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39.
Roma, días más tarde.
– Debemos darnos prisa. Pronto serán las doce.
Giova
– ¡Las doce! -repitió-. ¿Me has oído? ¡Las doce!
– No tenéis de que preocuparos -respondió Guglielmo, cortés-. Llegaremos a tiempo. Vuestro cochero es muy rápido.
Nunca había visto a la comadreja tan nerviosa. Las prisas eran raras en alguien como él. Desde que se afincara en las inmediaciones de las estancias Borgia por expreso deseo de Su Santidad, A
Ni Betania ni el Santo Oficio pudieron nunca atajar tales fantasías. El Papa adoraba a aquel charlatán. Incluso compartía con él su odio visceral contra el esplendor de las cultas cortes de Florencia o Milán, en cuyas bibliotecas la comadreja veía una seria amenaza a sus ideas descabelladas. Sabía que las traducciones de Marsilio Ficino de textos atribuidos al gran dios egipcio Hermes Trismegisto, también conocido como Toth, el dios de la Sabiduría, echaban por tierra la mayor parte de sus invenciones. Ni hablaban de la visita de Osiris a Italia, ni vinculaban los montes Apeninos a Apis, ni la ciudad de Osiricella a una remotísima visita de ese dios a los alrededores de Treviso.
Hasta aquel día, Guglielmo imaginaba que sólo el recuerdo de Ficino era capaz de sacar de quicio al maestro A
– ¿Has visto ya la decoración de los apartamentos del Papa?
Guglielmo negó con la cabeza. Llevaba un buen rato absorto en el repiqueteo de los cascos de los caballos contra los adoquines, tratando de imaginar adonde iba tan aprisa la comadreja.
– Yo te los mostraré -le dijo entusiasta-. Hoy, Guglielmo, conocerás al gran artífice de esas pinturas.
– ¿De veras?
– ¿Acaso te he mentido alguna vez? Si hubieras visto las escenas de las que te hablo, entenderías lo importantes que son. Muestran al dios Apis, el buey sagrado de los egipcios, como el icono profético de los tiempos que vivimos. ¿O no te has fijado que en el escudo de nuestro Papa también hay un buey?
– Un toro… diréis.
– ¿Y qué más da? ¡Lo importante es el símbolo, Guglielmo! Junto a Apis también está representada la diosa Isis. Es solemne como la reina católica de España, y aparece sentada en su trono celeste con un libro abierto en el regazo, enseñando a Hermes y a Moisés las leyes y las ciencias. ¿Puedes imaginártelo?
Guglielmo cerró los ojos, como si se concentrara en las palabras de su maestro.
– Lo que quieren decir esos frescos, querido, es que Moisés recibió de Egipto todo su saber, y que de él lo hemos heredado los cristianos. ¿Comprendes la genialidad del arte? ¿Entiendes ahora la sublime enseñanza de lo que te estoy diciendo? Nuestra fe, querido Guglielmo, procede de allá, del remoto Egipto. Igual que la familia de nuestro Papa. Incluso los Evangelios dicen que Jesús huyó a ese país para librarse de Herodes. ¿No lo entiendes? ¡Todo procede del Nilo!
– ¿También la persona con la que estáis citado, maestro?
– No. Ella no. Pero sabe mucho de ese lugar. Me ha conseguido muchas cosas de ese paraíso de sabiduría.
A
Na
– ¿Sabes, Guglielmo? Toda la sabiduría oculta en los frescos de palacio no es nada comparado con la que hoy espero recibir.
El asistente bajó la mirada, temiendo que su maestro descubriera la curiosidad que sus palabras le producían.
– Si me entrega lo que de él espero, tendré la llave de cuanto os he contado. Lo sabré todo…
A
– Creo que estamos llegando, padre A
– Magnífico. ¿Distingues a alguien que esté esperándonos?
Guglielmo sacó la cabeza del carro para curiosear la enorme fachada encalada de El Gigante Verde, una posada de las afueras famosa por ser punto de encuentro tanto de peregrinos como de fugitivos de la justicia. En efecto. Un caballero solitario enfundado en una capa marrón los saludaba desde la puerta del establecimiento.
– Hay un hombre que parece haberos reconocido -dijo.
– Entonces debe de ser él. Oliverio Jacaranda. Ha pasado mucho tiempo desde la última vez que nos vimos.
– ¿Jacaranda? -El joven asistente titubeó-. ¿Lo conocéis, maestro?
– Oh, sí. Es un viejo amigo. No tienes de que preocuparte.
– Con el debido respeto, maestro: éste no es un lugar especialmente seguro para alguien como vos. Si os reconocieran, podríamos ser asaltados o quién sabe si secuestrados…
A
Al poner pie en tierra, A
La fértil imaginación del maestre se desbocó. Mientras Guglielmo abría la puerta del coche para que descendiera, la comadreja se regocijaba pensando en lo cerca que estaba el más grande de sus éxitos. ¿Para qué si no le habría hecho ir hasta allí su fiel «conseguidor»?
Jacaranda llegaba en un momento más que oportuno. La tarde anterior, Na
Torriani entonó aquella sentencia ante el Papa y la comadreja. Nadie entendió una palabra. Sin embargo, a Na
– Mut-nem-a-los-noc -susurró.
¿Acaso no estaba claro su origen? ¿No citaba por ventura a la diosa Mut, esposa de Amón, reina de Tebas? ¿No resultaba providencial que Oliverio Jacaranda, un auténtico experto en jeroglíficos, llegara casi al tiempo que aquel mensaje? ¿Acaso no lo había mandado Dios mismo para ayudarle a resolver aquel acertijo y ganarse así el respeto eterno del Papa?
Sí. La providencia, pensó, estaba de su lado.
Frente a las caballerizas de El Gigante Verde, Jacaranda besó el anillo de A
Guiado hasta el vientre de la posada, la comadreja tomó asiento en uno de sus pequeños reservados. Fue una suerte inesperada para Betania que Guglielmo tuviera acceso a lo que se habló allá dentro.
– Mi querido Na
– Todo lo contrario. Sabéis que siempre las aguardo con impaciencia. Es una lástima que no os prodiguéis más por esta corte, en la que tanto se os valora.
– Es mejor así.
– ¿Mejor?
Oliverio decidió no dar más rodeos:
– Esta vez traigo noticias que no os complacerán -dijo.
– Vuestra sola visita me complace. Qué más puedo pedir.
– El viejo tesoro, naturalmente.
– ¿Y bien?
– Se resiste a caer en mis manos.
A
[16] Javier Sierra lleva años investigando esta peculiar conexión entre las resurrecciones de Jesús y de Osiris. Parte de sus hallazgos fueron expuestos en su anterior novela El secreto egipcio de Napoleón.