Добавить в цитаты Настройки чтения

Страница 12 из 26

Edouard Ma

– Soy Ralph Johnson.

– ¡Claro! -dice Ma

Se acomoda en un balancín lleno de cojines, mientras señala con mano vaga un asiento a su visitante.

– Anda, siéntate -dice.

Pero el visitante prefiere quedarse de pie, acuciado por el deseo de hacerse oír; le apunta al pecho con el dedo índice y repite, separando las sílabas:

– Johnson. Soy yo. Ralph Johnson.

– ¡Sí, hombre, sí! Discúlpeme -exclama el otro con voz mundana-. Un nombre… ¿Qué significa un nombre? ¿Y cómo está la señora Johnson?

– No existe ninguna señora Johnson -dice el americano, que pierde un poco la paciencia-. ¡Si sabe muy bien quién soy yo!

Ma

– Claro… Claro… Pero tienes que casarte, hijo… Hablaré con Eva… Conoce a chicas de verdad…

– Oiga -dice Johnson con vehemencia-. ¡Soy Ralph Johnson, Sir Ralph, el americano!

Ma

– ¿Y qué quiere de mí? -dice.

– ¡Dinero! Necesito dinero. ¡Lo necesito ahora mismo!

Johnson se da cuenta de que el tono no conviene en absoluto a su demanda. Naturalmente, había preparado una entrada en materia muy diferente. Desanimado, se deja caer en una silla.

Pero el anciano, que ha empezado a mecerse otra vez en su balancín, recobra de pronto su cariñosa sonrisa y su amabilidad del principio.

– Mira, hijo, te he dado cincuenta dólares esta mañana. Gastas demasiado… ¿Es con señoritas?

Hace un guiño pícaro, y añade con voz súbitamente triste:

– Si viviera tu pobre madre…

– ¡Basta! -grita Johnson fuera de sí-. ¡Por el amor de Dios, deje en paz a mi madre, mi mujer y mis hermanas! Necesito su ayuda. Le haré un papel, un papel en regla, que le asegurará una especie de hipoteca sobre las propiedades de Macao…

– Pero si no hace falta, hijo, entre nosotros no hace falta… A ver, habías empezado a hablarme de tus hermanas. ¿Qué hacen ahora?

Johnson, que no puede soportar más el movimiento del balancín, del que no logra apartar la vista, se levanta y recorre la estancia a grandes zancadas. Está perdiendo el tiempo con este viejo drogado, que, además, se quedará muy pronto dormido. Más le vale volver a la isla, a Victoria; acudir a los riquísimos prestamistas en sus miserables establecimientos de Queens Road. Súbitamente decidido, cruza el piso, sale dando un portazo y corre escaleras abajo, desdeñando el ascensor.

Fuera vuelve a encontrar el aire húmedo y abrasador, que aún sorprende más cuando se sale de una casa refrigerada. El taxi anticuado sigue allí, esperándole, aparcado junto a la acera. Sin pensar en lo extraño de la solicitud del taxista (el cliente noctámbulo al que ha llevado allí media hora antes posiblemente regresaba a su domicilio y, por lo tanto, no volverá a salir hasta el día siguiente), Johnson se acerca con paso maquinal y se dispone a subir, mientras el chino le abre la puerta.

– Es un viejo pillo, ¿verdad? -dice el taxista en inglés.

– ¿Quién? -pregunta Sir Ralph, desabrido.

– El señor Ma

– Pero ¿de quién habla? -pregunta el americano, que finge no entender.

– Lo conoce todo el mundo -dice el chófer-, y sólo hay luz en sus ventanas.

Al mismo tiempo señala con la mano un gran ventanal del quinto piso, en el que, detrás de los visillos de tul transparente, se recorta en negro sobre el fondo luminoso una silueta de hombre que mira hacia afuera la avenida desierta, en la que sólo hay un viejo taxi aparcado junto a la acera, al taxista educado que cierra la portezuela detrás del cliente que acaba de acomodarse en el asiento de atrás, se sube luego a su sitio, delante, arranca sin excesiva dificultad y se aleja a una velocidad de jinrikisha.

Edouard Ma

Y aparte de Kim, Johnson y el espía que lo seguía por orden del teniente de la policia de Hong Kong, había además en aquel mismo transbordador -cosa nada extraña, pues la frecuencia de los viajes es menor de noche- un cuarto personaje digno de ser mencionado: Georges Marchat, el ex prometido de Lauren, que ha estado errando al azar durante mucho tiempo sin dejar de darles vueltas a los elementos de su felicidad perdida y su desesperación. Abandonando muy temprano la recepción, donde su presencia estaba ya poco justificada, empezó recorriendo también él aquel barrio residencial de grandes propiedades cercadas con tapias o empalizadas de bambú, después volvió para llevarse el coche que se había quedado cerca de la Villa Azul, y tomó, al azar, la carretera que circunda la isla, parando en todos los bares y casinos de la costa que aún estaban abiertos, para beber whisky tras whisky. Más allá de Aberdeen, en una playa pequeña provista de un club de semilujo, hizo subir a su lado a una prostituta china, bastante bonita, y siguió conduciendo, mientras intentaba contar su historia, de la que la mujer no entendió naturalmente nada, por lo confusa que se hacia la elocución del prometido y la incoherencia con que presentaba los hechos. Con todo, le ofreció sus servicios, para hacerle olvidar su desdicha, pero él la rechazó con aires de virtud ofendida, diciendo que no trataba de olvidar sino por el contrario entender, que además no quería tener más relaciones con ninguna mujer, que la existencia se había vuelto totalmente insulsa para él y que se iba a arrojar al mar desde lo alto de un acantilado. La prostituta prefirió bajarse del coche para no verse inmiscuida en aquella engorrosa historia; de modo que la dejó en el acto en el sitio en que se encontraban, o sea, en un sitio cualquiera, lejos de toda población, y le dio un billete de cincuenta dólares para pagar su compañía; todavía le estaba dando las gracias ceremoniosamente, asegurándole que por una cantidad semejante habría podido…, etc., cuando ya había reemprendido la marcha. Siguió adelante, cada vez más deprisa, mostrando cada vez menos prudencia en las i