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Baba entrecerró los ojos y suspiró profundamente mientras su memoria invocaba imágenes remotas.
Lisán lo estudió en silencio durante un rato, y le preguntó:
– ¿Cuál es tu verdadero nombre?
– Eso carece de importancia. ¿No afirmáis los sufíes que sólo en un papel en blanco se puede escribir un nombre que reconozcas como tuyo? Pues yo tuve que esforzarme en borrar todas las huellas de mi pasado y transformarme en ese papel blanco. Ser Baba ibn Abdullah, el nombre que elegí para ocultarme y que ahora me parece más real que aquel con el que me bautizaron.
– ¿Por qué te escondes?
– Porque el mundo, faquih , vive en guerra desde tiempo inmemorial. Una lucha que tiene poco que ver con los pequeños conflictos entre las naciones de los hombres. Una batalla desesperada contra demonios de aspecto humano, que caminan como nosotros pero que se alimentan de nuestra carne y nuestra sangre… y que adoran a dioses olvidados.
Lisán se estremeció al recordar en ese momento los sangrientos sacrificios a Baal practicados por Talos el Rojo.
– ¿Quiénes son esos seres? -preguntó.
– Siempre los he considerado como simples demonios, pero en el Corán se les da el nombre de «ÿi
– Tú, personalmente, ¿has sido testigo de esos hechos?
– Con estos ojos. -Los señaló formando una V con sus dedos índice y medio-. Y también he combatido contra los ÿi
– ¿Aprendiste a matar a los ÿi
– Ciertamente. La dificultad estriba en que su alma no es como la nuestra, sino de una sustancia extraña y maléfica, semejante a un gran coágulo de sangre… De este tamaño más o menos. -Juntó sus dos puños frente a él-. El cuerpo que envuelve esta sustancia se transforma con los años en algo muy duro, casi indestructible. Pero, si finalmente sucumbe, al corromperse, engendra una peste que se extiende por regiones enteras, arrasando todo rastro de vida. La única forma de destruir sin peligro a estas criaturas es impedir que sus cuerpos toquen el suelo al morir.
– ¿Y cómo se puede evitar eso?
– Los turcos los clavaban en el extremo de largos palos y dejaban que sus carnes emponzoñadas se secaran al sol. De esta manera, sus almas con forma de coágulo no logran arrastrarse hasta penetrar en la tierra, pues sólo pueden sobrevivir un instante fuera de un cuerpo vivo… -Un rápido rictus, que podía ser tanto una sonrisa como una mueca de asco, cruzó por el rostro de Baba-. He averiguado que los romanos también conocían a estas criaturas, a las que situaban en los confines de su imperio, y a las que temían. Quizás ése sea el origen de su costumbre de crucificar a los condenados de más allá de sus fronteras.
Lisán observaba a aquel hombre detenidamente, preguntándose qué había de verdad y qué de falso en sus palabras. Por supuesto, no dudaba de la existencia de los ÿi
– ¿Qué pasó luego? ¿Te dejaron los turcos en libertad?
– Así es, faquih. Logré regresar a mi patria y, gracias a mis aliados otomanos, recuperé mi posición como príncipe. Entonces tuve ocasión de poner en práctica lo aprendido, pues los ÿi
– ¿Qué quieres decir?
– He luchado contra los demonios y lo sigo haciendo. Ésa es la misión para la que he sido elegido…, por la que estoy aquí.
– ¿Qué tiene todo eso que ver con este viaje? -preguntó Lisán, mientras una sensación de profundo terror se iba apoderando de él.
– Tuvo que morir mucha gente inocente -dijo Baba-, pero finalmente logré atrapar a un ÿi
– ¿Fue esa criatura la que te enseñó la lengua de los antiguos egipcios?
– Sí, ella misma. Me dijo que había visto construir las primeras pirámides y que más tarde, a lo largo de milenios, había sido el mago de interminables generaciones de reyes egipcios… Aprendí muchas otras cosas de él.
– ¿Aprendiste a hacer magia?
Se decía que algunos ÿi
– Cuando pensé que ya no podía obtener más información de él, clavé su cuerpo reseco en el extremo de un tronco y dejé que se consumiera bajo el sol. Pero antes de morir, mientras reía como un loco, me dijo que al otro lado del mar, allí donde «el sol muere», vivía el ÿi
Lisán notó el incómodo peso en el cuello y consideró que si aquel medallón había pertenecido a un ÿi
– Me has utilizado para llevar adelante tus planes -dijo.
– Tanto como tú a mí. Supe de ti y del fantástico viaje que planeabas hacia el otro lado del mundo. Y decidí ayudarte porque creo que el Talos de tus planchas plúmbeas es eseÿi
– ¿Qué pensabas hacer? ¿Ibas a enfrentarte a él con estos pocos hombres?
Baba lo miró con intensidad antes de continuar.
– Es difícil encontrar gente en la que confiar. Descubrí que los siervos de los ÿi
Lisán se sentía confuso, le dolía la cabeza como consecuencia del cansancio y lo que aquel hombre le acababa de contar era como niebla en su cerebro.
– ¿Cómo piensas derrotar a un ÿi
Quizás iba a responder a su pregunta, pero Baba fue interrumpido cuando sonó la voz de uno de los vigías:
– ¡Tierra!
Se volvió en la dirección que señalaba el vigía y entrecerró sus ojos de halcón.
– Quién sabe, faquih -dijo-, quizás aún tengamos una esperanza.
Luego corrió hacia la borda.
Lisán se quedó solo y contempló durante un instante el medallón. Alzó la vista y sus ojos se encontraron con los del joven Piri. ¿Ha estado escuchando la conversación? , se preguntó. Estaba muy lejos y quizás aquel encuentro de miradas era casual, pero observó al capitán turco intentando descifrar la expresión de su rostro.
4
Allí donde alcanzaba la vista, las brumas huían hacia el Poniente y se desgarraban contra las palmeras. Aquella nueva costa, azotada por la tormenta, se distinguía con dificultad entre la niebla y las cortinas de lluvia. Era como un espectro de vegetación ondulante y negras formas que apenas se intuían. Sin embargo, cuando la tempestad siguió avanzando, la playa entró en su círculo central de calma y empezó a dibujarse nítida. Desde la distancia a la que estaban, distinguieron un lugar devastado por los vientos que habían arrancando árboles enteros y esparcido sus hojas por la arena.
Baba se dirigió hacia la popa y estudió el avance del muro de nubes.
– No llegaremos -decidió al fin-, el viento es demasiado tenue y no conseguiremos alcanzar la costa.
– ¿Ahora quieres llevar la nave hasta la orilla? -le increpó Yusuf ibn Sarray, que no andaba muy lejos-. ¿Por qué no lo hicimos cuando tuvimos oportunidad? Tu error nos va a costar muy caro a todos.
Baba no le respondió, pero Lisán preguntó a su vez:
– ¿Pretendes que nos dirijamos hacia allí con este oleaje? ¿Ya no temes los arrecifes?
– Ahora son nuestra única oportunidad. Esta nave no aguantará más embates. Si conseguimos embarrancar la Taqwa , tal vez podamos llegar a tierra firme…
– Pero perderemos la nave.
– En estos momentos, es eso o la muerte.
– Tanto sufrimiento para acabar en el punto que dejamos atrás -dijo Yusuf lleno de ira-. Ahora estaríamos a salvo, de no ser por tu obstinación.
Baba dirigió al capitán de los Sarray un gesto despectivo.
– No te preocupes, puede que ya ni siquiera tengamos esa posibilidad. Estamos demasiado lejos, nos movemos demasiado lentos… -de nuevo miró hacia la popa- y esa tormenta avanza hacia nosotros como un caballo enloquecido. Guarda tus fuerzas para salvarte a ti mismo en lugar de enfurecerte conmigo. Lo hecho, hecho está.
Baba le dio la espalda y habló con Piri. Estuvo de acuerdo en dirigirse hacia la playa.
– Al menos lo intentaremos -dijo.
Largaron todas las velas y las enfocaron cuidadosamente hacia el tenue viento, pero al cabo de un instante se hizo evidente lo inútil del esfuerzo. La tormenta seguía ganándoles terreno. Baba dio un golpe en la borda y exclamó: