Страница 2 из 73
UNO
1
– Rojo.
A
– Azul.
Estaba tumbada en una mesa de acero inoxidable, en el centro de una sala sumida en la penumbra, con la cabeza en el orificio central de una máquina cilíndrica de color blanco. Justo encima de la cara tenía un espejo inclinado sobre el que se proyectaban unos cuadraditos. Solo tenía que nombrar en voz alta los colores que iban tomando.
– Amarillo.
El líquido de un gotero penetraba lentamente en su brazo derecho. El doctor Eric Ackerma
Los colores seguían sucediéndose. Verde. Naranja. Rosa… Luego, el espejo se apagó.
A
La voz de Ackerma
– Muy bien, A
Los cuadraditos empezaron a desplazarse como un mosaico abigarrado, fluido y elástico o un banco de minúsculos peces de colores.
– Derecha -dijo A
Los cuadraditos se movieron hacia el borde superior del espejo.
– Arriba.
La prueba duró varios minutos. A
– Perfecto -dijo Ackerma
– ¿Qué tengo que decir?
– Ni una palabra. Limítate a escuchar.
Al cabo de unos segundos, A
Una breve pausa, y vuelta a empezar, esta vez en francés. Pero saltándose la gramática a la torera: verbos en infinitivo, artículos mal concordados, desorden sintáctico…
A
El médico tardó unos instantes en hablar:
– Siguiente test. Ahora oirás nombres de países, y tienes que ir diciendo las capitales.
A
– Suecia.
– Estocolmo -dijo sin pensárselo dos veces.
– Venezuela.
– Caracas.
– Nueva Zelanda.
– Auckland. No, Wellington.
– Senegal.
– Dakar.
Las capitales le acudían a la mente automáticamente. Sus respuestas eran casi reflejas, pero el resultado la satisfizo. Su memoria era mejor de lo que pensaba. ¿Qué estarían viendo Ackerma
– Ultimo test -le anunció el neurólogo-. Ahora verás unas caras. Identifícalas en voz alta tan deprisa como puedas.
A
Una imagen en blanco y negro llenó el espejo. Melena rubia, labios fruncidos, una peca en el labio superior… Estaba chupado.
– Marilyn Monroe.
Un grabado sustituyó a la fotografía. Mirada sombría, mandíbulas apretadas, melena ondulada…
– Beethoven.
Una cara redonda, de carrillos llenos y ojos rasgados…
– Mao Tse Tung.
A
Pero, de pronto, un retrato la dejó en suspenso: un hombre de unos cuarenta años, de rostro juvenil y ojos saltones. El color rubio del pelo y las cejas no hacía más que reforzar su aire de adolescente indeciso.
El miedo la recorrió como una onda eléctrica. Un dolor le oprimía el pecho. Aquellas facciones le traían algún recuerdo, que sin embargo no podía relacionar con ningún nombre, con ningún hecho concreto. Su memoria era un túnel negro. ¿Dónde había visto aquella cara? ¿Era un actor? ¿Un cantante? ¿Un antiguo conocido? La imagen dio paso a un rostro alargado en el que destacaban unas gafas redondas.
– John Le
A continuación apareció el Che Guevara, pero A
– Espera, Eric…
El carrusel continuó. Un autorretrato de Van Gogh llenó el espejo de colores vivos. A
– ¡Eric, por favor!
La imagen se congeló. A
– ¿Qué? -preguntó Ackerma
– Ese que no he podido reconocer, ¿quién era?
Silencio. Dos ojos de colores diferentes la taladraban desde el espejo. David Bowie. A
– Te he hecho una pregunta, Eric. ¿Quién era?
El espejo se apagó. Sus ojos se adaptaron a la oscuridad en un segundo. A
– Era Laurent, A
2
– ¿Cuánto hace que tienes estos lapsus?
A
– ¿Cuánto hace, A
– Más de un mes.
– Sé más precisa. Te acordarás de la primera vez, ¿no?
Por supuesto que se acordaba. ¿Cómo iba a olvidar algo así?
– Fue el 4 de febrero. Por la mañana. Salía del baño. Me crucé con Laurent en el pasillo. Estaba a punto de marcharse a la oficina. Me sonrió. Yo me sobresalté. No sabía quién era.
– ¿No tenías la menor idea?
– En ese momento, no. Luego todo volvió a ordenarse en mi cabeza.
– Explícame qué sentiste exactamente en ese momento.
A
– Fue una sensación rara, fugaz. Como la de haber vivido algo con anterioridad. El malestar duró lo que dura un relámpago -dijo A
– ¿Qué pensaste en ese momento?
– Lo achaqué al cansancio.
Ackerma
– ¿Se lo explicaste a Laurent esa misma mañana?
– No. No me pareció tan grave.
– Y la segunda crisis, ¿cuándo se produjo?
– Una semana después. He tenido varias, una detrás de otra.
– ¿Siempre con Laurent?
– Siempre, sí.
– ¿Y siempre acababas reconociéndolo?
– Sí. Pero conforme pasaba el tiempo el despertar parecía… no sé… parecía tardar más en producirse.
– ¿Fue entonces cuando se lo contaste?
– No.
– ¿Por qué?
A
– Me pareció que hablar agravaría el problema. Además…
El neurólogo alzó la vista. El rojo de sus cabellos se reflejaba en los cristales de sus gafas.
– ¿Además…?
– No es algo fácil de explicar a un marido. Laurent… -A
El médico, que parecía haber percibido su apuro, optó por cambiar de tema:
– Esa dificultad para reconocer, ¿la has experimentado con relación a otras personas?
– A veces -respondió A
– ¿Con quién, por ejemplo?
– Con los tenderos del barrio. Y en el trabajo. No reconozco a determinados clientes, a pesar de que son habituales.
– ¿Y con tus amigos?
A
– No tengo amigos.
– ¿Familiares?
– Mis padres murieron. Solo tengo unos tíos y unos primos en el suroeste. Pero nunca voy a verlos.
Ackerma
A
– Así que el mayor problema lo tienes con el rostro de Laurent… -le preguntó el neurólogo.
– Sí. Pero también es el más cercano. El que veo más a menudo.
– ¿Tienes otros problemas de memoria?
A