Страница 39 из 51
– Los aturdimos para llevarlos mejor a la muerte. ¡Ese cabrón de Bonaparte acabará con todos nosotros!
– No es la primera vez que dices eso. ¿Fue en Arcole?
– Esta vez me temo que…
– Esta noche cruzamos el Danubio, mañana estamos en Viena.
– ¡Pouzet! -gritó el mariscal.
Pouzet acababa de recibir una bala en plena frente, y se quedó rígido. Dos granaderos corrieron para constatar que el general no había tenido suerte y había muerto en el acto.
– Una bala perdida -dijo uno de ellos.
– ¡Perdida! -exclamó el mariscal, y se alejó del cadáver de su amigo.
La estupidez de esta batalla le hacía temblar de cólera. Se encaminó al tejar y entonces, al divisar una zanja, se dejó caer en la hierba y contempló el cielo. Permaneció allí tendido durante lar gos minutos. Pasaron ante él cuatro soldados que transportaban en un manto a un oficial muerto. Los hombres hicieron un alto para descansar, pues el cadáver pesaba y tenían un largo camino por delante. Dejaron su fardo en el suelo. Una ráfaga de viento alzó el manto y, al reconocer a Pouzet, La
– ¿Es que este espectáculo va a perseguirme por todas partes?
Uno de los soldados cubrió de nuevo el rostro del general con el manto. La
– ¡Aaaaaah!
Tras haber gritado hasta quebrarse la voz, jadeó, avanzó unos pasos más y se sentó en la falda de un talud, cruzado de piernas y con la cabeza entre las manos para no ver nada más. Los soldados se llevaron a Pouzet hacia las ambulancias y el mariscal se quedó solo. Aún se oían las descargas de los cañones.
Un pequeño proyectil rebotó y alcanzó a La
– ¡Por todos los diablos!
Marbot no estaba lejos, había presenciado el accidente y llegó tan rápido como pudo, renqueando a causa de la herida en el muslo.
– ¡Marbot! ¡Ayudadme a ponerme en pie!
El ayudante de campo levantó al mariscal, pero éste se desplomó de nuevo. La rodilla rota ya no podía sostenerle. A las voces de Marbot, varios granaderos y coraceros acudieron corrien do, y entre varios lograron llevarse al mariscal, unos sujetándole por las axilas, otros por la cintura, y las piernas, desarticuladas, le pendían. El herido no se quejaba, pero la palidez de su rostro era extrema. La bala extraviada había golpeado la rótula izquierda y dañado la pierna derecha cruzada detrás. Al cabo de unos metros, los hombres que le llevaban tuvieron que detenerse con tiento, porque el menor movimiento provocaba un dolor muy intenso. Marbot se adelantó para hacerse con una carreta, unas parihuelas, lo que encontrara, y se encontró con los granaderos que transportaban el cuerpo del general Pouzet.
– ¡Dadme su manto, rápido! ¡Él ya no lo necesita!
Pero cuando volvió al encuentro del mariscal con el manto cubierto de sangre, La
– ¡Es el manto de mi amigo! ¡Devolvédselo! ¡Que me lleven como puedan!
– ¡Id a cortar ramas y recoger hojas para hacer unas parihuelas! -ordenó Marbot.
Los hombres partieron hacia un bosquecillo para cortar ramas con los sables, y confeccionaron una tosca camilla. De esta manera transportaron al mariscal La
– Larrey, examinad también la herida de Marbot…
– Sí, Vuestra Excelencia.
– Han cuidado mal de ese muchacho y estoy preocupado.
– Voy a ocuparme de ello, Vuestra Excelencia.
Tras haber examinado juntos las heridas del mariscal La
– Apenas se le nota el pulso.
– Observad que la articulación de la rodilla derecha no está afectada.
– Pero la izquierda está quebrada hasta el hueso…
– Y la arteria se ha roto.
– A mi modo de ver, señores, hay que cortar la pierna izquierda-dijo Larrey.
– ¿Con este calor? -protestó Yvan-. ¡Eso no es razonable!
– Por desgracia -añadió Berthet-, nuestro excelente colega tiene razón. Y por mi parte, como medida de precaución, preconizo que se amputen ambas piernas.
– ¡Estáis locos!
– ¡Cortemos!
– ¡Estáis locos! ¡Conozco bien al mariscal, y tiene energía para curarse sin necesidad de la amputación!
– Nosotros también conocemos al mariscal, querido. ¿Habéis visto sus ojos?
– ¿Qué les pasa?
– Están tristes. Este hombre pierde las fuerzas.
– Señores -concluyó el doctor Larrey-, os advierto que la ambulancia se halla bajo mi mando y que la decisión me compete. Cortaremos la pierna izquierda.
Cuando Edmond de Périgord se presentó en el vivaque de la Vieja Guardia, entre el puente pequeño y el tejar, el general Dorse
– Señor general de la Guardia -dijo Périgord-, Su Majestad os ruega que vayáis al frente.
– ¡De maravilla! -respondió Dorse
– Opondréis al enemigo un muro de tropas a lo ancho del glacis, a la derecha de los coraceros del mariscal Bessiéres. -¡Muy bien! Considerad que ya estamos ahí.
Con un movimiento flexible, Dorse
La aparición en la cresta de los gorros de piel de la Guardia bastó para que cesara momentáneamente el cañoneo de los austríacos. El general Dorse
– ¡Estrechad filas!
Los granaderos, apartando con los pies el cuerpo de su camarada caído, obedecieron la orden. Esto sucedió veinte veces, tal vez cien, y ellos estrechaban filas. Cuando una bala de cañón arrancó de cuajo la cabeza de uno de los abanderados, una cantidad considerable de monedas de oro rodaron por el suelo. Al tipo se le había ocurrido esconder sus ahorros en la corbata, pero nadie se atrevió a agacharse para coger un puñado, por temor a las reprimendas. De todos modos, los más próximos no apartaban los ojos del suelo donde brillaban las monedas. Las balas seguían silbando y causando estragos en la Guardia.
– ¡Estrechad filas!
Irritado porque no podía copar al enemigo, el archiduque ordenó que se intensificara el fuego. Los tambores, en formación de cuadro bajo la metralla, tocaban al lado de los granaderos inmóvi les que presentaban armas. Decenas de ellos ya habían caído en los trigales y los demás estrechaban filas. Dorse
– ¿Dónde están vuestros oficiales?
– ¡En la planicie, muertos!
– ¡Vamos juntos a buscar sus cuerpos! ¡Cargad vuestras armas! ¡Formad filas!
– ¡Estrechad filas! -seguía ordenando Dorse
Un granadero que había recibido un fragmento de metralla en una pantorrilla se arrastró a un lado. Al caer había cogido algunas de las piezas que el abanderado, su ex compañero de línea, ocultaba en la enmarañada corbata blanca. Abrió la mano con disimulo, examinó su tesoro de cerca y murmuró que ya no valía nada. En efecto, el 1.° de enero de I8o9 el emperador había hecho borrar de las monedas la divisa que figuraba todavía en aquellas piezas: UNIDAD, INDIVISIBILIDAD DE LA REPÚBLICA.
La noche se cernió pronto sobre una batalla sin vencedor. Napoleón y los oficiales de su Casa abandonaron el tejar y la comitiva se dirigió a la tienda imperial montada la víspera en el césped de la isla. Avanzaban al paso por una senda atestada de arcones vacíos, piezas de artillería desmontadas, caballos solitarios y enloquecidos, lentas columnas de heridos guiadas por el personal de las ambulancias. En el estribo del puente pequeño, el emperador palideció. Primero había visto a un comandante de coraceros que lloraba en silencio. Luego había reconocido al doctor Yvan y, seguidamente, a Larrey, inclinados sobre un paciente al que instalaban en un lecho de ramas de roble y mantos. Era La