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Linda oyó que a sus espaldas el otro abría un armario.
– ¿Te cuelgo la chaqueta? -preguntó.
– Sí, gracias.
Con toda tranquilidad y como si estuvieran en su propia habitación colgaron sus chaquetas. Luego tirándole de los cabellos la hicieron incorporar.
– Te has portado mal. Me has engañado dos veces. Y estoy a punto de enfadarme mucho. -Era el joven, que de pie frente a ella y a una distancia de veinte centímetros escasos de su cara le hablaba con su voz ronca y tono amenazante-. Quiero oír tu voz y quiero que me pidas perdón. Te voy a quitar la mordaza. Si chillas lo vas a pasar muy mal y luego te cortaré el cuello. ¿Me entiendes?
Linda afirmó con la cabeza.
– ¿Vas a chillar?
Hizo gesto de negación.
– ¿Me lo prometes?
Linda afirmó; no creía que aquel tipo bromeara. Sintió un fuerte tirón en los labios y las mejillas cuando el hombre le arrancó la cinta que le cubría la boca. Entonces se dio cuenta de que aquellos individuos se habían puesto unos guantes de goma como los de los cirujanos. No quieren dejar huellas, pensó. No parecía que hicieran aquello por primera vez.
– Bien, bonita, pídeme perdón. Dime: «Perdóname, Da
– ¿Qué queréis de mí? ¿Por qué me hacéis esto?
– Primero pídele perdón -le dijo el otro cogiéndola de una mejilla en un pellizco-. Di: «Perdóname, Da
– Perdóname, Da
– Buena chica. Paul, ¿qué quieres tú de esta monada? Díselo, no seas tímido. Cuéntale ahora lo que queremos.
Linda miró al otro hombre. Se había sentado en un sofá y los contemplaba con una sonrisa de satisfacción. De tez clara, aparentaba tener más de treinta años y era más grueso que el joven.
– Da
– Buena idea -convino Linda tratando de controlar algo de la situación-. Divirtámonos. Pero tener las manos atadas no me divierte nada. ¿Por qué no me soltáis y vamos a tomar unas copas por ahí? Invito yo. Nos divertiremos sin que vosotros os metáis en líos de los que luego os tengáis que arrepentir. ¿Qué os parece?
– ¡Qué buena idea! -dijo el grueso con tono burlón-. A mí me apetece. ¿Qué opinas, Da
– Sí, es una buena idea, pero hoy he llegado cansado de la oficina y me apetece quedarme en casa con mi mujercita. Y… hacerle el amor como se merece -añadió con una amplia sonrisa dirigiéndose a Linda-. ¿Qué te parece mi programa, cariño? ¿Te apetece hacer el amor conmigo esta noche?
– No en estas circunstancias. -Sospechaba que estaban jugando con ella, pero tenía que intentar reconducir la situación-. Desatadme, salgamos a tomar unas copas y seguro que luego también me apetece a mí.
– Lo siento, cariño -le respondió Da
Linda retrocedió un paso, pero él continuó acariciándole los pechos por encima del sujetador. Ella dio otro paso hacia atrás y le advirtió:
– Mira, Da
– Mira, bonita -respondió ahora Da
– Sin darle tiempo a responder, el otro se levantó y le puso de nuevo la mordaza.
– No me fío de esta puta -dijo-. Es muy probable que muerda. Será menos divertido pero más seguro.
Da
– Ahora me vas a demostrar lo bien que te portas, nenita -Luego, acariciándole la piel pasó las dos manos hacia atrás y le desabrochó el sujetador.
El contacto de la goma de los guantes era desagradable. Linda intentaba pensar. No podía hacer nada, salvo tratar de salvar la vida. El chico empezó a acariciarle los pechos y a morderle los pezones.
– No solamente eres guapa, sino que tienes unas tetas estupendas. ¡Qué ganas tengo de verte lo otro!
El hombre se sentó de nuevo en el sillón, acomodándose como quien va a ver un partido de béisbol. Da
– Esto está pero que muy bien -murmuró satisfecho.
Luego la empujó otra vez a la cama.
Aquel sujeto se quitó la corbata y la camisa dejando al descubierto un ancho pecho de deportista, sin pelo. Linda lo pudo ver ahora con más detenimiento. Era guapo. No pudo evitar el pensamiento de que en otras circunstancias quizá le habría gustado hacer el amor con el muchacho. Él continuaba desnudándose. Los pantalones, los calzoncillos, y descubrió su sexo erguido. Se acercó a ella y quitándole los panties le abrió las piernas con las manos. Ella no opuso resistencia.
La penetró con los dedos diciéndole:
– Vamos, cariñito, debes mojarte un poquito más.
Se separó de ella, dejándola allí, abierta, y se puso un preservativo. Linda se sintió aliviada, preguntándose por qué aquella consideración; pero su temor volvió al pensar que lo que aquel tipo pretendía era evitar rastros genéticos en ella que pudieran servir de prueba. El hombre le apartó el vello y los labios con la mano y la penetró. Linda volvió la cara para evitar tenerla junto a la de él. Desde aquel lado veía al otro tipo, que puesto de pie y fumando un cigarrillo contemplaba interesado la acción. Cerró los ojos para no verlo. A pesar del lubricante del preservativo, el roce era doloroso. La tenía cogida por las nalgas y la sacudía con fuerza, pero por suerte parecía que Da
Linda se quedó inmóvil en aquella postura, con los ojos cerrados. Se sentía más humillada que herida físicamente, pero sobre todo sentía crecer en ella una extraña combinación de odio y miedo.
– Lo has hecho bien, putilla -oyó decir a Da
Abrió los ojos y vio al otro, que venía hacia ella. Se había quitado la parte inferior de sus vestidos y puesto un preservativo. Conservaba la camisa y la corbata. Sin ningún preámbulo la penetró. Pesaba mucho más que el joven. Estuvo penetrándola unos minutos mientras ella sentía que su asco crecía. Olía a tabaco y alcohol. Luego sin llegar al orgasmo el tipo salió.
– Gírate -le dijo.
Como Linda no se movió, le soltó un bofetón. Pronto Linda se encontró boca abajo, con el hombre penetrándola de nuevo y jugando con sus pechos con las manos.
Pareció cansarse y trató de penetrarla por el ano. El intento fue muy doloroso, y ella quiso sacudirse al hombre de encima. Se encontró con la navaja en el cuello y la voz de Da
– Quedamos en que serías buena con mi amigo, ¿no? Venga, no lo estropees ahora que se acaba. No querrás que nos enfademos, ¿verdad?
Linda se quedó quieta. Sobrevivir. Debía sobrevivir. El hombre estaba hurgando en su ano con los dedos y lo intentó de nuevo. ¡Qué dolor! El dolor espiritual era quizá mayor que el físico. ¡Qué humillación! Si podía salir de aquello con vida, esos individuos lo pagarían muy caro.
– Con cuidado, no rompas el condón -le decía Da
El tipo lo intentaba una y otra vez, y Linda sintió algo en su cuerpo rompiéndose cuando al fin el individuo lo consiguió. El hombre empezó a moverse hacia dentro y hacia fuera. El dolor era terrible. Linda gritaba con todas sus fuerzas pero la mordaza le impedía proferir un sonido. Se estaba clavando las uñas en la palma de las manos. El tipo paró un momento y le introdujo los dedos en la vagina. Apretando con los dedos por un lado y el pene por el otro hacia su interior, repetía el movimiento. Al cabo de un dolor interminable el tipo eyaculó. Linda quedó desmadejada encima de la cama. El dolor continuaba, pero tan suave en comparación a antes que no parecía dolor. El joven la giró, dejándola boca arriba.
– Buena chica. Te has portado bien, cariñito. ¿Sabes lo que me gusta después de hacer el amor? -No esperó respuesta, ya que Linda continuaba amordazada-. Pues fumar un cigarrito y charlar un poco. Ya ves; no soy uno de esos egoístas que luego de quedarse satisfechos se duermen sin hablar un ratito con su chica. ¿Quieres un cigarrito? -preguntó arrancándole de un tirón la mordaza de la boca. Linda negó con la cabeza-. Yo sí. -Y sacando un cigarrillo de la cajetilla se lo puso en la boca y lo encendió.
– Vamos, Da
– Buena idea. Dame la combinación de la caja fuerte.
Ella lo hizo, y el otro tipo, que ya se había vestido, abrió la caja y empezó a vaciar su contenido.
– Esto ha estado bien, cariño, pero no hemos hablado aún suficiente. Hablemos. ¿Cuál es el código de acceso de tu ordenador portátil?
Linda se sobresaltó. Aquellos tipos querían más que robarle o sexo. Vio cómo el grueso se dirigía al ordenador, colocado encima de una mesita, y lo conectaba.
– Pero ¿qué queréis? -preguntó muy asustada.