Добавить в цитаты Настройки чтения

Страница 38 из 87

35

Mientras caminaba por la larga alfombra roja, vestido de smoking, O'Co

La madre había perdido un ojo cuando era soltera, al cortar un cable de alta tensión con una tenaza inadecuada. Desde de entonces, la policía no tuvo dificultad para identificarla como culpable de todas las operaciones que los independentistas reivindicaban en las cercanías del lago Neag. Theodore fue criado por su padre, que era un pésimo cocinero y olvidaba siempre pagar las facturas de la electricidad y el gas. Cada vez que la madre salía de la cárcel, el chico tenía que ir a pedir velas a la capilla del barrio para iluminar la casa y darle la bienvenida. A veces rezaban los tres frente al Cristo que guiaba la guerra, y Theodore desviaba la mirada para observar el ojo de vidrio de su madre. Como le prohibían llevarlo a la prisión, el padre lo guardaba en una caja, envuelto en algodón, y ésa era la primera cosa que ella buscaba al regresar. Una noche que el padre había tenido que huir de la ciudad, Theodore abrió la caja y confirmó una temida sospecha: el globo blanco y celeste se parecía a su ojo bizco como dos uvas del mismo racimo. Supo, entonces, que la policía lo perseguiría siempre por ser el hijo de su madre aunque nunca cortara cables de electricidad ni hiciera saltar vías de ferrocarril.

Ahora, mientras atravesaba los jardines de la embajada británica, O'Co

– Bienvenido en nombre de Su Majestad -dijo y le miró el escudo que llevaba en la solapa.

– Feliz cumpleaños -murmuró O'Co

Mister Burnett hizo un gesto cumplido, como si excusara una broma de mal gusto.

– No sé si ya he tenido el honor, Mister…

– General Fernández -dijo O'Co

– Un placer, general. Me será de gran utilidad conocer su opinión sobre la guerra.

– Con todo gusto, excelencia.

La trompeta volvió a sonar y Mister Bumett dejó a O'Co

– Mes hommages, Madame -le besó la mano y volvió la cabeza para mirar al irlandés -. Les prometo que la noche va a ser divertida: el commendatore Tacchi insiste en arruinarme las recepciones. Ahora con un general paraguayo.

– ¿Donde esta? -pregunto la señora Daladieu.

– Allí, a mi izquierda.

– Qué divertido -dijo Madame Daladieu-. ¿Cómo lo descubrió?

– No está en la lista de invitados.

– Fascinante -exclamó Daladieu -. ¿Y si se tratara de un agente enemigo? Un argentino que se hace pasar por ¿cómo dijo?

– Paraguayo. No, esto es cosa de Tacchi. Ya me tiene cansado.

– ¿La señora Burnett participa del juego?

La mirada del inglés se extravió por un instante.

– No, está en cama con una hepatitis virósica. Las flores que hay en las mesas las mandó ella.

– La pobre… – dijo Madame Daladieu.

El francés siguió a O'Co

– Es hora de que desembarquen -comentó-, si no van a perder media flota, como en Suez.

– Es inminente, mi batallón salió anoche para allá. ¿Qué mira?

– Al paraguayo. Va derecho al museo.

– Va a terminar como el jardinero que Tacchi me quiso hacer pasar por presidente de la Unión Africana.

– No era el jardinero, Mister Burnett. Recuerde los problemas que tuvimos después.

– Tonterías, fue una jugarreta de Tacchi.

– En su lugar yo haría vigilar a éste; no tiene aspecto de paraguayo.

Mister Burnett hizo una seña a un hombre fornido, con una flor en el ojal.

– Sígame a ese tipo.

– ¿Cuál, señor?

El inglés levantó la cabeza y vio que O'Co

– Un rubio, de barba, que fuma un cigarro.

– Hay muchos así, señor.

– Bizco. Llevaba algo en la solapa.

– ¿Como yo?

– No una flor. Algo, ¡otra cosa, imbécil!

– Sí señor.

– Están pasando cosas raras en este país -dijo Monsieur Daladieu-. A mí se me perdió un agente de París.

Mister Burnett se quedó un momento ensimismado.

– Es curioso cómo la gente deserta últimamente…

– ¿También en Inglaterra? -se asombró la mujer de Daladieu.

– Es un mal de la época, Madame. Ahora, si me permite, voy a buscar al commendatore Tacchi. Estoy harto de que me arruine las fiestas.