Страница 42 из 69
– Da igual. No me voy a quedar embarazada, seguro.
– ¿Y el sida, y tal?
– No te preocupes, normalmente siempre uso condón. Lo de hoy ha sido una excepción.
– No, si lo digo por ti: es que soy bastante promiscuo.
– ¿Y cuando eres tan promiscuo usas condón?
– Sí: siempre.
– Entonces…
Bué.
– Oye, tengo un capricho.
– Qué.
– Me gustaría verte las tetas. Al final no te las he visto de cerca.
Se enrolló y me dejó vérselas. Me las mostró incluso con orgullo. Tomé la derecha sobre mi mano y la besé, tomé la izquierda y la besé también, después la ayudé a ponerse bien los sujetadores y entonces fue ella la que me depositó un beso transversal sobre el bigote de Errol Fly
– Oye, ¿sabes que hasta te encuentro tierno? -dijo, mientras terminaba de recomponerse la indumentaria.
– Pues no me conviene que se sepa.
– Yo no pienso decírselo a nadie.
– Bueno, de todas formas no iba a ser fácil que te creyeran.
Seguían temblándome las piernas como si las tuviera de gelatina. Ella dijo que le iría bien pasarse por el lavabo y le pedí que me siguiera por la parte alta de la terraza hasta entrar por mi habitación. Le indiqué la puerta del baño.
– Debe de haber toallas en algún armario. Debajo del lavabo, me parece.
La dejé tras la puerta y busqué un sitio donde sentarme a fumar un cigarrillo tranquilamente. Lo encontré sobre mi vieja cama, y fue entonces cuando caí en la gravedad de mi transgresión. Y caí porque de pronto me encontré a mí mismo deseando volver a besarle las tetas a aquella advenediza que andaba cacharreando en mi cuarto de baño; sí: mi cuarto de baño, al fin y al cabo. Ir de putas es una cosa: en cuanto tienes ganas de volver a besar a la de turno el taxi te ha situado a dos kilómetros del lugar de los hechos y no hay riesgo de sucumbir a la tentación, pero este individuo, este hermoso individuo al que me moría de ganas de volver a sostener en ese delicuescente abandono que me chorreaba por los huevos -todavía notaba el cosquilleo de una gota detrás del escroto, tuve que darme un meneo en el paquete para enjugarla en el algodón de los calzoncillos-, iba a salir del baño de un momento a otro, y yo…, yo no podía permitirme el lujo de exponerme a su presencia.
Así que fui a esconderme a la vieja habitación de mi Estupendo Hermano.
Estaba vacía. The First va a todas partes con todo su pasado a cuestas, piano incluido. Pero quedaba la cama. Y me eché un momento confiando en que enseguida se me pasaría el tembleque.