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MARTES

15

La ciudad de Richmond tenía un aire de perdido esplendor, y Jea

Su esposo, al que siempre se refería llamándole «el comandante», sería aproximadamente de la misma edad, pero se ataviaba con cierto descuido y tenía el aire parsimonioso del hombre que lleva mucho tiempo jubilado. Dirigió un guiño pícaro a Jea

– ¿No os apetecería un cóctel, muchachas?

Su esposa tenía un refinado acento del sur y hablaba en un tono un poco alto, como si estuviese dirigiendo continuamente la palabra a los asistentes a un mitin.

– ¡Por el amor de Dios, comandante, son las diez de la mañana!

El comandante se encogió de hombros.

– Sólo pretendía que esta reunión empezase con buen pie.

– Esto no es ninguna reunión… estas damas están aquí para estudiarnos. Han venido porque nuestro hijo es un asesino.

Jea

Se obligó a esperar la llegada del momento oportuno.

Estaba también sobre ascuas respecto a la apariencia física de De

Charlotte y el comandante habían rellenado previamente diversos cuestionarios y ahora se trataba de entrevistarlos personalmente a cada uno de ellos durante cosa de una hora.

Lisa se llevo al comandante a la cocina y Jea

A Jea

Cuando Jea

– Los hombres de mi familia siempre han sido terriblemente violentos. -Respiró expulsando el aire por las fosas nasales como si lanzase llamaradas-. Soy una Marlowe por nacimiento, y somos una familia que nos hierve la sangre.

Lo cual sugería que De

Era una pregunta de obligada formalidad. Jea

– Señora Pinker, ¿existe alguna posibilidad de que De

– No.

La respuesta fue tajante: ni indignación ni jactancia, sólo exposición de un hecho.

– Está usted segura…

Charlotte se echó a reír.

– Querida mía, ¿eso es algo en lo que difícilmente podría equivocarse una madre!

– Decididamente no es un niño adoptado.

– Llevé a ese chico en mi vientre, y que Dios me perdone.

A Jea

Al despedirse de los Pinker se sentía pesimista. Albergaba la impresión de que cuando conociese personalmente a De

Tenían aparcado en la calle el Ford Aspire que alquilaron. Era un día caluroso. Jea

Se puso al volante. Cuando salieron a la autopista v tomaron la dirección de la cárcel, Lisa comentó:

– Realmente me inquieta pensar que señalé en la rueda al individuo que no era.

– También a mí -dijo Jea

– ¿Cómo puedes estar tan segura de que me equivoco?

– No estoy segura de nada. Sólo tengo un acusado presentimiento acerca de Steve Logan.

– A mí me parece que deberías comparar ese presentimiento con la certeza de un testigo ocular, y creer a dicho testigo ocular.

– Ya lo sé. Pero ¿viste alguna vez la serie de Alfred Hitchcock? Es en blanco y negro, pero de vez en cuando la reponen por cable.

– Sé lo que vas a decir. Se trata de aquel episodio en el que cuatro testigos presencian un accidente de carretera y cada uno de ellos da una versión del suceso algo distinta.

– ¿Te sientes ofendida?

– Debería estarlo -suspiró Lisa-, pero te aprecio demasiado para enfadarme contigo por este asunto.

Jea

– Gracias.

Se produjo un largo silencio, al cabo del cual Lisa dijo:

– Me fastidian las personas que creen que soy débil.

Jea

– No creo que seas débil.

– La mayoría de la gente si que lo cree. Porque soy menuda, tengo una naricilla mona y estoy llena de pecas.

– Bueno, no das la imagen de chica fortachona, eso es cierto.

– Pero soy fuerte. Vivo sola, cuido de mí misma, cumplo con mi trabajo y nadie me folla. Mejor dicho, creía serlo… hasta el domingo. Ahora pienso que la gente tiene razón: soy débil. ¡En absoluto puedo cuidar de mí misma! Cualquier psicópata que pase por la calle puede echarme mano, ponerme un cuchillo delante de los ojos y hacer lo que le plazca con mi cuerpo y dejar su esperma dentro de mí.

Jea

– No eres débil -aseveró.

– Tú eres dura -replicó Lisa.

– Yo tengo el problema contrario… La gente cree que soy invulnerable. Porque mido metro ochenta y tres, llevo perforada la aleta de la nariz y adopto una actitud malvada, se imaginan que no se me puede hacer daño.

– No tienes una actitud malvada.

– Debo estar en un error.

– ¿Quién cree que eres invulnerable? Yo no.

– La mujer que dirige Bella Vista, la residencia donde está mi madre. Me dijo claramente: «Su madre no cumplirá los sesenta y cinco». Así como suena. «Se que usted prefiere que le sea sincera», añadió. Me quedé con las ganas de soltarle que el que yo lleve un aro en la nariz no significa que no tenga sentimientos.

– Mish Delaware dice que a los violadores no les interesa realmente el sexo. Que disfrutan ejerciendo su poder sobre una mujer, dominándola, asustándola y lastimándola. Eligió a alguien que supuso se asustaría fácilmente.

– ¿Quién no se asustaría?

– Sin embargo, no te eligió a ti. Tú probablemente le hubieras zurrado.

– Me gustaría tener la oportunidad de hacerlo.

– De todas formas, tú le habrías plantado cara con más energía que yo y, desde luego, no te habrías sentido tan impotente y aterrada. Así que él no te eligió a ti.

Jea

– Lisa, eso puede que sea cierto, pero no hace que la violación sea culpa tuya, conforme? No tienes ninguna culpa, ni un ápice. Te viste involucrada: podía haberle pasado a cualquiera.

– Tienes razón -convino Lisa.

Dieciséis kilómetros después de haber abandonado la ciudad se desviaron de la interestatal al llegar a un indicador que rezaba: «Penitenciaría Greenwood». Era una prisión anticuada, un conjunto de edificios de piedra gris rodeado por altos muros con alambrada de espino. Dejaron el coche a la sombra de un árbol, en la zona de aparcamiento destinada a los visitantes. Jea

– ¿Estás preparada para esto? -preguntó Jea

Lisa asintió con gesto grave.

– Estoy lista.

Se abrió la puerta principal para dejar paso a un camión de reparto y ambas entraron sin que nadie les diera el alto. Jea

– Soy la doctora Jean Ferrami, de la Universidad Jones Falls.

– ¿Cómo estás, Jean?

Evidentemente, Temoigne era el tipo de hombre al que le resulta difícil tratar de usted y dirigirse a una mujer por el apellido. Jea