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Mathilde se acercó al pretil del pozo: bajo sus pies había otros tres niveles con sus correspondientes túneles. En el fondo se veía una cisterna de azulejos que desde aquella altura parecía diminuta. Era como si estuvieran en una ciudad subterránea, construida tan cerca de una fuente sagrada como había sido posible.

A

En el segundo sótano, A

– Aquí -dijo A

Mathilde abrió el bolso que llevaba en bandolera y sacó la herramienta. Con un gesto, A

A

Mathilde contenía la respiración. El ruido de los golpes retumbaba en las paredes y debía de oírse hasta en la place Gambetta. ¿Cuánto tiempo tenían antes de que volvieran los guardas?

Volvió a hacerse el silencio. Envuelta en una nube blanquecina, A

De pronto, se oyó un tintineo a sus espaldas.

Las dos mujeres se volvieron.

A sus pies, entre los trozos de yeso, brillaba una llave.

– Prueba con eso. Acabarás antes. -Un hombre con el pelo cortado a cepillo las observaba desde el umbral de la galería. Su cuerpo se reflejaba en el damero del suelo y daba la sensación de mantenerse de pie sobre una superficie de agua-. ¿Dónde está? -preguntó levantando un fusil de pistón. Llevaba un impermeable arrugado que disimulaba su corpulencia, pero no disminuía un ápice la sensación de fuerza que emanaba. El rostro, sobre todo, iluminado lateralmente por una lámpara, era de una ferocidad estremecedora-, ¿Dónde está? -repitió avanzando un paso. Mathilde se sintió mal. Una punzada de dolor le atravesó el estómago, y las piernas se negaron a sostenerla. Tuvo que agarrarse a la puerta de un nicho para mantenerse en pie. Aquello no era ningún juego. Ni tiro deportivo, ni triatlón, ni ningún otro riesgo calculado. Iban a morir, sencillamente. El intruso dio otro paso y, con un gesto preciso, armó el fusil-. ¿Dónde está la droga, cojones?

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El hombre del impermeable recibió un disparo.

Mathilde se arrojó al suelo. Aún no había tocado las baldosas cuando comprendió que el fogonazo había salido del fusil. Rodó sobre los cascotes de yeso. En ese instante, una segunda evidencia iluminó su mente: A

Las detonaciones se multiplicaron. Mathilde encogió el cuerpo y se protegió la cabeza con los puños apretados. Las puertas de los nichos estallaban sobre ella y las urnas saltaban por los aires derramando su contenido. Cuando la ceniza empezó a cubrirla, no pudo reprimir un grito. Las balas silbaban en el aire saturado de nubes grises y rebotaban en las paredes. Entre la niebla, Mathilde veía las chispas que saltaban de las aristas de mármol, los filamentos de fuego que culebreaban por los escombros, los floreros que rebotaban en el suelo y rodaban lanzando reflejos plateados… El pasillo parecía un infierno sideral, sembrado de oro y hierro…

Mathilde se encogió cuanto pudo. Los proyectiles destrozaban nichos, troceaban flores y reventaban urnas, que derramaban su contenido por el embaldosado, mientras las balas se cruzaban sobre su cabeza. La psiquiatra cerró los ojos y, estremeciéndose a cada detonación, empezó a arrastrarse.

De pronto, el silencio se apoderó del pasillo.

Mathilde se inmovilizó y esperó varios segundos antes de abrir los párpados.

No se veía nada.

La galería estaba totalmente cubierta de cenizas, como tras una erupción volcánica. El tufo a cordita y el polvo en suspensión hacían irrespirable el aire.

Mathilde no se atrevía a moverse. Abrió la boca para llamar a A

¿Dónde estaba A

¿Dónde estaba el hombre?

Entrecerró los párpados y trató de distinguir alguna cosa. Al fin, a dos o tres metros de donde estaba, vio una lámpara que lanzaba una tenue luz. Había observado que las luces del techo guardaban unos diez metros de separación. Pero aquella, ¿cuál era? ¿La de la entrada del pasillo? ¿A qué lado estaba la salida? ¿A la derecha o a la izquierda?

Reprimió la tos, tragó saliva y se irguió sobre un codo procurando no hacer ruido. Empezó a gatear hacia la izquierda evitando los escombros, los casquillos, los charcos que había formado el agua de los floreros.

De pronto, la neblina se materializó ante ella. Una figura totalmente gris: el asesino.

Mathilde abrió los labios, se los aplastó. «Si gritas, te mato», leyó en los ojos inyectados de sangre que la miraban fijamente. Sintió el cañón de un revólver clavado en la garganta y parpadeó furiosamente a modo de asentimiento. El hombre retiró la mano lentamente. Mathilde seguía implorándole con una mirada de sumisión total.

En ese segundo, sintió una sensación inmunda. Acababa de ocurrir algo que la anonadaba aún más que el miedo a morir: se lo había hecho encima.

Se le habían relajado los esfínteres.

La orina y los excrementos le empapaban los panties y le resbalaban por los muslos.

El hombre la agarró del pelo y echó a andar arrastrándola por el suelo. Mathilde tuvo que morderse los labios para no gritar mientras atravesaban nubes de polvo removiendo cascotes, floreros y cenizas humanas.

Cambiaron de galería varias veces. Arrastrada con implacable brutalidad, Mathilde se deslizaba por el polvo con un chapoteo sordo. Agitaba las piernas, pero sus pataleos no producían ningún ruido. Abría la boca, pero de su garganta no salía ningún sonido. Sollozaba, gemía, jadeaba, pero la polvareda lo absorbía todo. A pesar del dolor, comprendía que el silencio era su mejor aliado. Aquel hombre la mataría al menor ruido.

La marcha se hizo más lenta. Mathilde sintió que la presión aflojaba. Luego, el hombre volvió a tirar con fuerza y empezó a subir una escalera. Mathilde se tensó. Una ola de dolor le irradió del cráneo y le inundó el cuerpo hasta la rabadilla. Era como si unas garras de acero le tiraran de la piel del rostro. Sus piernas, pesadas, empapadas, cubiertas de inmundicia, seguían agitándose. El hedor que ascendía de sus muslos la llenaba de vergüenza.

El hombre volvió a detenerse.

La pausa duró apenas un segundo, pero fue suficiente.

Mathilde retorció el cuerpo para ver lo que pasaba. La silueta de A

Sobresaltada, Mathilde apoyó una rodilla en el suelo para avisar a A

Demasiado tarde: el asesino apretó el gatillo, y un estallido ensordecedor llenó la cripta.

Pero no ocurrió lo previsible. La silueta explotó en mil pedazos y las nubes de ceniza descargaron un granizo afilado. El hombre lanzó un alarido. Mathilde se soltó, cayó de espaldas y rodó por las escaleras.

Comprendió lo que había ocurrido antes de aterrizar en el suelo. El asesino no le había disparado a A

De pronto, saltó. Agarrada a la puerta de un nicho con la mano izquierda, balanceó el cuerpo con todas sus fuerzas y se arrojó sobre el hombre. En la otra mano tenía una puntiaguda astilla de cristal. El improvisado puñal se hundió con fuerza en el rostro del desconocido.

Cuando quiso encañonarla, A

Frente, sienes, boca… La mujer volvió a la carga una y otra vez. El rostro del asesino se convirtió en un amasijo sangriento. Se tambaleó, dejó caer la pistola y agitó los brazos desesperadamente, como si lo acosara un enjambre de abejas asesinas.

A

Entretanto, Mathilde retrocedía ayudándose con los codos y gritando a pleno pulmón, sin poder apartar los ojos del salvaje combate.

A

56

De nuevo el silencio.