Страница 47 из 99
Aquella era una emergencia.
La universidad había ordenado a Jea
De modo que Berrington había vuelto a su despacho y ahora estaba sentado ante su mesa, mientras el cálido crepúsculo se condensaba sobre los edificios de ladrillo rojo del campus. Golpeteaba con la tarjeta de plástico el ratón del ordenador, dispuesto a hacer algo que iba contra su instinto y contra todos sus principios. Su dignidad era algo precioso. La había ido alimentando desde edad muy temprana. Ya de niño, en el colegio, sin un padre que le aleccionara acerca del modo de hacer frente a las riñas infantiles y con una madre excesivamente preocupada por la felicidad del chico, Berrington había ido creándose poco a poco un aire de superioridad, un aislamiento que le protegía. En Harvard había observado furtivamente a un compañero de clase perteneciente a una familia adinerada desde varias generaciones atrás. Tomó buena nota de los detalles de sus cinturones de cuero y pañuelos de hilo, de sus trajes de tweed y sus fulares de cachemira: aprendió la forma elegante de desdoblar la servilleta y manejar la silla ofreciendo asiento a una dama; se maravilló de la mezcla de naturalidad y deferencia con la que el muchacho trataba a los profesores, del encanto superficial y la frialdad subyacente en sus relaciones con los socialmente inferiores. Cuando Berrington inició su master ya estaba ampliamente preparado para convertirse en un brahmán.
Y era difícil desembarazarse de la capa de dignidad. Algunos profesores podían quitarse la chaqueta y saltar al campo para jugar un partido informal de fútbol americano, mezclándose con los estudiantes, pero Berrington era incapaz de ello. Los alumnos nunca le contaban chistes ni le invitaban a sus fiestas, pero tampoco se insolentaban con él, hablaban en clase o cuestionaban sus lecciones.
En cierto sentido, toda su vida, desde la fundación de la Genético, había sido un engaño, pero el la llevaba con audacia y airosa arrogancia. Sin embargo, no era propio de él introducirse subrepticiamente en la habitación de otra persona y dedicarse a registrarla.
Consultó su reloj. El laboratorio ya estaría cerrado. La mayor parte de sus colegas se habrían ido ya, hacia sus casas o hacia el bar del Club de la Facultad. Era un momento tan bueno como cualquier otro. No existía hora alguna que garantizase que el edificio se encontrase totalmente vacío; los científicos trabajaban según su talante y a cualquier hora. De sorprenderle alguien, Berrington tendría que aguantar el tipo y echarle descaro.
Abandonó su despacho, bajó por la escalera y anduvo pasillo adelante hasta la puerta de Jea
Era el despacho más pequeño del edificio. En realidad, se trataba de un pequeño almacén, pero Sophie Chapple insistió pérfidamente en asignárselo a Jea
Berrington cogió el retrato enmarcado de encima del escritorio. Era la fotografía en blanco y negro de un hombre bien parecido, con patillas y corbata ancha, junto a una joven de expresión decidida; los padres de Jea
Berrington se sentó y encendió el ordenador. Mientras el aparato cargaba, el hombre procedió a registrar los cajones. El de arriba contenía bolígrafos y cuadernos de notas. En otro encontró una caja de compresas y un par de pantis dentro de un paquete por abrir. Berrington odiaba los pantis. Le encantaba acariciar recuerdos adolescentes de ligueros y medias con costura. Además, los pantis eran malsanos, como los calzoncillos de nailon. Si el presidente Proust le nombrara jefe de sanidad, ordenaría incluir en los envoltorios de pantis una advertencia indicando que eran peligrosos para la salud. En el cajón siguiente había un espejo de mano y un cepillo con unos cuantos cabellos oscuros de Jea
En la pantalla apareció el menú de Jea
Salió del diario y empezó a mirar los archivos. Había ingentes cantidades de estadísticas y hojas de cálculo. Los archivos del procesador de textos eran más reducidos; algo de correspondencia, esbozos de cuestionarios, el borrador de un artículo. Recurrió a la utilidad de «Buscar palabra» para revisar todos los directorios de WP en busca del termino «base de datos». Salió varias veces en el artículo, así como en las copias archivadas de tres cartas expedidas, pero ninguna de las referencias le informó del lugar donde Jea
– Vamos -dijo en voz alta-, tiene que haber algo, por el amor de Dios.
Jea
En un armario encontró, boca abajo, una foto enmarcada de la propia Jea
Se sentía ahora aún más preocupado. Aquél era el despacho de una persona organizada, del tipo que lo planeaba todo por anticipado. Archivaba las cartas que recibía y copias de todas las que enviaba. Por fuerza debía haber allí algún indicio de lo que pensaba hacer en el futuro inmediato. No tenía motivo alguno para llevarlo en secreto; hasta aquel mismo día no surgió la menor sugerencia de que hubiese algo de lo que avergonzarse. Sin duda debía estar proyectando otro barrido de alguna base de datos. La única explicación posible para la ausencia de pistas consistía en suponer que efectuó los convenios por teléfono o personalmente, acaso con alguna amistad íntima. Y si tal era el caso, difícilmente iba él a encontrar algo escudriñando el despacho de Jea
Oyó pasos en el corredor y se puso tenso. Se produjo el chasquido de una tarjeta al introducirse en el lector. La mirada impotente de Berrington fue a clavarse en la puerta. Nada podía hacer: le habían cogido con las manos en la masa, sentado ante el escritorio de la doctora Ferrami, con el ordenador encendido. No podía alegar que había entrado allí accidentalmente. Se abrió la puerta. Esperaba ver a Jea
El hombre le conocía.
– Ah, hola, profesor -dijo-. Vi la luz encendida y pensé que debía echar un vistazo. La doctora Ferrami acostumbra a tener la puerta abierta cuando esta aquí.
A Berrington le costó un esfuerzo ímprobo no sonrojarse.
– Todo va bien -tranquilizó. «Nada de disculpas, nada de justificaciones»-. Me aseguraré de que dejo bien cerrada la puerta cuando haya terminado.
– Estupendo.
El guardia se quedó en silencio, a la espera de una explicación.
Berrington apretó las mandíbulas. Transcurridos unos segundos, el hombre dijo:
– Bien, buenas noches, profesor.
– Buenas noches.
El guardia se marchó.
Berrington se relajó. «Ningún problema.»
Se cercioró de que el modem estaba conectado, pulsó el ratón sobre América Online y accedió al buzón de Jea
Estaré el viernes en Baltimore y me gustaría tomar una copa contigo en honor de los viejos tiempos. Un beso, Will.
Berrington se preguntó si Will sería el muchacho de la barba que aparecía en la foto de la bicicleta. Pasó a la tercera carta.
Le electrizó.
Te tranquilizará saber que esta noche voy a explorar nuestro archivo de huellas digitales. Llámame. Ghita.
Era del FBI.
– Hija de puta -murmuró Berrington-. Nos vas a matar.
26
Berrington no se atrevió a contar por teléfono el asunto de Jea