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– Sí -admitió Leisha, neutral.

– Nadie duda que obtendrás el título, pero sí hay dudas respecto al trabajo con Morehouse, Ke

Pero tienes también dos ardientes defensores, A

– Gracias -dijo Leisha-.

Stew… ¿Por qué te preocupas por si entro o no. ¿Por qué te importa?

Hubo un silencio al otro extremo de la línea. Luego Stewart dijo, muy bajo: -No somos todos cabezas huecas aquí, Leisha. A algunos todavía nos importa la justicia. Y también el progreso.

Leisha se iluminó, como una burbuja de luz animada.

– También tienen mucho apoyo aquí -dijo Stewart- para esa estúpida demanda por la zonificación en Santuario. Puede que no se den cuenta, pero la tienen. Lo que los de la Comisión de Parques tratan de conseguir es… pero sólo están siendo usados de fachada. Tú lo sabes.

De todos modos, cuando llegue a la corte tendrán toda la ayuda que necesiten.

– Santuario no es obra mía, para nada.

– ¿No? Bueno, hablaba de vosotros en conjunto.

– Gracias, en serio. ¿Como están tus cosas?

– Bien. Soy papá.

– ¿En serio? ¿Niño o niña?

– Una niña. Una hermosa brujita que me tiene loco. Me gustaría que conocieras a mi esposa, Leisha.

– A mí también -respondió Leisha.

Pasó el resto de la noche estudiando. Seguía sintiendo la burbuja, y reconoció exactamente qué era: alegría.

Todo estaría bien. El contrato, no escrito, entre ella y su sociedad -la sociedad de Kenzo Yagai, la de su padre- se cumpliría. Con disenso y conflictos y, sí, algo de odio: de repente pensó en los mendigos en España de Tony, furiosos ante el fuerte por no serlo ellos. Sí, pero se cumpliría.

Creía en eso. Decididamente.