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Jea

– Jea

– ¿De

– ¿Lleva el pelo largo o corto? ¿Tiene bigote, uñas mugrientas, acné, cojea?…

– Lleva el pelo corto como tú, es barbilampiño, tiene las manos limpias, su piel es clara. Podría haber sido tú.

– ¡Vaya! -Steve pareció profundamente incómodo.

– La gran diferencia está en su comportamiento. Está incapacitado para relacionarse con el resto de la raza humana. No sabe.

– Es muy extraño.

– A mí no me lo parece. En realidad, confirma mi teoría. Ambos sois lo que yo llamo «pequeños salvajes». Tomé la expresión de una película francesa. La empleo para aplicarla a los chicos intrépidos, incontrolables, hiperactivos. Tales chicos son muy difíciles de integrar en la sociedad. Charlotte Pinker y su marido fracasaron con De

Eso no le tranquilizó.

– Pero interiormente, De

– Ambos habéis nacido salvajes.

– Pero yo tengo un tenue barniz de civilización.

Jea

– ¿Por qué te inquieta tanto?

– Quiero pensar que soy un ser humano, no un gorila domesticado.

La muchacha se echó a reír, pese a la expresión solemne de Steve. -Los gorilas también tienen que aprender a ser sociables. Así lo hacen todos los animales que viven en grupo. De ahí es de donde procede el crimen.

Steve parecía interesado.

– ¿De la vida en grupo?

– Claro. El delito es la ruptura de una regla social importante. Los animales solitarios no tienen reglas. Un oso invadirá la cueva de otro oso, robará su alimento y matará a sus oseznos. Los lobos no hacen esas cosas; si las hicieran, no vivirían en manadas. Los lobos son monógamos, unos cuidan los cachorros de los otros y respetan el espacio particular ajeno. Si un individuo quebranta las reglas, lo castigan; si reincide, lo expulsan de la manada o lo condenan a muerte.

– ¿Y si viola normas sociales poco importantes?

– ¿Cómo soltar una ventosidad en un ascensor? Eso lo llamamos faltas de educación. El único castigo es el reproche de los demás. Es asombroso lo efectivo que resulta.

– ¿Por qué te interesan tanto las personas que violan las reglas?

Jea

– Es un gran problema -dijo evasivamente-. A todo el mundo le interesa el crimen.

A su espalda se abrió la puerta y la joven funcionaria de policía miró al interior del cuarto.

– Se ha acabado el tiempo, doctora Ferrami.

– Muy bien -repuso Jea

– No, no lo sabía.

– Trabajamos juntas; es una experta.

– ¿Cómo es?

– No es la clase de persona que formularía una acusación al buen tuntún.

Steve asintió con la cabeza.

– Pese a todo, quiero que sepas que no creo que lo hicieras tú.

Durante unos segundos Jea

– Gracias -articuló el muchacho bruscamente-. No tengo palabras para decirte lo mucho que eso significa para mí.

– Llámame cuando salgas. -Le dio su número de teléfono-. ¿Te acordarás?

– No hay problema.

A Jea

– Buena suerte.

– Gracias, aquí dentro la necesito.

Jea

La mujer policía la acompañó hasta el vestíbulo. Caía la noche cuando Jea

El Honda Accord de Lisa ya estaba aparcado delante de la Loquería. Jea

El despacho de Jea

– ¡Por fin! -exclamó al oír la señal de tono al otro extremo de la línea.

Contestó Charlotte. -¿Cómo está mi hijo? -quiso saber.

– De salud, muy bien -repuso Jea

– Siempre ha tenido unos modales exquisitos -repuso Charlotte con el deje sureño que usaba en sus manifestaciones mas ofensivas.

– Señora Pinker, ¿puede usted confirmarme la fecha de nacimiento de De

– Nació el día siete de septiembre -lo dijo como si debiera ser una fiesta nacional.

No era la respuesta que le hubiera gustado a Jea

– ¿En qué hospital?

– En aquella época estábamos en Fort Bragg, Carolina del Norte.

Jea

– El comandante estaba entrenando reclutas para Vietnam -declaró Charlotte orgullosamente-. La Comandancia Médica Militar tiene un hospital en Bragg. En el vino De

A Jea

– Señora Pinker, quiero repetirle mi agradecimiento por su amable colaboración.

– Ya sabe donde me tiene, para lo que guste.

Jea

– Aparentemente -dijo a Lisa-, Steve y De

Lisa abrió una caja nueva de probetas.

– Bueno, hay una prueba incontrovertible. Si tienen el mismo ADN, son gemelos idénticos, digan lo que digan los demás respecto a su nacimiento.

Sacó dos tubitos de cristal de dentro de la caja. Tenían una longitud de poco más de cinco centímetros. Su fondo era cónico y una tapa cubría la boca de los tubos. Abrió un paquete de etiquetas, escribió «De

Rompió el sello del recipiente de la sangre de De

Cerró las dos probetas y las puso en la batidora, donde se agitaron durante unos segundos. El cloroformo disolvería la grasa y el fenol facturaría las proteínas, pero las largas moléculas en doble hélice del ácido desoxirribonucleico se mantendrían intactas.

Lisa volvió a poner los tubos en el estante.

– Es todo lo que podemos hacer de momento, hasta dentro de unas horas -dijo.

El fenol disuelto en agua se disgregaría del cloroformo despacio. Se formaría un menisco dentro del tubo, en el límite. El ADN sería la parte acuosa, que se podría retirar de la pipeta para la siguiente fase de la prueba. Pero habría que esperar hasta la mañana.

Sonó un teléfono en alguna parte. Jea

– ¿Sí?

– ¿Doctora Ferrami?

Jea

– Soy Jea

– Naomi Freelander, del New York Times. -Sonaba como una fumadora empedernida, entrada ya en la cincuentena-. Tengo unas preguntas que formularle.

– ¿A estas horas de la noche?

– Trabajo las veinticuatro horas del día. Y parece que usted también.

– ¿Cuál es el motivo de su llamada?

– Investigo con vistas a un artículo sobre ética científica.

– ¡Ah! -Jea

– Tengo entendido que ha explorado usted bases de datos clínicas en busca de sujetos apropiados para su estudio.

– Oh, sí, vale -Jea

– Pero usted ha tenido acceso a archivos médicos con el fin de utilizar ese programa.

– Es importante definir qué entiende usted por acceso. He puesto un cuidado especial en no invadir la intimidad de nadie. Jamás he llegado a ver los detalles médicos de ninguna persona. El programa no imprime los historiales.

– ¿Qué imprime?

– Los nombres de los dos individuos, su dirección y número de teléfono.

– Pero imprime los nombres por parejas.

– Naturalmente, ese es el quid.

– De modo que si usted usara, digamos, una base de datos de electroencefalogramas, ésta le informaría de que las ondas cerebrales de John Smith son las mismas que las de Jim Fitz.

– Las mismas o similares. Pero no me daría ningún otro dato relativo a la salud del hombre.

– Sin embargo, en el caso de que usted supiese previamente que John Smith era un esquizofrénico paranoide, llegaría a la conclusión de que Jim Fitz también lo era.

– Jamás sabríamos una cosa así.