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El capitán Standford vio la bandera de los Estados Unidos y se avalanzó sobre el Cadillac antes de que O'Co
– Déjeme en la embajada -dijo-, el ruso se me hizo humo en el atentado.
O'Co
– ¿Esto? -la voz del inglés sonó fanfarrona-. Los Manuscritos del Mar Muerto, colega. Parece que los argies quieren traer la guerra hasta acá.
O'Co
– ¿Adonde vamos con tanto apuro? La embajada es para el otro lado -protestó el capitán Standford.
El irlandés señaló adelante, e hizo como si disparara un revólver.
– No sea necio, si fuera por ustedes los rusos ya estarían paseándose por Las Vegas. En Washington piensan que los argentinos van a hacer la guerra solos, ¿no? -cerró el vidrio y encendió el aire acondicionado-. ¡Dios, así vamos a terminar comiéndonos entre nosotros!
De pronto, O'Co
– ¡Oiga, qué hace! -gritó y perdió el cigarrillo. O'Co
– ¡Maravilloso! -dijo el inglés y guardó la pistola-. Si en la CÍA son todos como usted es fácil entender por qué Fidel Castro sigue vivo.
O'Co
Hubiera querido decirle que ya se encontraban en territorio libre de Bongwutsi, en África socialista, pero no le salió una palabra. De rabia, arrancó la bandera qué colgaba sobre el guardabarros, la tiró al suelo y le empezó a saltar encima. Standford lo miró con una mezcla de pena e indignación y pensó que por culpa de ese imbécil tendría que volver hasta la embajada a pie y sin impermeable.