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– Los protegen de los piratas.
– Y de los comunistas. Vuelve a haber guerrillas en las junglas del sur. Nuestro primer ministro ha viajado a China y los comunistas de aquí son de obediencia soviética. Se infiltran desde Camboya y Laos y ahora vuelven a dar guerra para condicionar el viaje de nuestro primer ministro. ¿Hay comunistas en España?
– Quedan unos cuantos.
– ¿Armados?
– No. Muy desarmados.
– ¿Qué hacen?
– Pierden las elecciones.
– Los comunistas nunca pierden.
– ¿Todos estos americanos están aquí para luchar contra la nómina de comunistas?
– No. También vigilan el tráfico de drogas.
– ¿Luchan contra la droga?
– No. Luchan contra el tráfico de droga hacia los Estados Unidos. Que vaya a otras partes no les importa. A Europa, a Australia. ¿Ha oído hablar usted de la DEA? Es una agencia permanente de los americanos en Bangkok que negocia o combate para impedir que la heroína del triángulo del opio se meta en Estados Unidos. Es lo único que les importa. Y conocen los campos de cultivo y los laboratorios clandestinos mejor que nosotros. Mejor que casi todos nosotros.
Corrigió Charoen.
– Media Thailandia lucha contra la heroína y otra media la fomenta, media Thailandia lucha contra la trata de muchachas y la otra media la fomenta. Desde lo más alto del poder hasta el último intermediario. Un general mete en la cárcel a los traficantes y otro general los saca porque él dirige el tráfico. ¿Comprende? El resultado es un cierto equilibrio. Un prudente equilibrio. ¿Acaso el bien se notaría sin la existencia del mal?
No había sorna en las palabras de Charoen, había respeto a la verdad objetiva, el mismo respeto con el que Jacinto informaba a su clientela turística y la misma sinceridad que había empleado el guía aquella misma mañana al señalar el vientre de uno de sus clientes y decirle:
– Selpiente. Usted lleval selpiente dentlo.
– ¿Qué quiere usted decir?
– En Thailandia al vel un homble goldo decil: lleva selpiente en la baliga.
Charoen había dicho que el país llevaba una serpiente en la barriga y eso era todo.
– A las ocho, en el A
– ¿Estará usted?
– No. Pero no se preocupe.
– ¿He de preguntar por alguien concreto?
– No.
Charoen se inclinó levemente y se marchó por los escalones situados junto a la cascada. Carvalho recogió sus cosas y se fue a su habitación. Después de ducharse se tumbó en la cama dejando que las sombras le sepultaran progresivamente, le dejaran en la vaciedad de lo oscuro, sin otro punto de referencia que el brillo mate de la pantalla del televisor. Encendió la lamparilla de la mesita de noche y repasó la lista: Bancha Soponpanich, boxeador, amigo de la infancia de Archit, gimnasio Lampun o vestuarios del Lumpini. Thida, ex novia de Archit, número 42 en la casa de masajes atami. Los padres de Archit, en Damnerm Saduak, a una hora en coche desde Bangkok. ¿Daba Carvalho los primeros pasos o esperaba a que Charoen se los insinuara? El policía le estaba utilizando como gancho por si Archit y Teresa estuvieran al acecho y trataran de ponerse en contacto con él o por si algunos de los allegados de Archit decía a Carvalho lo que no había dicho a la policía. El restaurante A
Bangkok parecía estar a oscuras salvo en los callejones a donde los turistas iban atraídos como moscas en busca de miel de ingle. El callejón donde estaba el A
– ¿Ha probado el "fondue" a la vietnamita?
– No.
– Hoy lo tenemos. Pero ha podido probarlo en cualquier restaurante vietnamita de Nueva York o San Francisco.
– No soy americano.
– ¿Francés?
No le dio tiempo a responder. De sus labios salió un do de francés, más recitado que hablado, y una inmensa nostalgia de Saigón. Había tenido un restaurante en Saigón hasta mil novecientos setenta. Luego previó lo que iba a suceder y se marchó con su familia. Suspiró resignada. Bangkok no era Saigón. Quien no ha vivido en Saigón antes de la revolución no sabe lo que era Asia, dijo madame Rony, que se presentó a sí misma como viuda de un sargento francés muerto de no sabía qué el año anterior. Carvalho no la quiso sacar de su error y pasó por francés tratando de conseguir aceptables niveles de pronunciación. La "fondue" vietnamita consistía en un equivalente a la "fondue bourgougno
– Venga con nosotros.
– No he terminado de cenar.
Uno de los hombres desenchufó el cable que conectaba la escudilla de aluminio con la red eléctrica. La cena había terminado. Carvalho recorrió el local con la mirada en busca del efecto que había provocado la irrupción de los matones en los demás pobladores del local. Habían bajado la voz y el volumen de la tele, pero era evidente que se desentendían de lo que pudiera ocurrirle al extranjero solitario.
– ¿Los envía Charoen?
Le cogieron por los hombros y le señalaron la distancia más corta hasta la puerta de la calle. Carvalho sacó un montón de billetes arrugados del bolsillo y trató de avanzar en dirección a la patrona para pagar la cena, pero le detuvieron, le quitaron el dinero de la mano y uno de los matones separó sesenta baths que dejó sobre la mesa. La cena estaba pagada. Le devolvieron el dinero y le empujaron hacia la puerta.
– Como sigan con estos modales se van a quedar sin turistas.
No lo hubiera dicho nunca. Nada más llegar a la semioscuridad del callejón sintió un duro golpe en la nuca y un hilo de voz cortante junto a la oreja. Que se callara y que no creara dificultades. La escena le recordó a Carvalho secuencias de películas bélicas norteamericanas en las que el sargento japonés les pega un par de humillantes bofetadas a los oficiales americanos y les dice impertinentemente, directamente a la oreja, "tanaka tanaka" o algo por el estilo. Los esperaba un Dodge que parecía una suite real venida a menos y Carvalho comprobó que además de los cuatro matones iba a gozar de la compañía de otros dos, el que conducía y un muchacho desagradable que por todo recibimiento le escupió a la cara. Durante el trayecto por un dédalo de calles oscurecidas que a Carvalho le pareció un merodeo voluntario por el mismo barrio, le dijeron varias veces "tanaka tanaka" o algo que sonaba muy parecido, perfectamente entendido por el instinto de muerte del detective. Por fin, el coche frenó ante una puerta de madera revelada por la fijación de los faros y que se abrió para que el auto entrara en un patio donde alguien se había entretenido reuniendo una colección completa de las basuras de Bangkok. Acuciado por los empujones, se vio obligado a subir por una escalera adosada a la fachada del edificio y luego a recorrer un pasillo tapizado en terciopelo rojo, suelo y paredes, para desembocar finalmente en una pequeña habitación donde una única silla situada en el centro geométrico presagiaba una sesión de preguntas y respuestas en la que Carvalho no tendría casi nada que decir y mucho que recibir. Pero no hubo preguntas. En cuanto le sentaron, uno de los hombres lanzó un grito, dio un salto en el aire y un patadón suave en el hombro de Carvalho dio por los suelos con detective y silla. Y en el suelo Carvalho recibió un marco de gritos y patadas que no le hacían daño, que sólo le asustaban. Alguien le ayudó a levantarse y Carvalho mismo colocó la silla donde había estado y se sentó mientras miraba a su alrededor y asumía una situación sin salida. Una cara asiática se colocó en la posición teórica de darle un beso, pero se limitó a gritarle en inglés que madame quería hablar con él y que hiciera caso a todo lo que le dijera madame o aquella noche iba a parar a las aguas de un canal.