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Dos días después, Alfred Ta
Cuando su avión aterrizó en El Cairo sintió un nudo en el estómago. En ese momento comenzaba el resto de su vida y no alcanzaba a ver más que incertidumbre. Había viajado con su pasaporte auténtico, tal y como le había recomendado Georg; los papeles falsos debía utilizarlos cuando su instinto le dijera que había llegado el momento, es decir, cuando fuera oficial que Alemania había perdido la guerra, lo que sería en cuestión de semanas o acaso días.
Un taxi le llevó a un hotel discreto cercano a la embajaba norteamericana. Sonrió para sus adentros pensando en la cercanía de sus enemigos, que nunca sospecharían que un oficial de las SS se alojaría tan cerca de ellos.
El hotel olía a rancio y sus huéspedes eran mayormente europeos: refugiados, espías, diplomáticos, aventureros. Entregó su pasaporte al recepcionista.
– Veamos, señor Ta
Alfred Ta
– Me parece bien, además espero a otra persona -dijo tirándose un farol.
– ¿Ah, sí? ¿Y cuándo llegará esa persona? -quiso saber el recepcionista
– Ya se lo diré -respondió Ta
La habitación no era demasiado espaciosa, pero desde la ventana se divisaba el Nilo. Una cama grande, la mesilla con una lámpara, un sofá que podía hacer a su vez de cama, una mesa y dos sillas, además de un armario, eran todo el mobiliario. Una puerta daba a un pequeño baño. Ta
En realidad, todos habían salido de Berlín con las bendiciones de sus jefes. Georg supuestamente para supervisar a los agentes en el extranjero, Franz para incorporarse a los efectivos de las SS en América del Sur, Heinrich para formar parte de la representación diplomática de Alemania en Portugal y él para trabajar con el grupo de agentes destacados en El Cairo. Todos tenían una cobertura oficial y además papeles falsos para en cualquier momento asumir su nueva identidad.
Decidió ser prudente, de manera que una vez que estudió el mapa de El Cairo, salió a buscar el lugar donde, según Georg, encontraría a su contacto. Caminó durante una hora, comprobando que El Cairo era una ciudad repleta de europeos. Le llamó la atención la circulación caótica: los taxis cruzaban las calles sin mirar ni a derecha ni a izquierda, los automovilistas parecían tener el dedo pegado al claxon y los peatones sorteaban los peligros del tráfico con indiferencia.
Sonrió satisfecho al ver el letrero del restaurante: «Restaurante Kababgy».
Empujó la puerta y entró. Un camarero perfectamente uniformado se acercó solícito hablándole en inglés.
Alfred Ta
– ¿Francés, alemán, italiano, español…?
– Alemán -acertó a decir Ta
– ¡Ah, sea bienvenido! ¿Tiene reserva?
– No, no me ha dado tiempo, acabo de llegar y… bueno; un amigo me dijo que éste era uno de los mejores restaurantes de la ciudad.
– Gracias, señor, y… ¿puede decirme quién es su amigo?
– Bueno, es posible que usted no conozca el nombre, es… es alemán como yo…
– Entre nuestros clientes tenemos a muchos europeos como usted… Pero pase, le buscaré una mesa.
El comedor estaba a rebosar y sólo quedaba libre una pequeña mesa situada en un discreto rincón, que fue a la que le condujo el camarero.
Cenó con apetito, observando a los otros comensales del restaurante; desde luego la clientela era variopinta. Cuando regresó al hotel se dijo que al día siguiente saldría a buscar a su contacto. Georg le había dado una dirección cercana a Jan el Jalili, el lugar donde los viejos artesanos cairotas elaboran y guardan sus tesoros.
Se despertó poco antes del amanecer y se sintió lleno de vida. Estaba deseando seguir descubriendo la ciudad, ir a las pirámides, incluso viajar hasta Alejandría, pero se dijo que esas excursiones tendrían que esperar.
Jan el Jalili resultó ser una ciudad dentro de la ciudad, las calles estrechas, repletas de recovecos, se le antojaban iguales y el olor denso a especias le producía un agradable cosquilleo en el estómago. Anduvo largo rato incapaz de encontrar la dirección que buscaba, hasta decidirse a preguntar a un hombre que, sentado ante la puerta de su pequeña tienda, fumaba un largo cigarrillo aromático. El hombre le explicó amablemente por dónde tenía que ir y al despedirse le indicó que no se perdería porque todo el mundo conocía en El Cairo la tienda de Yasir Mubak.
El edificio de tres plantas parecía más cuidado que el resto de las casas de la zona. Un letrero explicaba que allí estaba la sede de un negocio de importación y exportación, además de una tienda donde prometían antigüedades auténticas.
Cuando empujó la puerta, le sorprendió verse en una tienda abigarrada de objetos. No había un centímetro donde no hubiese algo, aunque una rápida mirada le bastó para saber que aquellas antigüedades eran en realidad baratijas e imitaciones. Un joven de aspecto pulcro se acercó a él.
– ¿En qué puedo ayudarle?
– Busco al señor Mubak.
– ¿Le espera?
– No, en realidad no sabe que llegaba hoy, pero dígale que vengo de parte de herr Wolter.
El joven le miró de arriba abajo y titubeó, pero luego le señaló una silla para que aguardara, mientras él se perdía por una escalera que conducía a los pisos superiores.
Ta
– Pase, pase, los amigos de herr Wolter son siempre bienvenidos. ¿Quiere subir a mi despacho?
Siguió al hombre por las escaleras hasta el primer piso donde una puerta les condujo a una estancia amplia, decorada a la occidental, y otra puerta daba al despacho del señor Mubak. No sabía de dónde venían, pero escuchaba el susurro de voces y máquinas de escribir, lo que evidenciaba que en aquel lugar había más gente trabajando.
– Bien, señor… ¿Me ha dicho su nombre?
– No, no se lo he dicho. Soy Alfred Ta
– Desde luego, desde luego… Verá, yo enviaré recado al señor Wolter de que usted le quiere ver y él se pondrá en contacto con usted. ¿Quiere que le dé alguna nota o le transmita algo especial?
Ta
– Déselo de mi parte a herr Wolter, y dígale que estoy en el hotel Nacional.
– Lo haré, lo haré, ¿en qué otra cosa puedo servirle?
Iba a responder cuando la puerta del despacho se abrió y entró una mujer morena, con cierto parecido a Yasir Mubak y vestida como él a la occidental. La mujer llevaba un sobrio traje de chaqueta gris con una blusa blanca, zapatos negros de tacón y el pelo recogido en un moño.
– ¡Lo siento! Pensé que estabas solo…
– Pasa, pasa… Alia, te presento al señor Ta
Alfred Ta
– Señora…
– Encantada, señor Ta
– ¡Habla usted mi idioma!
– Sí, viví unos años en Hamburgo acompañando a mi hermana menor, casada con un hombre de negocios de su país.
– Mi cuñado es fabricante de ropa y nos compraba algodón, conoció a mi hermana y… bueno, se enamoraron, se casaron y han vivido felizmente en Hamburgo hasta hace un par de años. La guerra les ha obligado a dejar Alemania y ahora están aquí -explicó Yasir.
– Y yo he vivido largas temporadas en Hamburgo ayudando a mi hermana con sus cuatro traviesos hijos -explicó a su vez Alia.
Yasir Mubak invitó a Ta
Esa misma noche recibió la visita de herr Wolter, en realidad el comandante de las SS Helmut Wolter.
Tenían más o menos la misma edad y parecían hermanos gemelos. Wolter era rubio, con los ojos de azul acero y la piel blanca, ahora tostada por el sol. Alto, de complexión atlética, era el modelo de oficial que a Himmler le gustaba tener en las SS.
El comandante Wolter le puso al tanto de la situación en Egipto. Como el resto de los países de la zona, los egipcios simpatizaban con la causa de Hitler, y su odio a los judíos era proporcional al de los alemanes. Allí estaban seguros, no tenían nada que temer, y en esos años él y otros agentes habían establecido una tupida organización. Ahora que la guerra parecía perdida, la dedicarían a proteger a los suyos en espera de que la situación volviera a cambiar en Alemania. Las SS, le dijo, no se rendirían jamás.
Más allá del discurso patriótico, que Alfred supuso que Wolter se veía obligado a hacer, sintió simpatía por aquel agente que llevaba ya cinco largos años en El Cairo y que había viajado por Oriente estudiando el terreno, y repartiendo dinero para comprar voluntades.