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Un golpe de inspiración le indujo a proponer:

– Mientras esperamos a que venga, podemos redactar un borrador de comunicado de prensa.

– Esa es una buena idea.

Berrington tomó un cuaderno de notas y empezó a escribir. Necesitaba algo que Jea

Tendió la nota a la secretaria de Maurice y le encargó que la pasara enseguida por el procesador de textos.

Jea

Maurice la invitó a tomar asiento y le informó de la llamada del periódico. Sus modales eran rígidos. Berrington pensó que Maurice se sentía cómodo con los hombres maduros; pero las jóvenes con pantalones vaqueros ceñidos eran algo extraño para él.

– La misma mujer me llamó a mí -dijo Jea

– Pero usted accede a bases de datos médicos -señaló Maurice.

– Yo no miro las bases de datos, eso lo hace el ordenador. Ningún ser humano ve historial clínico alguno. Mi programa se limita a sacar una relación de nombres y direcciones, agrupados por parejas.

– A pesar de todo…

– No vamos mas allá sin antes pedir permiso a los sujetos potenciales. Ni siquiera les decimos que son gemelos hasta que han aceptado ser parte de nuestro estudio. ¿Qué intimidad se invade, pues?

Berrington simuló que la respaldaba.

– Ya te lo dije, Maurice -terció-. El Times está equivocado de medio a medio.

– Ellos no lo ven así. Y debo pensar en la reputación de la universidad.

– Créame si le digo que mi trabajo acrecentará esa reputación -aseveró Jea

– Tiene razón -confirmó Berrington.

Era cierto. El estudio de Jea

Maurice denegó con la cabeza.

– Mi obligación es proteger del escándalo a la universidad.

– También es su obligación defender la libertad académica -replicó Jea

Era una táctica equivocada. De pascuas a ramos, en otra época, sin duda hubo algunos presidentes de universidad que combatieron en defensa del derecho a difundir libremente la cultura, pero aquellos tiempos habían concluido. Ahora, los presidentes de universidad eran recaudadores de fondos, pura y simplemente. Lo único que conseguiría Jea

El doctor Obell se erizó.

– Jovencita, no necesito que me dé usted ninguna lección respecto a mis deberes presidenciales -dijo, sofocado.

Con gran satisfacción por parte de Berrington, Jea

– ¿Ah, no? -contestó a Maurice, sin apartarse del tema-. Aquí tenemos un conflicto directo. De una parte, una periodista al parecer con una historia mal orientada; de otra, una científica en pos de la verdad. Si un presidente universitario va a plegarse a esa clase de presión, ¿qué esperanza hay?

Berrington exultaba de júbilo. Jea

Luego, Jea

– Por otra parte, ninguno de nosotros desea publicidad perniciosa para la universidad -observó en tono más apacible-. Comprendo perfectamente su preocupación, doctor Obell.

Maurice se suavizó automáticamente, al tiempo que crecía la disgustada desilusión de Berrington.

– Me hago cargo de que esto la sitúa en una posición difícil -dijo el presidente- La universidad está dispuesta a ofrecerle una compensación, en forma de una subida de salario de diez mil dólares anuales.

La sorpresa apareció en el rostro de Jea

– Eso te permitirá -intervino Berrington- sacar a tu madre de esa residencia que tanto te preocupaba.

Jea

– Se lo agradezco profundamente -dijo-, pero eso no resolvería el problema. Subsiste el hecho de que debo conseguir gemelos para mi investigación. De no ser así, no habrá nada que estudiar.

Berrington ya pensaba que Jea

– Seguramente habrá algún otro sistema para encontrar sujetos convenientes para su estudio, ¿no? -aventuró Maurice.

– No, no lo hay. Necesito gemelos idénticos, que se hayan criado separadamente y uno de los cuales sea un delincuente. Lo cual parece demasiado pedir. Mi programa informático localiza personas que ni siquiera saben que tienen un hermano gemelo. No existe otro método para hacerlo.

– No lo había comprendido -dijo Maurice.

El tono era ya peligrosamente amistoso. En aquel momento entró la secretaria de Maurice y entregó a su jefe una hoja de papel. Era la nota de prensa que Berrington había esbozado. Maurice se la pasó a Jea

– Es preciso que formulemos hoy mismo una declaración de este tipo, si queremos eliminar el reportaje.

Jea

– ¡Pero esto es una barbaridad! -estalló-. No se ha cometido ningún error. No se ha violado la intimidad de nadie. ¡Hasta el momento nadie se ha quejado!

Berrington disimuló su delectación. No dejaba de ser paradójico que fuese tan apasionada y, sin embargo, tuviese la infinita paciencia y perseverancia que se requería para llevar a cabo la tediosa investigación científica que estaba desarrollando. La había visto trabajar con los sujetos seleccionados: nunca parecían irritarla ni fatigarla, ni siquiera se mostraba molesta cuando embrollaban las pruebas. Con ellos, las malas conductas le parecían tan interesantes como las buenas. Jea

Berrington interpretó el papel de pacificador desasosegado.

– Pero, Jea

– No pueden decir que se interrumpe mi programa de ordenador -dijo Jea

La expresión de Maurice se endureció.

– No puedo permitir que el New York Times publique un reportaje en el que se afirme que los científicos de la Jones Falls invaden la intimidad de las personas -dijo-. Nos costaría millones de dólares en donativos perdidos.

– Dé con un camino intermedio -rogó Jea

Oh, no, pensó Berrington. Eso era alarmantemente razonable.

– Tenemos un comité de ética, naturalmente -dijo. Trataba de ganar tiempo-. Es un subcomité del claustro. -El claustro era la junta rectora de la universidad y la formaban todos los profesores numerarios, pero el trabajo lo realizaban los comités-. No puedes anunciar que les traspasas a ellos el problema.

– No vale -dijo Maurice bruscamente-. Todo el mundo sabrá que es un subterfugio.

– ¡No quiere darse cuenta -protestó Jea

Berrington decidió que aquel era un buen momento para dar por concluida la reunión. Maurice y Jea

– Buen punto, Jea

– Claro, oigámosla.

– Tenemos dos problemas independientes. Uno consiste en dar con el modo de que siga adelante la investigación de Jea

– Muy razonable -dijo Maurice, aparentemente aliviado.

– Gracias por reunirte con nosotros tan deprisa, Jea

La muchacha comprendió que aquello era una despedida. Se puso en pie, fruncido el ceño con perplejidad. Se daba cuenta de que le habían tendido una trampa, pero no conseguía imaginar en qué consistió.

– ¿Me llamarás? -preguntó a Berrington.

– Desde luego.

– Muy bien. -Jea

– Una mujer difícil -comentó Maurice.

Berrington se inclinó hacia delante, entrelazadas las manos y, baja la mirada en actitud humilde.

– Creo que la culpa es mía, Maurice. -Maurice denegó con la cabeza, pero Berrington continuó-: Yo contraté a Jea

– ¿Qué propones?

– No puedo pedirte que te abstengas de difundir ese comunicado de prensa. No tengo derecho a hacerlo. No puedes poner un proyecto de investigación por encima del bienestar de toda la universidad. Eso lo comprendo. Alzó la cabeza.

Maurice vaciló. Durante una fracción de segundo Berrington temió que sospechara que le estaba manipulando, arrinconando mediante una maniobra. Pero si tal idea cruzó por la mente del doctor Obell, no se asentó allí.

– Agradezco tus palabras, Berry. Pero ¡qué harás respecto a Jea