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Por un momento creí que Je

– ¿No te lo advertí? -dijo, sonriendo apenas-. El problema no es dormir a Dan. El problema es despertarle.

Dan, en efecto, despertó de un humor de perros, pero se le fue pasando mientras se tomaba un tazón de leche con cereales y su madre y yo lo acompañábamos con un café. Cuando terminamos Je

– Dan y yo te vamos a llevar a un sitio -me dijo.

– ¿A qué sitio? -preguntó Dan.

Je

– ¿De acuerdo? -preguntó incorporándose de nuevo.

Dan se limitó a encogerse de hombros.

Al salir de la casa tomamos a la izquierda, cruzamos la vía del tren y caminamos por Ohio, una calle bien asfaltada, sin apenas casas ni comercios, que se alejaba hacia las afueras de la ciudad. Quinientos metros más allá se erguía frente a un bosque populoso de abedules un edificio de paredes blancas, una suerte de enorme granero rodeado de césped en cuya fachada se leía en grandes letras rojas: «Veteran of Foreign Wars Post 6759»; al lado de éste había otro letrero más pequeño, similar al que lucía la fachada del Bud's Bar, sólo que ornado con una bandera norteamericana; el letrero rezaba: «Support our troops». El edificio parecía vacío, pero no debía de estarlo, porque había varios coches aparcados frente a la puerta; al pasar junto a él Je

– El club de los veteranos de guerra. Los hay por todas partes. Organizan fiestas, reuniones y cosas así. Yo sólo he estado dentro una vez, pero sé que antes de que nos conociésemos Rodney lo frecuentó bastante, o eso es lo que me dijo. ¿Quieres que entremos?

Dije que no hacía falta y nos alejamos del club por un sendero de tierra que discurría junto a la carretera, charlando, Dan en el centro y Je

– Aquí está -dijo Dan cuando llegamos a su lado, señalando la tumba con un dedo.

Miré la lápida, en cuya cara delantera habían esculpido el dibujo de un muchacho leyendo bajo un árbol y una inscripción: «Rodney Faik. Apr. 6 1948/Jan. 4 2004»; junto a la inscripción había un ramo de flores frescas. «Un lugar limpio y bien iluminado», pensé. Los tres nos quedamos de pie frente a la tumba, callados.

– Bueno, en realidad no está -dijo por fin Dan. Tras cavilar un instante preguntó-: ¿Dónde estás cuando estás muerto?

La pregunta no estaba dirigida a nadie en concreto, pero esperé a que Je

– En ninguna parte.

– ¿En ninguna parte? -preguntó Dan, exagerando el tono de interrogación.

– En ninguna parte -repetí.

Dan quedó pensativo.

– ¿Entonces eres igual que un fantasma? -preguntó.

– Exacto -contesté, y luego mentí sin saberlo-: Sólo que los fantasmas no existen, y los muertos sí.

Dan apartó por fin la vista de la lápida y, mirándome fugazmente, amagó una sonrisa, como si estuviera tan seguro de no haber comprendido como de no querer demostrar que no había comprendido. Después se apartó de nosotros y caminó hasta un extremo del cementerio, más allá del cual se divisaba a lo lejos un racimo de casas de paredes leprosas, tal vez abandonadas, y allí empezó a recoger guijarros del suelo y a arrojarlos sin fuerza contra los campos limítrofes: una sucesión de tierras sin cultivar apenas pobladas de hierbajos. Je

– Bueno -dijo Je

Casi era de noche cuando llegamos a casa. Yo tenía una cita para cenar en Urbana, con Borgheson y un grupo de profesores, y si quería llegar al Chancellor a la hora acordada debía partir de inmediato, así que les dije a Dan y a Je

– ¿Es importante la cena?

No lo era. No lo era en absoluto. Se lo dije.

– ¿Entonces por qué no la suspendes? -preguntó Je

No tuvo que repetírmelo: telefoneé a Borgheson y le dije que me sentía cansado y con fiebre y que, con el fin de estar en forma para la charla del día siguiente, lo mejor era que no asistiera a la cena y me quedara a descansar en el hotel. Borgheson aceptó la mentira sin rechistar, aunque tuve que emplearme a fondo para convencerle de que no era necesario que acudiera al Chancellor en mi auxilio. Solventado el problema, invité a Dan y a Je

– ¿Te apetece escuchar música? -dijo Je

Le dije que sí, y ella conectó el aparato y fue a la cocina. Evité la tentación de Dylan y puse Astral weeks, de Van Morrison, y cuando Je

Apenas acabé de pensar lo anterior interrumpí a Je

– Hay una cosa que no te he contado -dije.

Me miró, un poco sorprendida por mi brusquedad, y de repente no supe cómo iba a contarle lo que le tenía que contar. Lo averigüé un segundo después. Entonces saqué de mi billetera la fotografía de Gabriel, Paula y Rodney en el puente de Les Peixetenes Velles y se la alargué. Je