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Veynerdi sacó una jeringa y una aguja de un envase estéril.

– Empezaremos tomándole una muestra de sangre.

El biólogo hundió la aguja en el brazo izquierdo de A

– ¿Le ha dado algún calmante? -le preguntó Veynerdi a Mathilde con el ceño fruncido.

– Sí, Tranxene. Por vía intramuscular. Anoche estaba muy agitada y…

– ¿Cuánto?

– Cincuenta miligramos.

El biólogo hizo una mueca. Los sedantes debían de interferir con sus análisis. Retiró la aguja, colocó una gasa en el hueco del codo y se situó detrás de la encimera.

Mathilde seguía todos sus movimientos con atención. Veynerdi mezcló la sangre recién extraída con una solución hipotónica para destruir los glóbulos rojos y obtener un concentrado de glóbulos blancos. Colocó la muestra en un cilindro negro, parecido a un pequeño infiernillo: la centrifugadora. El aparato, que giraba a mil revoluciones por segundo, servía para separar los glóbulos blancos de los últimos residuos. Pasados unos segundos, Veynerdi extrajo un sedimento translúcido.

– Sus células inmunitarias -explicó dirigiéndose a A

El biólogo diluyó el concentrado con suero fisiológico y a continuación lo vertió en un citómetro de flujo, un bloque gris que separaba los glóbulos y los sometía a la acción de un rayo láser. Mathilde conocía aquella técnica: la máquina localizaría e identificaría las moléculas de defensa utilizando un repertorio de marcas confeccionado por Veynerdi.

– Nada significativo -dijo el biólogo al cabo de unos minutos- Solo aprecio contacto con enfermedades y agentes patógenos comunes. Bacterias, virus… En cantidad inferior a la media. Llevaba usted una existencia muy sana, señora. Tampoco veo rastro de agentes exógenos. Ni perfumes ni ninguna otra impregnación de relieve. Un terreno prácticamente neutro.

A

Veynerdi se le acercó blandiendo una jeringa con una aguja mucho más larga.

– Vamos a realizar una biopsia. -A

A

Al cabo de unos minutos, dijo:

– Veo nicotina y también alquitrán. Usted fumaba.

– Y sigue haciéndolo -terció Mathilde.

El biólogo agradeció la información con un movimiento de cabeza y añadió:

– Por lo demás, no hay ninguna huella significativa de un medio, de una atmósfera particulares. -Cogió un botecito de plástico y volvió a acercarse a A

A

– No entiendo qué espera encontrar en la orina -confesó Mathilde apenas estuvieron solos-. Buscamos huellas de hace cerca de un año y…

El sabio la interrumpió con una sonrisa:

– La orina es producida por los riñones, que actúan como filtros. En su interior se acumulan cristales. Puedo interpretar las huellas de esos sedimentos. Se remontan a varios años y pueden informarnos de, por ejemplo, los hábitos alimentarios del sujeto.

A

Veynerdi volvió a utilizar la centrifugadora para separar los elementos y a continuación se acercó a otra máquina aún más impresionante: un espectrómetro de masas. Depositó el líquido dorado en la tina e inició el proceso de análisis.

La pantalla de un ordenador se llenó de oscilaciones verdosas. El científico chasqueó la lengua con desaprobación.

– Nada. Está visto que esta jovencita no es nada fácil de descifrar.

Veynerdi cambió de actitud. Redoblando la concentración, multiplicó la toma de muestras y los análisis, sumergiéndose literalmente en el cuerpo de A

Mathilde observaba sus movimientos y escuchaba sus comentarios con idéntica atención.

El biólogo empezó recogiendo muestras de dentina, tejido vivo del interior de los dientes, que acumula determinados productos transportados por la sangre, como los antibióticos. A continuación, analizó la melatonina, producida por el cerebro. Según explicó, la tasa de dicha hormona, segregada principalmente durante la noche, podía revelar los antiguos hábitos de sueño de A

Después, con sumo cuidado, recogió unas gotas de humor ocular, en el que pueden acumularse ínfimos residuos de alimentos. Por último, cortó a A

Tras tres horas de análisis, el científico se dio por vencido: no había descubierto nada, o casi nada. El retrato de la antigua A

Alain Veynerdi se quitó los guantes y se lavó las manos en la pila de la encimera. Tenía la frente perlada de minúsculas gotas de sudor. Parecía agotado y decepcionado.

Por enésima vez volvió a acercarse a A

De pronto, se inclinó sobre las manos. Le cogió los dedos y los observó con atención. La sacudió hasta conseguir despertarla. En cuanto A

– He visto que tiene una mancha oscura en una uña. ¿Sabe a qué se debe?

Desconcertada, A

– No lo sé -murmuró-. De la nicotina, ¿no?

Mathilde se acercó. En efecto, las puntas de las uñas presentaban unas manchitas ocres apenas visibles.

– ¿Con qué frecuencia se corta las uñas?-le preguntó Veynerdi a A

– No sé… Cada tres semanas, más o menos.

– ¿Tiene la sensación de que le crecen deprisa? -Por toda respuesta, A

El biólogo volvió a encender las máquinas. Mientras los motores se ponían en marcha con un zumbido, diluyó la muestra en un tubo de ensayo lleno de disolvente.

– Nos ha ido de poco -rezongó Veynerdi-. Dentro de unos días se habría cortado las uñas y nos habríamos quedado sin este precioso vestigio.

Introdujo el tubo de ensayo en la centrifugadora y la puso en marcha.

– Si es nicotina -aventuró Mathilde-, no veo lo que…

Veynerdi colocó el tubo en el espectrómetro.

– Tal vez consiga descubrir la marca de cigarrillos que esta joven fumaba antes del accidente.

Mathilde no comprendía su entusiasmo; un detalle como aquel no aportaría nada del otro jueves. Inclinado sobre la pantalla, Veynerdi observaba los diagramas luminiscentes. Los minutos pasaban…

– Profesor -dijo Mathilde, que empezaba a impacientarse-, no entiendo adónde quiere ir a parar. La cosa no me parece para tanto, la verdad. En mi op…

– Es extraordinario. -La luz del monitor fijaba una expresión fascinada en el rostro del biólogo-. No es nicotina. -Mathilde se acercó al espectrómetro. A

El silencio inundó el enorme laboratorio.

El biólogo arrancó la hoja milimetrada que acababa de imprimir el aparato y tecleó unos datos en el teclado del ordenador. La pantalla le devolvió una lista de componentes químicos.

– Según mi catálogo de sustancias, esta mancha se corresponde con un compuesto vegetal especifico. Una he