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Capítulo 7
Yvo
Extenuada por el dolor, se sentó en el suelo y esperó a que la química hiciera su efecto. Se dijo a sí misma que si Dios no quería nada de ella ese día, su corazón se apaciguaría en unos minutos y todo iría bien; todavía le quedaban cosas por hacer. Se prometió aceptar la siguiente invitación de John a Kent, en el caso de que se la volviera a hacer, pues ya eran muchas las veces que la había rechazado. A pesar de su pudor, de su rechazo, añoraba a aquel hombre con locura. ¿Era necesario que las personas se alejaran para que uno se diera cuenta del lugar que éstas ocupaban en su vida? Cada mediodía, John se instalaba en la sala. Se habría dado cuenta de que su plato era diferente del de los demás clientes?
Seguro que había reparado en ello; John era un hombre discreto, tan pudoroso como ella, pero era intuitivo. Yvo
Levantó la cabeza. La bombilla que colgaba del techo se puso a girar, llevándose con ella todos los objetos de la habitación, como en un ballet. Las paredes parecían ondularse, y se sintió aplastada por una fuerza terrible que la empujaba hacia atrás. No conseguía alcanzar la escalera, respiró profundamente y cerró los ojos antes de que su cuerpo cayera de lado. Su cabeza se posó lentamente sobre el suelo. Oyó los latidos de su corazón resonar en sus tímpanos, y después, nada.
Llevaba una faldita de flores y una blusa de algodón. Era el día de su séptimo cumpleaños, y su padre la llevaba de la mano. Para contentarla, le había comprado dos entradas en la taquilla de la gran noria de madera, y cuando la barra de seguridad se bajó, se sintió más feliz que nunca. Al llegar a lo más alto, su padre había señalado con el dedo el horizonte. Sus manos eran magníficas. Acariciando de un solo gesto los tejados de la ciudad, le había dicho unas palabras mágicas: «A partir de ahora, la vida te pertenece; nada te resultará imposible, si lo deseas verdaderamente». Ella era su orgullo, su razón de vivir, la cosa más bella que había hecho en su vida. Y le hizo prometer que no le diría todo eso a su madre, porque podía ponerse un poco celosa. Se había reído porque sabía que su padre quería a su mamá tanto como a ella. En la primavera siguiente, una mañana de invierno, había corrido tras él en la calle. Dos hombres de traje oscuro habían ido a buscarlo a casa. Hasta que cumplió diez años, su madre no le confesó la verdad. Su padre no se había ido en viaje de negocios, sino que había sido detenido por la milicia francesa, y no había vuelto nunca.
Durante los años de la Ocupación, en el camaranchón que le hacía las veces de habitación, la niña se había imaginado que su papá había huido. Cuando sus guardianes le hubieran dado la espalda, él se habría librado de sus ligaduras y habría roto la silla en la que lo torturaban. Tras hacer acopio de todas sus fuerzas, se habría escapado por los sótanos del comisariado y habría desaparecido por una puerta que hubieran dejado abierta. Después de unirse a la Resistencia, habría conseguido llegar a Inglaterra. Así, mientras ella y su madre se las apañaban como podían en aquella Francia triste, él servía a las órdenes de un general que no se había rendido. Todas las mañanas, al levantarse, se imaginaba que su padre deseaba llamarla, pero en el reducto donde se escondía con su madre no había teléfono.
Al cumplir los veinte, un oficial de policía llamó a su puerta. En aquella época, Yvo
Yvo
Esperó a la noche para desdoblar la carta oculta en la cartera de cuero. La leyó y cogió la llavecita de una consigna que su padre había adjuntado.
Al morir su primer marido, Yvo
Se plantó frente a la fachada blanca de un gran edificio en el barrio de South Kensington. Arrodillada al pie de un árbol que daba sombra en una placeta, hizo un agujero en la tierra con sus manos. En él dejó un carné de identidad amarillento, manchado de sangre seca, y murmuró: «Ya hemos llegado».
Cuando un policía le preguntó lo que estaba haciendo, se puso de pie y respondió llorando:
– He venido a devolverle a mi padre sus papeles. No nos habíamos visto desde la guerra.
Yvo
Enya había emigrado el año anterior. Había encontrado trabajo en un bar del Soho. La vida allí era tan cara que tenía que compartir un estudio con tres estudiantes que, como ella, hacían pequeños trabajos por aquí y por allá. Enya no estudiaba desde hacía mucho tiempo.
El restaurador norteafricano que la empleaba, al echar de menos su país, había cerrado el negocio. Después, un empleo de mañanas en una panadería, otro como cajera en un local de comida rápida a la hora del almuerzo y un último como repartidora de publicidad al final de la jornada le habían permitido ir tirando. Sin papeles, sólo le quedaba la precariedad. En dos semanas, había perdido todo sus empleos. Le preguntó a Yvo
– ¿Así es como quieres encontrar trabajo? ¿Bebiendo alcohol en la barra de un bar? -preguntó la patrona.
Yvo
Al inicio de la velada, Antoine estaba sentado a la mesa en compañía de McKenzie, que devoraba a Yvo
Enseguida recibió una respuesta: «Todo va bien. Los niños han cenado, cepillado de dientes en curso, en la cama en 10 minutos».
Al poco, Antoine recibió un segundo mensaje: «Trabaja hasta tan tarde como quieras, yo me ocupo de todo».
La luz acababa de apagarse en la sala del cine de Fulhamm, y la película empezaba. Mathias apagó su móvil y hundió la mano en la bolsa de palomitas que Audrey le ofrecía.
Sophie abrió la puerta de la nevera para examinar su contenido. En la bandeja de arriba, encontró unos tomates muy rojos, alineados en un orden tan perfecto que parecían un batallón de soldados de un ejército del Imperio. Había unas lonchas de viandas frías colocadas ordenadamente en un papel de celofán junto a un plato con quesos, un tarro de pepinillos y un bote de mahonesa.
Los niños dormían en el piso superior. Cada uno había tenido derecho a su propia historia y a sus mimos.