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La policía no se preocupa por la desaparición de una prostituta, aunque sea una menor; y menos aún teniendo en cuenta que la japonesita, llegada clandestinamente de Nagasaki en un junco de contrabandistas, no figuraba en ninguna lista del registro civil o de inmigración. Su cuerpo exangüe, que sólo presentaba una diminuta herida en la base del cuello, encima mismo de la clavícula, se vendió para ser servido con diferentes salsas en un afamado restaurante de Aberdeen. La cocina china tiene la ventaja de hacer irreconocibles los trozos. Sin embargo, no cabe duda de que su origen fue revelado -con aportación de pruebas- a algunos clientes de ambos sexos de gustos depravados, a los que no importaba pagar el precio que fuera para consumir ese tipo de carne; preparada con especial esmero, se la servían en el transcurso de festines rituales cuya presentación, así como los excesos a que daban lugar semejantes reuniones, exigía un reservado particular alejado de los salones públicos. El hombre gordo y colorado se extiende con gustosa precisión en algunas de las aberraciones cometidas en tales circunstancias, para proseguir luego su relato. Ma

Cuando dispuso de datos suficientes sobre la muerte de Kito, quiso chantajear naturalmente a Ma

Un instante después están sentados uno frente a otro: el policía corrupto en una butaca de tubos de acero, con la copa de cristal, que contiene un líquido del color del jerez, a su lado (en la estrecha bandeja adosada al brazo de la butaca), y el propio Ma

– Seguro que diría a qué iba -responde Lady Ava-; el viejo debió de hacer como que no entendía la frase, la anegó en sus cuentos de ruda profesión, clima y bebidas. El otro prefirió no precipitar la conversación, seguro de poseer las mejores bazas y no creyendo perder nada con unos minutos de charla, que dejaban a su cliente tiempo para reflexionar.

– ¿Ma

– No -dice ella-, no es seguro. Su amable acogida quizá se debiera precisamente a que no sabía aún con certeza qué quería aquel personaje, al que había conocido durante una cena en Aberdeen y que se presentaba con un pretexto cualquiera: una operación inmobiliaria, por ejemplo.

– Ma

Lady Ava reflexiona sobre este aspecto del problema, que la coge un poco desprevenida, pues no ha habido aún ninguna alusión a las actividades profesionales de Ma

– Pues bien, el pretexto podía tener un carácter más íntimo: con él nunca faltaban asuntos de este tipo.

– ¿O sea un asunto íntimo pero sin relación con la muerte de Kito?

– Eso es: ofrecía niñas, o heroína, o lo que fuera.

– Sin embargo, si no hubiera tenido buenos motivos para creerse en peligro, no habría intentado envenenar a su visitante de buenas a primeras, o drogarlo, o algo por el estilo.

– ¿Quién le dice que lo hiciera?

– ¿Y ese detalle de darle la espalda mientras llenaba la copa con un líquido que no tenía exactamente el color del jerez de la botella?

– ¡Nada! Podía tratarse tan sólo de una figuración de policía culpable, o de su mala conciencia. Esa gente es desconfiada por principio. Y, en cualquier caso, no arriesgaba nada deshaciéndose del brebaje en cuestión, desde el momento que le parecía sospechoso.

– Bueno. Supongamos que las cosas son como usted dice: aparentemente el hombre viene a ofrecer droga, Ma

– No sé… Quizá el otro había empezado diciendo que era policía, para inspirar confianza.

– Supongámoslo. Después el policía explica el objeto real de su visita y pide dinero. ¿Dice una cantidad?

– No. Primero ha de limitarse a algunas alusiones: ¿no cree, querido señor, que tendría interés en que no se sepa cómo…? ¿Ve usted?

– Muy bien. Y Ma

– Sí -dice Lady Ava-, es lo que no se entiende.

– La segunda cuestión es la de la forma exacta de la copa: no se sirve jerez en una copa de champán. Y, por otra parte, el fragmento agudo de cristal que prolonga el pie, y puede servir de puñal, no coincide con una curva muy amplia.

– Evidentemente. Debía de ser una copa más alta que ancha, y cónica más bien que con un fondo redondo: algo parecido a esas copas de champán estrechas y altas.

– Y seguro que el cristal no sería tan delgado como el de una copa de champán alta o baja, para poder utilizarse como arma, y mortal por añadidura.

– Pero en realidad no fue esta arma la que lo mató.

Se trata de un montaje destinado a camuflar el crimen en accidente. El asesino se sirvió de un estilete chino con hoja plegable untada con veneno que, una vez cerrado, se disimula fácilmente en cualquier bolsillo o hasta en el hueco de la mano. Fue después cuando dispuso el cuerpo sobre los fragmentos de la copa rota, como si la herida en la base del cuello se hubiera producido con la punta de cristal unida aún al pie: Ma

El asesino había añadido algunos elementos para completar el cuadro: una ampolla vacía que había contenido morfina, destinada a explicar la falta de equilibrio del potentado en el momento de su extraña caída, un tabique móvil de cristal medio cerrado -casi invisible- con cuyo borde habría tropezado y, por último, el despertador situado al otro lado de este cristal, en el escritorio, con la manecilla del timbre puesta a la hora exacta de la muerte… Sonó el despertador; para detener aquel ruido irritante, Ma