Добавить в цитаты Настройки чтения

Страница 16 из 51

Périgord lloraba de risa, y el húsar también. Lejeune se había levantado antes de que finalizara la anécdota, la cual había escuchado demasiadas veces y no le divertía. Todos consideraban a Berthier un cretino, y eso le afectaba, pues le debía su grado y su papel. En Holanda fue un joven sargento de infantería, luego llegó a oficial de ingenieros gracias a su talento, Berthier reparó en él y lo llevó consigo como ayudante de campo. Lejeune recordaba que su primera misión había consistido en escoltar talegos de oro destinados a unos clérigos del Valais que debían ayudar a acarrear la artillería más allá de los Alpes… A continuación, Lejeune había seguido por doquier al mariscal. Conocía su valor y su pasado, sus combates al lado de los insurgentes de América, en Nueva York y Yorktown, su encuentro en Potsdam con Federico II, su adhesión desde la guerra de Italia al joven general Bonaparte, cuyo destino adivinaba, y luego a aquel Napoleón a quien servía por turno como hombre de confianza, confidente, nodriza y burro de carga. Al cabo de varias semanas Davout y Masséna hicieron correr rumores injustos sobre él. Era cierto que, al comienzo de la campaña de Austria, Berthier dirigía él solo las operaciones, fiándose de los despachos que le enviaba el emperador desde París, pero a menudo esas directivas llegaban tarde y la situación sobre el terreno evolucionaba con rapidez. Ello explicaba ciertas maniobras peligrosas que habían estado a punto de llevar a los ejércitos al desastre. El emperador dejaba que acusaran a Berthier, y éste no trataba jamás de justificarse, como aquel día, en Rueil, cuando el emperador, disparando al azar contra una bandada de perdices, no logró más que dejar tuerto a Masséna. Entonces se volvió hacia el fiel Berthier:

– ¡Acabáis de herir a Masséna!

– En absoluto, Síre, habéis sido vos.

– ¿Yo? ¡Todo el mundo os ha visto tirar de través!

– Pero, Síre…

– ¡No lo neguéis!

El emperador siempre tenía razón, sobre todo cuando mentía, y no era conveniente replicarle. No obstante, el odio que Masséna sentía por Berthier era más antiguo, databa de la época en que el primero dirigía el ejército de Roma, saqueando para su beneficio personal el Quirinal, el Vaticano, los conventos y los palacios. El ejército, sin sueldo, se amotinó contra el logrero. Los romanos del Trastevere, con el pan moreno racionado, maltratados, se rebelaron aprovechando el desorden. Ante el Panteón de Agripa, los oficiales rebeldes ofrecieron entonces el mando a Berthier, quien tuvo que aceptarlo para aplacar los ánimos y pedir al Directorio la revocación de Masséna. Éste, que se había visto obligado a huir para librarse de la cólera de su propio ejército, no le perdonó jamás.

Lejeune se encogió de hombros. Esas rivalidades le parecían miserables. ¡Cómo le habría gustado quedarse en Viena, quitarse su vistoso uniforme y salir con el cuaderno y el lápiz para entre tenerse en las colinas, llevarse a A

En Viena, en el segundo piso de una casa pintada de rosa, Henri Beyle admiraba a la luz de la candela los retratos de A

La ventana estaba entreabierta, la noche era apacible. Henri oía las notas de un piano, sutiles, nobles, y fue a asomarse para identificar de dónde procedía la música.

– ¿Os gusta esta música, señor?

Henri se volvió, como cogido en falta. Un hombre joven y desconocido había entrado en su habitación. A la luz de la candela, Henri no le veía bien.

– ¿Cómo habéis entrado? -le preguntó.

– Teníais la puerta abierta y he observado la luz.

Henri se acercó y observó al intruso. Tenía el rostro casi femenino y los ojos claros. Hablaba francés con un acento más rudo que el de Viena.

– ¿Quién sois?

– También soy un inquilino, pero vivo en el desván.

– ¿Estáis de paso?

– Voy arriba.

– ¿De dónde venís?

– De Erfurt. Trabajo en una casa de comercio. Me ocupo de los suministros del ejército.

– Comprendo -dijo Henri-, sois alemán.

– Me llamo Friedrich Staps. Mi padre es pastor luterano.

Mientras le formulaba las preguntas, Henri había dado la vuelta a los dibujos de Lejeune para ocultarlos, pero el joven alemán no había reparado en ellos. Miraba a Henri fijamente.

– Sin duda sois amigo de la familia Krauss.

– Si queréis…

– No tengo nada que vender -replicó el joven-. No he venido a Viena para trabajar. He venido a Viena para entrevistarme con vuestro emperador. ¿Será posible?

– Si él regresa a Schónbru

– Una entrevista.

– ¿Le admiráis, entonces?

– No como vos lo entendéis.

La conversación tomaba un giro desagradable y Henri quería ponerle fin.

– Pues bien, señor Staps, nos veremos mañana. Como estoy enfermo, apenas salgo de esta casa.

– El hombre que toca el piano, ahí delante, también está enfermo.

– ¿Le conocéis?

– Es el señor Haydn.

– ¡Haydn! -exclamó Henri, acercándose de nuevo a la ventana para oír mejor las notas del ilustre músico.

– Se metió en cama cuando vio los uniformes franceses en las calles de su ciudad -siguió diciendo Friedrich Staps-. Sólo se levanta para tocar el himno austríaco que ha compuesto.

Tras decir estas palabras, el joven apagó la candela entre dos dedos y Henri se quedó a oscuras. Oyó que se cerraba su puerta y dijo:

– My God! ¡Este alemán está loco! ¿Dónde he metido el eslabón?

A las tres de la madrugada, las tropas franquearon por fin el pequeño puente reparado y se establecieron en la orilla izquierda del Danubio, en los pueblos de Aspern y Essling. Los hombres velaban, dormían poco o mal. El mariscal La

Luego surgieron guerrillas en todas las montañas, libradas por hombres llenos de odio. En Zaragoza, los chiquillos se deslizaban bajo los caballos de los lanceros polacos para despanzurrarlos, los monjes fabricaban cartuchos en los conventos y raspaban el suelo de las calles para extraer el salitre. Los soldados de La

– ¿En qué piensas, señor duque?

La

– No soy yo tu querida, ¿eh? Es él, ahí arriba…

Rosalie no se equivocaba. El emperador se desplazaba en el piso superior, y el ruido de sus pasos ponía nervioso al mariscal, el cual pensaba que si al día siguiente una bala de cañón le partiera en dos, por lo menos podría dormir sin sueños.

– Ven, él se marcha -decía Rosalie.

En efecto, el emperador bajaba la escalera con los mamelucos que le rodeaban como dogos adondequiera que fuese. La