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Según A
Después ya no tuve noticias de ella.
Pasaron varios meses. Me cambié de casa. Me fui a vivir a la costa, a un pueblito que en los sesenta Juan Marsé elevó a la categoría de mito. Tenía mucho trabajo y muchos problemas como para hacer algo relativo a A
Por fin, un día cogí un tren y volví a la gris Girona y al pequeño ático de A
Me atendió un señor muy mayor que apenas andaba apoyado aparatosamente en un enorme bastón de encina, que más que bastón parecía un báculo o un instrumento de lucha. Recordaba a A
El ruso me extendió las tres postales por encima del té humeante. Estaban en orden de llegada, estaban escritas en inglés. La primera era de Nueva York. Reconocí la letra de A
Miré al ruso con tristeza y curiosidad. Él me devolvió la mirada con simpatía. ¿Ha seguido usted sus consejos?, dije. Por supuesto, siempre sigo los consejos de una dama, respondió.