Страница 59 из 78
Livius construyó una expresión cínica.
– ¿Les tiene lástima, maestro?
– No. O se lo han buscado o se ajusta a su naturaleza o es su destino. No soy quién para tenerles lástima.Tampoco soy responsable. A lo que me refería es a que no creo que usted pueda sentir otro tanto.
– Yo tampoco lo creo. Pero, por si le sirve para formarse un juicio sobre mí, nunca he tenido la menor dificultad para dormir las cinco horas que necesita mi organismo.
– No me interesa juzgarle -descartó Bálder, con rapidez-. A lo más que llego es a pensar que E
Livius soltó una risa perezosa. Sibilinamente, dijo:
– Debo discrepar de su veredicto. Me refiero a la injusticia. En cuanto a la vileza, se me escapa por qué me la imputa.
– Porque usted o quienes cumplen sus órdenes dejaron creer a ese pobre diablo que tenía una misión, le dejaron pelear hasta que se agotaron sus fuerzas, y entonces, como recompensa, le pulverizaron.
El secretario delArzobispo quedó en actitud meditativa. Nuevamente volvió al techo en solicitud de inspiración. Allí permanecía cuando reanudó su parlamento:
– En este punto, creo que el problema estriba en que su información es incompleta. ¿Cuál diría usted que es mi misión?
– Lo ignoro.
– Pruebe a suponer algo.
– Puedo suponer que si el Arzobispado ha reclutado hombres y agota sus recursos en la construcción de un templo, su misión es en parte velar por esa obra. No sé si importa o no terminarla, pero parece que sí importa mantenerla. A esa misión estaba entregado E
– Su suposición es absolutamente errónea, maestro.
– Sáqueme de mi error, entonces, si eso pretende.
– Le haré otra pregunta antes. ¿Por qué cree que hago lo que hago?
– A eso no puedo contestar ni con una suposición. Livius, por lo que dejó ver su semblante, acariciaba una íntima satisfacción tras oír las palabras de Bálder.
– Las respuestas a ambas preguntas -descendió pausadamente a desvelar- están muy relacionadas. Empezaré por la segunda. ¿Qué opina de este despacho?
– Es más grande que mi celda.Y también está más alto. ¿Era eso lo que quería escuchar?
– Aproximadamente. Desde aquí el mundo se ve mejor que desde el despacho de E
– Ya me hago cargo.
– Pero no despreciemos la posición de E
– Si usted lo dice.
– Sus razones para hacer lo que hacía habrían debido ser, en consecuencia, a una escala menor si quiere, similares a las mías. ¿Y cuáles son mis razones? A mí, maestro, me importa un bledo la obra, terminarla o mantenerla, cerrarla o impulsarla, que se arruine o funcione. A mí me importa levantarme por la mañana, tomar un buen desayuno y venir a sentarme aquí. Durante el día, la obra no es más que un paisaje, que a veces me estimula, sí, pero en el que durante la mayor parte del tiempo ni siquiera reparo. Y por la noche, observo con placer los decretos que el Arzobispo firmará, y doy gracias por poder escribirlos en lugar de tener que leerlos y cumplirlos. La razón que me guía es que eso no cambie. Si para ello tengo que ponerle a la firma al Arzobispo un decreto por el que se vaya al diablo ese edificio en el que llevamos años gastando más de lo que tenemos, no vacilaré un segundo. Óigalo bien: ni siquiera un segundo. Mucho menos podía dudar en introducir en la angosta mollera del canónigo supervisor gene-ral el convencimiento de que la indisciplina de cierto artista debía ser tolerada incondicionalmente.
Livius tomó otro sorbo de agua.
– Podrá argumentarse -continuó-, que la perspectiva de E
– Odio admitirlo, pero me tiene en ascuas.
– Mi misión no es muy diferente de la que realmente, al margen de lo que su obtuso cerebro le dictase, tenía E
– Me deja estupefacto. Adivinaba algo así, detrás de todo el cortinaje de sotanas y muros a medio levantar. Pero que se exhiba con ese descaro me maravilla.
– No se maraville, maestro. No tengo nada que ocultarle. Usted ha pasado a formar parte prioritaria de mi misión. Fue la parte fundamental de la misión de E
Bálder quedó pensativo. Más allá de los ventanales, a lo lejos, el sol ascendía sobre la catedral. Livius le escrutaba con complacencia. Acudieron a su mente retazos de los discursos de E
– ¿Debo entender, entonces, que su silla depende de lo que haga respecto a mí?
El secretario no celebró la interrogación de Bálder. Pero estaba preparado:
– Por supuesto. Ahora bien, eso es algo que le recomiendo que valore en sus estrictos términos. No recibiré órdenes de usted. No podrá maniobrar contra mí.
– ¿No? -dijo Bálder, sin pensar.
Livius, por primera vez, hizo un movimiento nervioso. Tomó el vaso de agua, lo llevó a sus labios, comprobó que estaba vacío y lo devolvió a su bandeja. Si lo había hecho por sed, se la aguantó, porque no utilizó la jarra para rellenar el vaso y satisfacer su necesidad.
– No -repitió, sin que su bien afinada voz temblase lo más mínimo-. Dispongo de instrucciones concretas acerca de lo que debe dársele. Nada de eso le faltará. Por ahora, usted no decide cómo debo protegerle.
– ¿Por ahora?
– El futuro es un espejo que no devuelve ninguna imagen, maestro. No se obsesione con él, ni espere que yo lo haga.
Bálder trató de situarse.
– Es Náusica quien le dice lo que debe hacer, ¿no es así?
– No hay que exprimirse los sesos para averiguarlo.
– Perdone mi lentitud. Mucho de esto es nuevo para mí. Excúseme si lo que pregunto le resulta demasiado evidente. ¿Por qué la obedece?
– Forma parte de mi misión. Por qué hago lo que hago. Bien, sólo hay dos personas que puedan provocar el resultado que procuro evitar: el Arzobispo y Náusica. Y cuando identifiqué mi misión y evalué probabilidades, entendí que Náusica era más peligrosa que su padre.
– No tiene usted una misión fácil.
Livius recobró la confianza. Clavando en Bálder sus profundos ojos azules, corroboró la aserción del extranjero:
– En los últimos años se ha hecho más problemática. Cuando empezó, Náusica sólo jugaba. Se encaprichaba con la misma facilidad con que se olvidaba de todo, y no era consciente de su poder. Con el transcurso del tiempo, ha ido tomando la medida de su fuerza y se ha vuelto más compleja. Ahora se preocupa más mientras persigue y es más dura cuando renuncia. Disfruta más y sufre más. Eso siempre resulta conflictivo.
El secretario daba la sensación de estar hondamente afectado por los flujos y reflujos del alma de Náusica. Bálder se mofó:
– Dejando a un lado su misión por un momento, ¿no le parece algo más bien indeseable tener que someterse a la voluntad de una niña malcriada?