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En la planta alta, O'Co

– Acá se metió un negro -dijo.

– No, señor -respondió el sereno, inquieto-, yo lo habría visto.

– Cuando usted prendía el cigarrillo.

– Le aseguro que no, señor -temblaba y la brasa empezaba a quemarle los dedos, – aquí no entró nadie.

– ¡Apague eso!

– Sí, señor -el sereno sacudió una mano y el cigarrillo cayó al suelo. O'Co

– Vamos a buscar a ese tipo.

El irlandés le dio un empujón y el sereno fue adelante, lentamente. Le costaba arrastrar el pantalón largo y la chaqueta de botones dorados. Entraron a un gigantesco pabellón que olía a formol. De allí, a oscuras, podían escuchar la lluvia contra las ventanas. El sereno quiso encender las luces pero el irlandés lo tomó de la chaqueta.

– Deje, está bien así.

– Si buscamos a un negro lo mejor es prender la luz, señor.

O'Co

– A ver, encienda un fósforo -dijo.

El negro cumplió la orden. De abajo empezó a llegar un aire de vals. O'Co

– Ya lo tenemos -dijo O'Co

Cuando el agente inglés vio la llama, pensó que había encontrado al hombre que buscaba. Se acercó al interruptor, pero antes de alcanzarlo sintió un golpe seco en una pantorrilla. Se agarró la pierna creyendo que había tropezado con un mueble, y apretó los dientes para no gritar. Buscó en la oscuridad una pared donde apoyarse y la linterna se le cayó de las manos. Entonces O'Co

– Voy a tener que pasar un informe -dijo O'Co

– Un informe no, señor. Voy a perder el trabajo.

– ¿Ah, sí? Y qué me sugiere, ¿que me lo coma?

– Lo tiramos por la ventana. Vino a robar y se cayó – hizo un gesto con el pulgar hacia abajo.

– No sea estúpido, cómo va a llegar un ladrón hasta aquí.

– Debe ser de la casa, señor. Deje que le vea la cara.

– No, no encienda, ¿qué importa si es de acá?

– Que puede ser un pariente, señor. Tengo un primo que siempre pregunta por el museo y no me gustaría arrojarlo por la ventana.

– La idea fue suya.

– No había pensado en mi primo, señor.

– ¿Anda de smoking su primo? -Eso sí que no. Trabaja de cocinero.

– Bueno, éste tiene smoking. Toque.

– Raro un negro de smoking, señor. Espero que no hayamos golpeado a un diplomático.

– No se preocupe. Vaya a abrir una ventana.

O'Co

– Se va a romper todo -dijo.

– Si lo largamos despacio, no -insistió el sereno.

– Bueno, agárrelo de las piernas.

El sereno empujó por los tobillos hasta que el cuerpo quedó colgando al otro lado de la ventana.

– ¿Lo suelto? -preguntó, agitado.

– Todavía no, acompáñelo un poco más, que no se golpee tanto. Eso, inclínese. Lo ayudo.

El negro había quedado con medio cuerpo a la intemperie, sosteniendo el peso muerto. O'Co