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Iba a ver a De

Le había dejado temblando la revelación de que Steve Logan ignoraba por completo que pudiese ser un hijo adoptivo. A ella no le quedaba más remedio que idear algún procedimiento para tratar ese fenómeno. En el futuro, antes de abordar a los gemelos podría entrar en contacto con los padres y comprobar qué y cuánto les contaron a los chicos. Eso retrasaría su trabajo, pero era obligado hacerlo: ella no era quién para revelar secretos de familia.

El problema tenía solución, pero Jea

Constituía la fuente perfecta para ella. Más de veintidós millones de personas sospechosas o convictas de crímenes figuraban en tales archivos. Si su programa resultaba, los registros deberían proporcionarle cientos de gemelos, incluidas numerosas parejas cuyos miembros se criaron separadamente. Podría ser un gran salto cuantitativo hacia delante en su investigación. Pero antes debía obtener el permiso del Departamento.

Su mejor amiga en la escuela había sido Ghita Sumra, un genio para las matemáticas, descendiente de indios asiáticos, que ahora desempeñaba un alto puesto directivo en el departamento de información tecnológica del FBI. Trabajaba en Washington, pero vivía en Baltimore. Ghita ya había accedido en principio a pedir a sus patronos que prestasen a Jea

Aunque Ghita había nacido en Washington, su voz conservaba un leve acento del subcontinente indio en la suavidad del tono y la rotundidad precisa de sus vocales.

– ¡Hola, Jea

– Atroz -respondió Jea

– No sabes cómo lo siento. ¿qué hizo?

– Se olvidó de que estaba en plena noche, se levantó, no se acordó de vestirse, salió a comprar un cartón de leche y se olvidó de dónde vivía.

– ¿Qué ocurrió?

– La encontró la policía. Por suerte llevaba en el bolso un cheque mío y consiguieron localizarme.

– ¿Cómo lo ves?

Una pregunta femenina. Los hombres -Jack Budgen, Berrington Jones- le hubieran preguntado qué iba a hacer. Era preciso ser mujer para preguntar cómo lo veía.

– Mal -respondió Jea

– ¿En qué clase de residencia está?

– Barata. Es todo lo que cubre su seguro. Tengo que sacarla de allí en cuanto encuentre el dinero que me hace falta para pagarle algo mejor. -Percibió el silencio preñado de aprensión que se produjo en el otro extremo de la línea y comprendió que Ghita estaba pensando que aquellas palabras eran el preámbulo de un sablazo. Se apresuró a añadir-: Voy a dar algunas clases particulares los fines de semana. ¿Hablaste ya a tu jefe de mi propuesta?

– Desde luego.

Jea

– Aquí todo el mundo se ha interesado en tu programa -dijo Ghita.

Eso no era ni sí ni no.

– ¿No tenéis sistemas de exploración informática?

– Sí, pero tu aparato investigador es mucho más rápido que cualquiera de los que tenemos. Están hablando de comprarte los derechos del programa.

– Fantástico. Quizá no necesite dar clases particulares los fines de semana, después de todo.

Ghita dejó oír su risa.

– Antes de que descorches la botella de champán, hay que asegurarse de que el programa realmente funciona.

– ¿Cuánto vamos a tener que esperar?

– Lo probaremos de noche, porque el uso normal de la base de datos tiene entonces el mínimo de interferencias. Tendré que esperar a una noche tranquila. Dentro de una semana, dos a lo sumo.

– ¿No podría ser antes?

– ¿Tanta prisa corre?

Si, corría tanta prisa, pero Jea

– Sólo estoy impaciente -se evadió.

– Lo conseguiré lo antes posible, no te inquietes. ¿Puedes transferirme el programa por módem?

– Claro. Pero ¿no crees que debería estar allí para pasarlo?

– No, no lo creo -la voz de Ghita incluía una sonrisa.

– Naturalmente, tú entiendes mucho más que yo de esa clase de material.

– Lo enviamos desde aquí. -Ghita leyó la dirección del correo electrónico y Jea

– Gracias. Oye, Ghita…

– ¿Qué?

– ¿Me va a hacer falta un refugio fiscal?

– Fuera de aquí.

Ghita soltó una carcajada y colgó.

Jea

La muchacha le lanzó una mirada valorativa. Le había dado unas noticias inquietantes y el rostro de Steve las acusaba; pero era joven y resistente, de modo que el golpe no le había derribado. Era psicológicamente muy estable. De haber pertenecido al tipo criminal -como presumiblemente lo era su hermano, De

– ¿qué tal te fue? -le preguntó.

Steve cerró la puerta a su espalda, con el talón.

– Asunto concluido -dijo-. Me he sometido a todas las pruebas, he completado todos los exámenes y he rellenado todos los cuestionarios que el ingenio de la raza humana ha sido capaz de imaginar.

– Entonces eres libre de volver a casa.

– Pensaba quedarme en Baltimore esta noche. La verdad es que me preguntaba si te importaría cenar conmigo.

Jea

– ¿Con qué objeto? -preguntó, con brusca descortesía.

La pregunta le desconcertó.

– Bueno, pues… porque…, no me cabe duda de que me gustaría conocer más cosas acerca de tu investigación.

– ¡Ah! Bien, por desgracia, ya tengo un compromiso para cenar.

Steve pareció muy decepcionado.

– ¿Crees que soy demasiado joven?

– ¿Demasiado joven para qué?

– Para salir contigo.

Eso la sorprendió.

– No sabía que me estabas pidiendo una cita -confesó.

Steve pareció sentirse violento.

– Pareces lenta de reflejos.

– Lo siento.

Era lenta. Lo había conocido ayer, en las pistas de tenis. Pero se había pasado el día pensando en Steve sólo como sujeto de su estudio. Sin embargo, ahora que lo meditaba más a fondo, efectivamente era demasiado joven para salir con ella. Tenía veintidós años, un estudiante; ella era siete años mayor que él, una diferencia enorme.

– ¿Cuántos años tiene el hombre con el que vas a salir?

– Cincuenta y nueve o sesenta, algo así.

– Formidable. Te gustan los viejos.

A Jea

– Estoy aquí todo el día -dijo-. ¿Te gustaría tomar una copa conmigo en el Club de la Facultad?

Steve se animó automáticamente.

– De mil amores, me encantaría. ¿Voy vestido adecuadamente?

Llevaba pantalones caqui y camisa azul de hilo.

– Mucho mejor que la mayoría de los profesores que suelen frecuentarlo -sonrió Jea

– He llamado a mi madre -explicó Steven-. Le he contado tu teoría.

– ¿Se enfadó?

– Se echó a reír. Dijo que ni yo era adoptado ni tenía ningún hermano gemelo que hubiesen dado en adopción.

– Qué extraño.

Para Jea

– ¿Sabes?… -Jea

– Sé lo que estás pensando -dijo Steve-. Cambio de recién nacidos en el hospital.

Captaba las cosas rápido. Por la mañana había observado en más de una ocasión lo deprisa que sacaba conclusiones.

– Exacto -confirmó-. La madre número uno da a luz gemelos idénticos, las madres números dos y tres alumbran un varón cada una. Los dos gemelos se entregan a las madres dos y tres, mientras sus hijos pasan a la madre número uno. Cuando los niños crecen, la madre número uno colige que ha tenido gemelos fraternos que se parecen extraordinariamente poco.

– Y si las madres dos y tres no llegan a conocerse, nadie se percata nunca del asombroso parecido de los niños dos y tres.

– Es el viejo argumento de los autores de folletín -reconoció Jea

– ¿Hay algún libro sobre este tema de los gemelos? Me gustaría saber algo más acerca del asunto.

– Sí, aquí tengo uno… -Repasó la librería-. No, está en casa.

– ¿Dónde vives?

– Ahí al lado.

– Puedes invitarme a esa copa en tu casa.

La muchacha titubeó. Se dijo que aquel era el gemelo normal, no el psicópata.

– Desde hoy, sabes mucho de mí -comento Steve-. Y siento curiosidad por tu persona. Me gustaría ver como vives.

Jea

– Claro, ¿por qué no? Vamos.

Eran las cinco de la tarde y el día empezaba a refrescar cuando salieron de la Loquería. Steve emitió un silbido al ver el Mercedes rojo.

– ¡Vaya coche guapo!

– Hace ocho años que lo tengo -dijo Jea

– El mío está en el aparcamiento. Me situaré detrás de ti y daré un toque con los faros para avisarte.

Se alejó. Jea