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Capítulo tercero . PRIMERA JORNADA
Al amanecer, una bruma de calor velaba la planicie. Ni un soplo de aire agitaba los trigales. Delante de los pueblos donde su ejército se preparaba, encor vado sobre su caballo de color claro, Napoleón, rodeado por sus mariscales, oficiales, ordenanzas y caballerizos, contemplaba aquel paisaje demasiado tranquilo. Los jefes reagrupados formaban un buen blanco, Berthier, Masséna, La
– ¡Pero están dormidos! ¡Mierda de austríacos! Mascalzoni!
Nadie hizo ningún comentario ni mostró su aprobación. No era momento para servilismos, y probablemente, antes de que finalizara el día, algunos de aquellos príncipes, barones, condes y generales estarían muertos. La bruma se disipaba, ya sólo flotaba en franjas por encima de los campos. El azul del cielo era más profundo, los trigales más verdes. En el horizonte, sobre las pendientes de Gerasdorf, los austríacos habían formado pirámides de fusiles apoyándolos unos contra otros.
– ¿Qué es lo que esperan? -gritó el emperador.
– La sopa-dijo Berthier, mirando a través del anteojo de largo alcance.
– No es más que una retaguardia, Síre -refunfuñó La
– Mis jinetes no han encontrado nada en esos lugares -observó Bessiéres.
– No -repitió Masséna-, el ejército austríaco está ahí, muy cerca.
– Sesenta mil hombres por lo menos -dijo Berthier-, si mis informes son exactos.
– ¡Tus informes! -gruñó La
– Esta noche los francotiradores han degollado a uno de mis hombres -intervino Espagne en un tono inexpresivo.
– ¡Eso es! -siguió diciendo La
– Sin duda esperan el refuerzo de su ejército de Italia… -añadió Bessiéres.
– Basta!
El emperador había gritado con irritación. Estaba cansado de oírles cotorrear. No tenía ninguna necesidad de sus consejos. Hizo un ligero gesto con la mano a Berthier y se alejó en compañía de su caballerizo Caulaincourt, del joven conde Anatole de Montesquiou, su ordenanza de cara fofa, los inevitables mamelucos traídos de Egipto que se las daban de importantes, con turbantes encopetados, pantalones turcos escarlata y lujosos puñales bajo el cinto. Entonces Berthier tomó la palabra en voz recia, sin mirar siquiera a los mariscales.
– Su Majestad ha ideado un dispositivo que debéis poner en marcha al instante. No debe haber ningún fallo. Estamos de espaldas al río, de donde llegarán tropas de refresco, el revituallamiento y las municiones. Se trata de oponer al enemigo una línea continua de un pueblo al otro. Masséna se apoderará de Aspern, con Molitor, Legrand y Saint-Cyr. La
No había nada que discutir. El grupo se disgregó y cada uno fue a incorporarse al puesto previsto. Berthier, pensativo, se dirigió al campamento. Lejeune y Périgord le flanqueaban.
– ¿Qué opináis, Lejeune? -preguntó el jefe de estado mayor.
– Nada, monseñor, nada.
– Decídmelo de veras.
– Esta luz me da ganas de pintar.
– ¿Y vos, Périgord?
– ¿Yo? Yo obedezco.
– Todos nos vemos reducidos a obedecer, hijos míos -suspiró Berthier.
Cruzaron en fila el puente pequeño que oscilaba por encima de la corriente. En la isla, Périgord colocó su caballo a la altura del de Lejeune y le susurró en un tono confidencial:
– Qué sombrío es nuestro mayor general.
– Debe de ser por la incertidumbre. El emperador parece elegir la defensiva, nos parapetamos, aguardamos. ¿Atacarán los austríacos? El emperador así lo cree. Debe de tener sus razones.
– ¡Señor! -exclamó Périgord, alzando los ojos al cielo-. ¡Ojalá sepa adónde nos lleva! Sin embargo, mi querido amigo, estaríamos mejor en París, o en Viena, ¡y nuestro mayor general en sus tierras con sus dos mujeres! Mirad, estoy seguro de que piensa en la Visconti…
Lejeune no le respondió. Todo el mundo estaba enterado del triángulo amoroso de Berthier y los tormentos que éste sufría. Desde hacía trece años estaba locamente enamorado de una mi lanesa de ojos grises, casada por desgracia con el marqués Visconti, un diplomático bueno, anciano y muy discreto, poco afectado por las incesantes infidelidades de su esposa demasiado bella y ardiente. Cuando Berthier resolvió seguir a Bonaparte a Egipto, abandonando a su querida, lo hizo lleno de aflicción. En medio del desierto, bajo la tienda, levantó una especie de altar a su Giuseppa, a quien escribía sin cesar cartas alocadas y salaces. Y esto duró largo tiempo. A la larga, esta pasión interminable le pareció a Napoleón ridícula. Berthier, nombrado príncipe de Neuchátel, se vio entonces obligado a elegir una auténtica princesa para fundar una apariencia de dinastía. Dócil, desgraciado y entre lágrimas se decidió por Elisabeth de Baviera, quien tenía el morro picudo y carecía de mentón, por lo que Giuseppa Visconti no estaría celosa. ¿Y qué sucedió dos semanas después de esta ceremonia obligatoria? El marqués murió en su lecho y Berthier no podía casarse con la viuda. Tuvo accesos de fiebre, estuvo al borde de la crisis nerviosa y fue preciso consolarle, sostenerle, recompensarle, aunque sus dos mujeres tuvieran que tolerarse mutuamente, se viesen con frecuencia y jugasen juntas al whist. Aquel domingo, al de mayo de 18o9, cuando se oía el fuego de los cañones austríacos, ése era el motivo de los suspiros de Berthier.
El mariscal Bessiéres suspiraba por motivos parecidos pero secretos. Era un hombre frío, de una cortesía excepcional, poco locuaz, sin emociones aparentes, de quien no se podía sospechar el menor extravío amoroso, pero que había sabido llevar una doble vida a resguardo de los cotilleos. En realidad, debajo de su chaqueta azul y dorada llevaba dos medallones. Uno evocaba a su esposa Marie Jea
Bajo su aspecto de Antiguo Régimen, con los cabellos largos y empolvados que formaban alas de cuervo en las sienes, Bessiéres no permitía jamás que traslucieran los pensamientos poco militares que a menudo le pasaban por la cabeza. Cuando entró por primera vez en Essling al lado del general Espagne, lo primero que hizo fue mirar el campanario. ¡Menudo Pentecostés! No era el Espíritu Santo quien hoy iba a caerles sobre la cabeza, sino otras lenguas de fuego, los obuses y las balas del archiduque. En la plaza, los caballos ya ensillados comían la cebada amontonada. Los jinetes se ayudaban mutuamente a cerrar las corazas, y algunos limpiaban sus armas con cortinas arrancadas de las ventanas.
Espagne, informad a los oficiales de los deseos de Su Majestad-dijo Bessiéres mientras desmontaba.
Entonces se dirigió pensativo a la iglesia, en la que entró. El coro había sido transformado en campamento y dos reclinatorios acababan de consumirse en una fogata ante el altar despoja do de sus adornos. Bessiéres permaneció en pie ante el crucifijo que habían intentado en vano arrancar, inclinó la cabeza, buscó en el interior de su guerrera y contempló los medallones que representaban a sus amadas, uno en cada palma. MarieJea
En el exterior, Espagne ya había entrado en acción. Distribuía órdenes, activaba los preparativos, inspeccionaba los caballos y las armas. Observó que unos coraceros cavaban una tumba bajo los olmos, al final de la calle principal, y envió un capitán para que apresurase al máximo aquel entierro. El capitán SaintDidier fue a pie, sin darse demasiada prisa.