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Bertoldi no podía pegar los ojos. Entre zumbidos de interferencia, la BBC detallaba los bombardeos de la flota británica contra las Malvinas y los preparativos para el inminente desembarco. Afuera arreciaban los truenos y los sapos anunciaban la estación de las lluvias. El cónsul ya había tomado la decisión de proteger el pabellón nacional con una retirada decorosa: como el aeropuerto seguía cerrado, el único medio de repliegue posible era el ómnibus a Dar-es-Salaam.

A las tres de la mañana, O'Co

Hubo un estallido de vidrios y luego un instante de silencio. O'Co

Bertoldi oyó una exclamación de sorpresa y se asomó a ver que pasaba. Alcanzó a distinguir la silueta de un hombre de traje, que se tambaleaba tomándose la cabeza, y al irlandés que le daba un puñetazo en el estómago. La figura se derrumbó en silencio entre los arbustos.

– Ayúdeme a entrarlo -dijo O'Co

– ¿Lo conoce? -preguntó el irlandés.

– La primera vez que lo veo.

Lo arrastraron hasta un sillón del despacho; el hombre revoleaba los ojos y se tomaba la mandíbula.

– ¡Qué país de mierda! -dijo en francés y sacudió la cabeza como para comprobar si seguía en su lugar.

– Empecemos por el nombre -dijo O'Co

– Bouvard Jean, viajante de comercio -parecía derrotado-. ¿Usted es el embajador argentino?

El señor O'Co

– Me habían dicho que estaba solo.

– Le informaron mal.

– ¿Ya llegaron los Kruger?

– No sea ridículo, los Kruger están en Siberia.

– No. Andan sueltos otra vez. ¿Dónde está el dinero?

– ¿Qué dinero? -preguntó Bertoldi con un estremecimiento.

– El millón. No se haga el distraído.

– ¿A quién se le extravió esa suma? -preguntó O'Conell, y se sentó sobre la mesa.

– A mí. Michel Quomo me la sopló en Zurich.

– Esa es una buena noticia. ¿Y por qué la busca aquí, si puede saberse?

– Los argentinos colaboran con él.

– ¿Los argentinos están con Quomo? ¿Oyó eso, cónsul? ¡El comandante hizo un acuerdo con los argentinos!

– Yo no estoy enterado.

– ¡Ahora entiendo por qué estoy acá!

– Bueno -el francés se puso de pie-, por ahora ganan ustedes, pero la plata tiene que aparecer porque si no van a rodar muchas cabezas.

– ¿Usted no recibió ningún paquete, Bertoldi? -preguntó O'Co

– Hace años que no recibo correo.

– Entonces este hombre no se va a poder ir -O'Co

– Cómo lo va a poner en el sótano. Está lleno de bichos.

– Si lo dejamos ir nos va a interceptar la encomienda. Por lo que dice ya debe estar por llegar.

– Es hora de que lo sepa, O'Co

– Así me gusta, que no le tenga miedo a las palabras.

– La señora Burnett es mi amante. O'Co

– ¿Qué tiene que ver eso? ¿Quién es la señora Burnett?

– La esposa del embajador británico.

El irlandés se llevó una mano a la cabeza.

– ¡Eso sí que es gracioso! -dijo el francés. -Ahora está en Londres, pero se olvidó mis cartas en la embajada.

– Seguro que están bien guardadas -dijo el francés y se movió hacia la puerta-. Las inglesas son muy cuidadosas.

– Usted se queda ahí -dijo O'Co

– Versos… cosas románticas; comprenda que me sentía solo…

– No les quiero complicar la vida, muchachos -dijo el francés-, pero si no voy a la fiesta de la reina lo van a notar en seguida.

– ¡El cumpleaños de la reina! -exclamó O'Co

– El sábado. De paso van a festejar la reconquista de las Falkland… A propósito: ¿usted me puede decir dónde queda eso?

– Abajo, a la derecha -el cónsul señaló el mapa de la República.

El francés se agachó e hizo un gesto de contrariedad.

– ¿Quién los aguanta ahora a los british …?

– ¿Tiene idea de dónde quedaron esas cartas? -preguntó-»O'Co

– Entre las partituras para piano, me parece.

– Hay que ir a buscarlas enseguida, Bertoldi. Si ese tipo las encuentra nos va a mandar la tropa y adiós revolución.

– Si supiera cómo… Yo tengo la entrada prohibida.

– ¿Usted tiene una invitación para la fiesta, Monsieur Bouvard?

– Claro que la tengo, no creerá que voy a entrar por la puerta de servicio.

– Démela, en una de esas se puede hacer algo. ¡A quién se le ocurre escribirle versos a una inglesa!

– Pensé que iba a encontrarme con profesionales. -dijo Bouvard con un gesto de resignación y le entregó la tarjeta con la corona en relieve.

– ¿Usted decía que los Kruger andan sueltos? -preguntó el irlandés.

– Colgaron a Patik en París. ¿Le puedo dar un consejo?

– No se moleste. Si no pudo liquidarlos Pol Pot, lo único que queda por hacer es mantenerse a distancia.

– ¿Quiénes son los Kruger? -preguntó el cónsul.

– La reencarnación de Stalin, pero todavía no sabemos de qué lado juegan. Ahora lleve a este mercenario al sótano y consígame un smoking. Todavía podemos intentar algo para recuperar esas cartas.