como hipnotizado. El entusiasmo ponía viveza y color en el rostro de Jea

De súbito, Jea

– ¡Gracias! -dijo por el micrófono. Colgó-. ¡Aún está allí!

Steve parecía fascinado. El misterio de sus genes podía resolverse.

– Archivos -dijo-. La clínica debe de tener sus registros. Es posible que haya pistas.

– He de ir allí -manifestó Jea

– Pues claro.

Marcó una vez más, pulsando los números febrilmente.

– Buenas noches, ¿hablo con la Clínica Aventina?… ¿Tienen un jefe de servicio nocturno?… Muchas gracias.

Se produjo una larga pausa. Jea

– Buenas noches, señor Ringwood, le habla la doctora Ferrami del departamento de Psicología de la Universidad Jones Falls. Dos de los sujetos de la investigación que estoy llevando a cabo fueron atendidos en su clínica hace veintitrés años y me sería de enorme ayuda echar un vistazo a sus historiales. Me han proporcionado la correspondiente autorización que puedo remitirle por fax anticipadamente… Eso me vendría de perlas… ¿Mañana le parece bien?… Digamos, ¿a las dos de la tarde?… Es usted muy amable… Así lo haré. Gracias. Adiós.

– Clínica de fertilidad -silabeó Steve meditativamente-. ¡No leí en ese artículo del The Wall Street Journal que la Genético posee clínicas de fertilidad?

Jea

– ¡Oh, Dios mío! -exclamó en voz baja-. Claro que las tiene.

– Me pregunto si no existirá alguna relación.

– Me juego algo a que la hay -dijo Jea

– Si la hay, entonces…

– Entonces es muy posible que Berrington Jones sepa mucho más acerca de ti y de De

28

Había sido un día infame, pero al final había acabado bien, pensó Berrington al salir de la ducha.

Se contempló en el espejo. Estaba en una forma magnífica para sus cincuenta y nueve años; enjuto, derecho como una vela, con la piel ligeramente atezada y el estómago casi completamente liso. Tenía el vello púbico oscuro, pero ello era debido a que se lo teñía para evitar el embarazoso tono gris impuesto por los años. Para Berrington resultaba muy importante estar en condiciones de desnudarse delante de una mujer sin tener que apagar la luz.

Inició la jornada convencido de que le había puesto el pie en el cuello a Jea

Por el camino de vuelta de Washington se había dejado caer por casa de Preston Barck para informarle de los últimos acontecimientos. Como siempre, Preston se mostró más preocupado y pesimista de lo que la situación requería. El talante de Preston afectó a Berrington hasta tal punto que regresó a su domicilio envuelto en negros nubarrones. Pero cuando entró en la casa el teléfono estaba sonando y Jim, expresándose en una clave improvisada, le confirmó que David Creane cortaría en seco la colaboración que el FBI pudiera prestar a Jea

Berrington se secó con una toalla y se puso un pijama azul de algodón y un albornoz de rayas azules y blancas. Maria

Era su ex esposa, Vivvie.

– El The Wall Street Journal dice que vas a ser rico -dijo.

Berrington se la imaginó: una rubia esbelta, de sesenta años, sentada en la terraza de su casa de California, admirando la puesta del sol que se ocultaba bajo el horizonte del Océano Pacífico.

– Supongo que quieres volver conmigo.

– Se me ocurrió, Berry. Lo pensé muy seriamente durante lo menos diez segundos. Después me di cuenta de que ciento ochenta millones de dólares no eran suficientes.

El comentario provocó la risa de Berrington.

– De verdad, Berry. Me alegro por ti.

El sabía que era sincera. Vivvie poseía ahora una espléndida fortuna propia. Al dejarle se dedicó a los negocios inmobiliarios en Santa Bárbara y le fue de maravilla.

– Gracias.

– ¿Qué vas a hacer con el dinero? ¿Dejárselo al chico?

El hijo de ambos estudiaba con vistas a obtener el título de contable colegiado.

– No le hará falta, ganará una fortuna ejerciendo la profesión de tenedor de libros. Puede que le ceda un poco a Jim Proust. Va a presentarse candidato a la presidencia.

– ¿Qué conseguirás a cambio? ¿Quieres ser embajador de Estados Unidos en Paris?

– No, pero consideraría el cargo de jefe de la sanidad militar.

– ¡Eh, Berry, vas en serio! Pero supongo que no deberías hablar demasiado por teléfono.

– Cierto.

– Tengo que dejarte, mi noviete acaba de llamar al timbre. Hasta pronto, Moctezuma.