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Capítulo 9 NÚBILA Y LA MUERTE

E

Cuando al fin E

– Por más que trato de averiguarla, no acierto a comprender cuál es la maldita intención que le trajo aquí, maestro.

– Temo que era una cuestión confusa en su momento y que ahora me costaría aún más aclararla -observó Bálder, sirviéndose sin recato de la pausa que hizo el canónigo. Aunque éste no había formulado propiamente una pregunta que demandase una respuesta. E

– Le estaría muy reconocido si se abstuviera de interrumpirme. No sé si se ha percatado, pero estoy haciendo mis mejores esfuerzos para que esta entrevista no se convierta en un espectáculo indigno del sacramento que me fue impartido y me autoriza a vestir estos hábitos.

– Sólo me excusaba por no poder ayudarle.

E

– Desde el principio creo haberle facilitado su existencia entre nosotros. Cuanto me pidió lo obtuvo, dentro de las restricciones a que me somete la limitación de mis competencias. Si manifestó creencias fronterizas con la heterodoxia, por no emplear un término más rotundo y que sospecho que pudiera ser también más exacto, tuve la indulgencia de pasarlas por alto en atención a sus méritos como artista. Solicitó tiempo para habituarse a la obra y asumir plenamente sus exigencias. Lo ha tenido todo. Hasta hoy mismo. O hasta ayer. A cambio, el Arzobispado sólo ha sacado un trozo de sillería de fina factura e impía inspiración.

– Esa es una acusación insidiosa -replicó Bálder.

– No le he invitado a que hable.

– Me considero en el deber de defender mi trabajo, me inviten o no.

E

– Definitivamente, ha caído en la más vil soberbia. Lo de ayer no fue una equivocación. Nunca podré perdonarme no haber sido capaz de preverlo. Peor aún: haberlo previsto y no haber querido creerlo. O todavía más insensato: haber querido creer que no era lo que es.

– Permítame dudar que haya sido esa generosidad la causa de su desliz.Tal vez andaba demasiado ocupado con otras cosas. Es una buena disculpa. Aléguela ante su confesor y perdónese usted mismo tranquilamente.

E

– Le ruego que no me haga perder la calma. Estoy tratando de enjuiciar un deplorable incidente con ecuanimidad.

– Está bien, me guardaré mis pensamientos. Al menos hasta haber escuchado la sentencia.

Dejando al margen mi comportamiento para conusted hasta la fecha -prosiguió E

Bálder, aplastado por el torrente de imprecaciones del canónigo, tardó un poco en darse cuenta de que se le concedía al fin la palabra.

– ¿Puedo hablar ahora? -dudó.

– Si desea hacerlo -asintió E

– Bien -celebró Bálder, con una abulia que visiblemente hería a E

– ¿Admite haber fingido hasta entonces? -saltó el canónigo.

– Desde luego. Siendo imparcial, la obra es un caos, la ciudad un estercolero, y este edificio apesta a urinario por todas sus esquinas. ¿De verdad concibe que un extraño como yo habría podido mostrar algo más que desesperación si no hubiera fingido?

– ¿Y por qué no se atrevió a decir lo que sentía?

– En circunstancias normales la respuesta sería una obviedad. Después de lo que he visto y padecido aquí, debo darle una que no espera: porque fui estúpido. Tomé en serio todo esto: los hombres apilando y uniendo piedras, el palacio custodiado por guardias, su sotana y la sombra de una jerarquía eclesiástica. Ahora sé que todo es una farsa ridícula.

El cerebro de E

– ¿Debo deducir que es por ese reciente descubrimiento suyo por lo que ha decidido dar fin a su representación?

– Puede deducir lo que le parezca. Ese descubrimiento y otras cosas me han persuadido de que no callaré ni revelaré en esta habitación sino lo que se me antoje. Nunca he sido un maleducado, así que le presento mis excusas por la brusquedad, pero no sueñe que pida perdón por nada más. Si Gracchus volviera a entrometerse en mi trabajo, mis maneras serían todavía peores.

– No es necesario que prolonguemos esta charla para acreditar que falta en usted la más mínima contrición. -Absolutamente.

E

– Así que niega usted al canónigo supervisor general de la obra el derecho a opinar sobre su sillería.

– Como se lo niego al mundo entero. Como se lo niego a Dios mismo. Sólo tienen derecho a ejecutarme, si algo les ofende y disponen de los medios.

– Esa última duda es presuntuosa y blasfema hasta lo inaudito.

– No me consta, y sobre lo que no me consta, dudo. Es lo que dicta la razón.Yo no soy hombre de fe.

– Para su desdicha.

– Eso sólo hay un modo de comprobarlo. Le reto a que trate de convencerme.

E

– No tengo el menor propósito de participar en los juegos descabellados en que parece ocuparse últimamente. Todo le llegará como está establecido. Ésta es una casa antigua y no procede ni procederá de acuerdo con las sugerencias del último demente que llega.

– No trate de comprender lo que hago por el sumario expediente de la demencia. Hay más encima y debajo del suelo de lo que recuentan sus códigos.

– Eso no lo cuestiono -se burló E

– No lo imaginarías aunque consumieras todo lo que te haya quedado de sesos después de aprenderte los códigos -se la devolvió Bálder, sin alterarse.

E

– Esto podría ser divertido, indudablemente, aunque de una forma un tanto, cómo diría, torcida. La lástima es que todo lo que estamos hablando va a tener consecuencias. Por un lado me alivia que haya caído el velo de imposturas que desde el principio extendiste entre ambos. Ahora te veo la cara y no la apruebo, pero la mentira siempre es repudiable. Por otro, me enfrento a los problemas que tu comportamiento va a acarrearme y a la ingrata decisión que me impone. Me queda una curiosidad, estrictamente personal: ¿no tienes miedo?

– A ti o a Gracchus o a quienquiera que sea el que dé las órdenes a Gracchus, ninguno. Sí tengo mi propia curiosidad.

– ¿Cuál es, si puedo saberla?

– Los términos exactos de esa sentencia que tanto tarda en comunicarme -informó Bálder, restituyendo a E

– No vamos a retrasarlo más tiempo.Tal vez te ayude a reconsiderar tu impasibilidad.Voy a elevar la propuesta de que seas expulsado de la obra y de que todo lo que has hecho hasta ahora sea quemado a las afueras del recinto, para público ejemplo. Es lo más drástico que me cabe proponer. No voy a ocultarte que intento rehabilitarme ante mis superiores, pero estimo, en justicia, que es lo que mereces.