Страница 52 из 54
18
Está empezando a amanecer cuando doblo la esquina y llego a la plaza, dejando a mi espalda la Casa de las Torres. En el cielo liso, azul marino, todavía no tocado por la primera claridad que se insinúa como una línea de niebla violeta al fondo del callejón que da al este, hacia los campanarios de Santa María, la única estrella bien visible todavía es Venus, muy cerca de la luna llena. Pero Venus no es una estrella, sino un planeta, dice mi voz impertinente, quizás oscurecida por el frío ligeramente húmedo del amanecer, mi voz que quiere explicarlo todo y está adiestrada no para hablar con nadie sino para actuar como mi compañía solitaria, la voz de mi conciencia. La Luna ha perdido consistencia y volumen y ahora es un disco plano y translúcido como una oblea a punto de disolverse en el azul más claro del día. Pero todavía no, todavía parece que ha acabado la noche y no comienza la mañana, que el tiempo se ha inmovilizado en esta perfección de silencio, de claridad indecisa entre el gris y el azul. En los callejones empedrados y desiertos por los que he venido la noche perduraba densa en el interior de las casas, en los zaguanes y las bodegas, en los dormitorios donde postigos y cortinas mantienen una oscuridad estancada de respiraciones, de sábanas recalentadas y de cuerpos sumergidos todavía en lo más profundo del sueño. Detrás de los balcones tan herméticamente cerrados parece que no viviera nadie: que los últimos habitantes aseguraron postigos y cerrojos antes de irse para siempre.
Es tan temprano que ni siquiera se han levantado todavía los hombres más madrugadores, los que se ponen en la oscuridad los pantalones de pana, las camisas blancas y las alpargatas y bajan a las cuadras para aparejar los mulos antes de salir hacia el campo, de modo que se adelanten a la luz del día y al calor y cuando el sol empiece a estar alto ellos ya hayan terminado con sus tareas más agotadoras. La hora de la fresca, la de regar en las huertas, la de recoger los frutos más tiernos, para que el calor no los reblandezca y se dañen fácilmente. Pero no hay nadie levantado todavía, no hay en ninguna ventana esa turbia luz eléctrica que ilumina a los madrugadores extremos o a los que se han levantado en medio de la noche para preparar la medicina de un enfermo o calentar el biberón de un niño. Habré venido caminando por la calle de la Luna y del Sol, que parece más larga porque tiene una curvatura medieval de ballesta y no se ve su final sino cuando uno ya ha llegado a la última esquina. En una enciclopedia de la biblioteca pública he leído que en las ciudades medievales las calles se trazaban estrechas y en curva para evitar las rachas directas del viento y como precaución contra el avance de un posible invasor, que no podría saber lo que iba a encontrarse unos pasos más allá. De la biblioteca pública, que está en la plaza que llaman de los Caídos, donde hay un ángel de mármol que levanta del suelo a un héroe muerto o moribundo, vuelvo en invierno cuando ya es noche cerrada, y en verano cuando el cielo está claro todavía pero ya apuntan las primeras estrellas y los vencejos y los murciélagos cruzan el aire rosado en sus cacerías de insectos. Vuelvo de la biblioteca con uno o dos libros bajo el brazo, que leeré y devolveré en unos pocos días, agradecido siempre del don inexplicable de que los libros no se acaben nunca y no me cuesten nada, siempre disponibles para el capricho de mi curiosidad y para mi gula de palabras impresas. Hasta hace poco sólo retiraba novelas. Julio Verne, Conan Doyle, Salgari, Mark Twain, H.
G. Wells. Era el Hombre Invisible y el Viajero en el Tiempo, el capitán Nemo en el Nautilus y Robinson Crusoe en su isla desierta y el ingeniero Barbicane en la bala de cañón disparada hacia la Luna. Era Tom Sawyer y me desleía en la emoción sentimental y erótica de haber conquistado a la rubia Becky Thatcher.
Era Tom Sawyer y me escapaba con mis amigos a jugar a piratas y a náufragos en una isla en el centro de un gran río y encontraba un tesoro. Era Jim Hawkins y espiaba escondido en un barril de manzanas las maquinaciones de John Silver y era Huck Fi
Veía en el cine de verano a las esclavas que mostraban los muslos por una hendidura de la túnica en las películas de gladiadores y me excitaba tanto que temía que iba a eyacular y que la gente de los asientos cercanos iba a percibir el olor denso del semen. Me corría por la noche en mi cuarto del último piso y cuando despertaba por la mañana tenía la sensación de que el olor duraba todavía y se había extendido por toda la casa.
I
Poco a poco, sin embargo, he dejado de leer novelas. Quizás se me ha indigestado su abundancia o he leído demasiadas veces las que más me gustaban. He dejado casi de leer novelas al mismo tiempo que dejaba de ir a misa todos los domingos, de confesar mis pecados y de escuchar los consejos del padre Peter. Los viajes que busco en los libros ya no son inventados. Leo el relato del viaje de Darwin en el Beagle y no el de los hijos del capitán Grant, las exploraciones africanas de Stanley y las de Burton y Speke y no las de los aeronautas de Julio Verne en}Cinco semanas en globo}. Devoro libros sobre la llegada de Amundsen al Polo Sur y del almirante Peary al Polo Norte, y ya no puedo releer sin una cierta sensación de embarazo o ridículo}De la Tierra a la Luna} o}Los primeros hombres en la Luna} desde que leo en las revistas de la biblioteca o en las que encuentro en casa de mi tía Lola las informaciones que tratan sobre el proyecto Apolo. Las precisiones limpias de la ciencia, las fotografías y los dibujos en los libros de Astronomía, de Zoología o de Botánica, actúan sobre mi conciencia como un aire puro y helado que limpia los pulmones y disipa los vapores sombríos y las áridas abstracciones de la religión que nos inculcan los curas del colegio. No hay monstruo del espacio exterior que sea más fantástico ni más aterrador que una simple mosca casera o una hormiga miradas con una lupa de unos pocos aumentos. La explosión i
El Sol, de frente, tiene mofletes redondos y una sonrisa benévola, y una corona de rayos que son como los rizos de una melena y de una barba que circundan su cara de pan. Al Sol le llaman Lorenzo, y a la Luna Catalina. Pero la media luz que hay ahora no es de crepúsculo, sino de amanecer.
Mis pasos habrán resonado sin que yo reparase en ellos. He avanzado sin esfuerzo, sin sentir que pesaba, casi con la ligereza de un astronauta. Mis pasos no se habrían oído si hubiera caminado sobre la superficie de la Luna: a diferencia del empedrado de la calle de la Luna y del Sol y de la plaza de San Lorenzo, mis huellas habrían quedado impresas en el polvo lunar, talladas en él como las tenues pisadas de un pájaro de hace cien millones de años o como las nervaduras de una hoja en un suelo pantanoso que se fue fosilizando a lo largo de milenios. Camino sin esfuerzo, pesando a penas, pero noto dentro de mí un cansancio muy grande, que tiene algo de abatimiento moral. No vuelvo de la biblioteca pública: no llevo ningún libro bajo el brazo. Tampoco llevo una bolsa de viaje, y en cualquier caso éste no es el camino desde la estación de autobuses. Doblo la última esquina y la plaza de San Lorenzo aparece delante de mí, mi casa al fondo, azulada en los primeros minutos del amanecer. No hará mucho rato que mi padre ha salido camino del mercado.