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Depositó la bandeja en una mesita que había entre los dos sillones y, después de mover ligeramente el brazo retorcido de Dan hasta que éste descansó con naturalidad sobre el pecho del niño, fue al otro extremo del salón y descornó la cortina de la ventana que daba al porche, para permitir que el sol dorado de la tarde iluminara la estancia. Luego sirvió los cafés, se sentó frente a mí removiendo el suyo, casi se lo tomó de un sorbo, dejó pasar un tiempo en silencio y, tal vez porque yo no hallaba una forma de iniciar la conversación, preguntó:
– ¿Piensas quedarte mucho tiempo por aquí?
– Sólo hasta el martes.
– ¿En Rantoul?
– En Urbana.
Je
– Lamento que hayas hecho un viaje tan largo para nada.
– Lo hubiera hecho de todos modos -mentí.
Di un sorbo de café y a continuación hablé de mi viaje por Estados Unidos, aclaré que Urbana era sólo una etapa más del viaje, sabiendo que probablemente Je
– Pensé que podría volver a ver a Rodney -continué-. Aunque no estaba seguro. Hacía mucho tiempo que no sabía nada de él y hace unos meses le mandé una carta, pero para entonces supongo que…
– Sí -me ayudó Je
Acabó de tomarse el café y lo dejó sobre la mesita. Yo la imité. Por decir algo dije:
– Siento mucho lo que ha pasado.
– Ya lo sé -dijo Je
– ¿De veras? -pregunté fingiendo sorpresa, pero sólo en parte.
– Claro -dijo Je
– Es curioso -dije, ruborizándome mientras trataba de imaginar qué cosas le habría contado Rodney-. En cambio yo siempre pensé que el raro era él.
– Rodney no era raro -me corrigió Je
Indagando el modo de preguntarle por las circunstancias que habían rodeado la muerte de Rodney, por un momento me distraje, y cuando volví a escucharla la ironía había contaminado por completo su voz, y yo ya había perdido el hilo de lo que estaba diciendo.
– Pero ¿sabes lo que creo? -la oí decir; disimulando la distracción, con un gesto interrogativo la animé a continuar-. Lo que creo es que en realidad fue sobre todo para verte a ti.
Tardé un segundo en comprender que estaba hablando del viaje de Rodney a España. Ahora mi sorpresa fue genuina: no pensé que yo acababa de hacer el viaje inverso al que había hecho Rodney sólo para verle, pero sí que en España le había perseguido de hotel en hotel y que al final había tenido que viajar a Madrid sólo para que conversáramos un rato. Je
– Bueno, quizá no sólo para eso, pero también para eso. -Arreglándose un poco el moño mientras lanzaba una mirada de soslayo a Dan, se retrepó en el sillón y dejó que sus manos reposaran sobre sus muslos: eran largas, huesudas, sin anillos-. No sé -rectificó luego-. Puede que esté equivocada. Lo que es seguro es que volvió muy contento del viaje. Me dijo que había estado contigo en Madrid, que había conocido a tu mujer y a tu hijo, que ahora eras un escritor de éxito.
Je
– Dan y yo nos apañamos muy bien solos -dijo-. Además, en Burlington nunca hubiera podido permitirme una casa como la que tenemos aquí. En fin. -Me buscó los ojos, casi como si se avergonzara preguntó-: ¿Salimos fuera a fumarnos un cigarrillo?
Nos sentamos en las escaleras del porche. En Belle Avenue el aire olía intensamente a primavera; la luz de la tarde aún no había empezado a oxidarse y la brisa soplaba con más fuerza, removiendo las hojas de los arces y haciendo ondear la bandera americana en el jardín. Antes de que yo pudiera prender mi cigarrillo Je
– Era de Rodney.
– Ya lo sé -dije.
Encendió mi cigarrillo y luego el suyo, cerró el Zippo, lo sopesó un momento en su mano huesuda y luego me lo alargó.
– Quédatelo -dijo-. Yo ya no lo necesito.
Vacilé un instante, sin mirarla a los ojos.
– No, gracias -contesté.
Je
– ¿No quieres saber lo que pasó?
Esta vez tampoco la miré. Por un momento, mientras aspiraba el humo del cigarrillo, me cruzó la cabeza la idea de que tal vez era mejor no saber nada. Pero dije que sí, y fue entonces cuando, con desconcertante naturalidad, como si estuviera contando una historia remota y ajena, que en nada podía afectarla, me contó la historia de los últimos meses de Rodney. La historia empezaba en la primavera anterior, por aquella época hacía más o menos un año. Una noche, mientras cenaban, un desconocido llamó por teléfono a su casa pregunta«do por Rodney; cuando Je
– Desde el principio tuve la sensación de que se estaba confesando conmigo -me dijo Je
Antes de explicarle lo que había hablado con el periodista de Ohio, Rodney le contó que hacia el final de su estancia en Vietnam había sido asignado a un efímero escuadrón de élite conocido como Tiger Forcé, con el cual entró numerosas veces en combate. El escuadrón cometió barbaridades sin cuento, que Rodney no detalló o no quiso detallar, y al ser finalmente disuelto todos sus miembros juraron guardar silencio acerca de ellas. Sin embargo, cuando a principios de los años setenta el Pentágono creó una comisión cuya labor consistía en investigar los crímenes de guerra de la Tiger Forcé, Rodney decidió romper el pacto de silencio y colaborar con ella. Fue el único miembro del escuadrón que lo hizo, pero no sirvió para nada: declaró varias veces ante la comisión, y lo único que sacó en limpio fue la hostilidad abierta de sus mandos y compañeros de armas (que lo consideraron un delator) y la hostilidad velada del resto del ejército (que asimismo lo consideró un delator), porque cuando el informe llegó por fin a la Casa Blanca alguien decidió que lo mejor que podía hacerse con él era archivarlo. «Todo fue una pantomima», le dijo Rodney a Je