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– No sé si está acabada -contesté-. Tampoco sé si la entiendo, o si la entiendo del todo. -Volví a pensar en Rodney y dije-: Claro que a lo mejor no hace falta entender del todo una historia para poder contarla.
La camarera nos sirvió los cafés. Cuando se hubo marchado, Je
– ¿Qué es lo que no entiendes? ¿Por qué lo hizo?
No contesté enseguida: probé el café y encendí un cigarrillo mientras con un escalofrío recordaba el reportaje.
– No -dije-. En realidad creo que eso es lo único que entiendo. -Igual que si pensara en voz alta añadí-: Si acaso lo que no entiendo es por qué no lo hice yo.
La taza de Je
– Bueno, ayer intenté explicártelo: tú no has matado a nadie. -«Me ha mentido», pensé en un segundo, en una fracción de segundo. «Ha visto el reportaje.» En cuanto volvió a hablar descarté esa idea-. Ni siquiera accidentalmente -dijo, y luego añadió-: Además, después de todo eres escritor, ¿no?
– ¿Y eso qué tiene que ver?
– Todo.
– ¿Todo?
– Claro} ¿no lo entiendes?
No dije nada y nos quedamos mirándonos un momento, hasta que Je
– Se está haciendo tarde -dijo-. ¿Nos vamos?
Pagamos y salimos. Je
– No hace falta -dijo-. Está muy cerca. -Sacó una libreta de su bolso, garabateó algo en una hoja, la arrancó y me la entregó-. Mi correo electrónico. Si te decides a escribir el libro, mantenme informada. Y otra cosa: no le hagas caso a Dan.
– ¿A qué te refieres?
– A lo que te ha dicho a la puerta del colegio -aclaró.
– Ah -dije.
Hizo una mueca de contrariedad o de disculpa.
– Supongo que está buscando un padre -aventuró.
– No te preocupes. -Aventuré-: Supongo que yo estoy buscando un hijo.
Je
– Adiós -dijo.
Y se dio la vuelta y empezó a alejarse. Tras un momento de indecisión me guardé el Zippo, monté en el coche, arranqué y, aguardando a incorporarme a la avenida que salía de Rantoul, miré a la izquierda y la vi todavía a lo lejos, caminando por la acera en sombra, sola y resuelta y frágil y sin embargo animada por algo como una inflexible determinación de orgullo, empequeñeciéndose a medida que se adentraba en la ciudad, y no sé por qué pensé en un pájaro, un colibrí o una garza o más bien una golondrina, pensé en e¡ vuelo nervioso y sin miedo de una golondrina y luego pensé en el póster de John Wayne que pendía de una pared del Bud's Bar y que tantas veces habría visto Rodney y sin duda Je
Cuando aquella mañana llegué a Urbana yo ya había elaborado un plan bastante preciso de lo que iba a hacer en los próximos meses, o más bien en los próximos años; como es lógico, ese plan contemplaba el riesgo de que la realidad acabara por desvirtuarlo, pero no hasta volverlo irreconocible. Eso, para bien o para mal -nunca sabré si más para bien que para mal-, es lo que sin embargo ha ocurrido.
Regresé a España después de cumplir con impaciencia con los compromisos que tenía pendientes en Urbana y en Los Ángeles, y lo primero que hice al aterrizar en Barcelona fue ponerme a buscar un nuevo piso, porque apenas entré en el apartamento de Sagrada Familia comprendí que aquello era un muladar sin redención. Lo encontré enseguida -un apartamento pequeño y con mucha luz situado en la calle Florida-blanca, no lejos de la piaza de España- y en cuanto acabé de instalarme en él me puse a escribir este libro. Desde entonces apenas he hecho otra cosa. Desde entonces -y va ya para seis meses- siento que llevo una vida que no es de verdad, sino falsa, una vida clandestina y escondida y apócrifa pero más verdadera que si fuera de verdad. El cambio de piso me permitió borrar con facilidad mis huellas, de manera que hasta hace poco nadie sabía dónde vivo. No veía a nadie, no hablaba con nadie, no leía periódicos, no veía la televisión, no oía la radio. Estaba más vivo que nunca, pero era como si estuviera muerto y la escritura fuese el único modo de evocar la vida, el cordón último que me unía a ella. La escritura y, hasta hace poco, Je
No fue así. Increíblemente -al menos increíblemente para mí-, ambas seguridades eran falsas. Je