Добавить в цитаты Настройки чтения

Страница 6 из 42

Por las noches Pelletier, Morini, Espinoza y Norton se iban a cenar juntos, a veces acompañados por uno o dos profesores de alemán a quienes conocían desde hacía tiempo y que solían retirarse a sus hoteles a hora temprana o que permanecían hasta el final de las veladas pero en un discreto segundo plano, como si entendieran que la figura de cuatro ángulos que componían los archimboldianos era impenetrable y también, a esa hora de la noche, susceptible de volverse violentamente contra cualquier injerencia ajena. Al final siempre quedaban ellos cuatro caminando por las calles de Avignon con la misma despreocupada felicidad con que habían caminado por las renegridas y funcionariales calles de Bremen y como caminarían por las variopintas calles que el futuro les tenía reservadas, Morini empujado por Norton, con Pelletier a su izquierda y Espinoza a su derecha, o Pelletier empujando la silla de ruedas de Morini, con Espinoza a su izquierda y Norton, delante de ellos, caminando hacia atrás y riéndose con la plenitud de sus veintiséis años, una risa magnífica que ellos no tardaban en imitar aunque ciertamente hubieran preferido no reírse y sólo mirarla, o bien los cuatro alineados y detenidos junto al murete de un río historiado, es decir de un río que ya no era salvaje, hablando de su obsesión alemana sin interrumpirse entre ellos, ejercitando y degustando la inteligencia del otro, con largos intervalos de silencio que ni siquiera la lluvia podía alterar.

Cuando Pelletier volvió de Avignon a finales de 1994, cuando abrió la puerta de su piso de París y dejó la maleta en el suelo y cerró la puerta, cuando se sirvió un vaso de whisky y descorrió las cortinas y vio el paisaje de siempre, un fragmento de la place de Breteuil y el edificio de la UNESCO al fondo, cuando se quitó la americana y dejó el vaso de whisky en la cocina y escuchó los mensajes en el contestador, cuando sintió sueño, pesadez en los párpados, pero en lugar de meterse en la cama y dormirse se desnudó y se dio una ducha, cuando encendió el ordenador arropado en una bata blanca que le llegaba casi hasta los tobillos, sólo entonces se dio cuenta de que extrañaba a Liz Norton y de que hubiera dado todo lo que tenía por estar con ella en aquel momento, no sólo conversando sino también en la cama, por decirle que la quería y por escuchar de su boca que su amor era correspondido.

Algo similar experimentó Espinoza, con dos ligeras diferencias respecto a Pelletier. La primera fue que no esperó hasta llegar a su piso de Madrid para sentir la necesidad de estar junto a Liz Norton. Ya en el avión supo que ella era la mujer ideal, la que siempre había buscado, y empezó a sufrir. La segunda fue que en las imágenes ideales de la inglesa que pasaban a velocidad supersónica por su cabeza mientras su avión volaba a 700 kilómetros por hora rumbo a España había más escenas de sexo, no muchas, pero más que las imaginadas por Pelletier.

Por el contrario, Morini, que viajó en tren de Avignon a Turín, dedicó las horas de viaje a la lectura del suplemento cultural de Il Manifesto , y después se durmió hasta que un par de revisores (que lo ayudarían a bajar al andén en su silla de ruedas) le avisaron que ya habían llegado.

Sobre lo que pasó por la cabeza de Liz Norton es mejor no decir nada.

La amistad entre los archimboldianos, sin embargo, se mantuvo con los mismos ropajes de siempre, imperturbable, sujeta a un destino mayor al que los cuatro obedecían aunque eso significara poner en segundo plano sus deseos personales.

En 1995 se encontraron en el diálogo sobre literatura alemana contemporánea celebrado en Amsterdam, en el marco de un diálogo mayor que se desarrolló en el mismo edificio (aunque en diferentes aulas) y que comprendía la literatura francesa, la inglesa y la italiana.

De más está decir que la mayor parte de los asistentes a tan curiosos diálogos se decantaron por la sala donde se discutía sobre literatura inglesa contemporánea, sala vecina a la de la literatura alemana y separada de ésta por una pared que evidentemente no era de piedra, como las de antes, sino de frágiles ladrillos recubiertos por una fina capa de yeso, al grado de que los gritos y aullidos y sobre todo los aplausos que arrancaba la literatura inglesa se oían en la literatura alemana como si ambas conferencias o diálogos fueran uno solo o como si los ingleses se estuvieran burlando, cuando no boicoteando continuamente a los alemanes, por no decir nada del público, cuya asistencia masiva al diálogo inglés (o angloindio) era notablemente superior al escaso y grave público que acudía al diálogo alemán. Lo que, en el cómputo final, fue altamente provechoso, pues es bien sabido que una charla entre pocos, donde todos se escuchan y reflexionan y nadie grita, suele ser más productiva, y en el peor de los casos más relajada, que un diálogo masivo, que corre el riesgo permanente de convertirse en un mitin o, por la necesaria brevedad de las intervenciones, en una sucesión de consignas tan pronto formuladas como desaparecidas.

Pero antes de entrar en el punto culminante de la cuestión, o del diálogo, hay que precisar algo no poco baladí a tenor de los resultados. Los organizadores, los mismos que dejaron afuera la literatura contemporánea española o polaca o sueca, por falta de tiempo o de dinero, en un penúltimo capricho destinaron la mayor parte de los fondos a invitar a cuerpo de rey a estrellas de la literatura inglesa, y con el dinero que quedó trajeron a tres novelistas franceses, un poeta y un cuentista italiano, y tres escritores alemanes, los dos primeros, novelistas de Berlín occidental y oriental, ahora reunificados, ambos de cierto vago prestigio (y que llegaron en tren a Amsterdam y no levantaron ninguna protesta cuando fueron alojados en un hotel de sólo tres estrellas), y el tercero, un ser un tanto borroso de quien nadie sabía nada, ni siquiera Morini, que sabía bastante de literatura alemana contemporánea, dialogante o no dialogante.

Y cuando este borroso escritor, que era suavo, durante su charla (o diálogo) se puso a recordar su periplo como periodista, como armador de páginas culturales, como entrevistador de todo tipo de creadores reacios a las entrevistas, y luego se puso a rememorar la época en que había ejercido como promotor cultural en ayuntamientos periféricos o, ya de plano, olvidados, pero interesados por la cultura, de pronto, sin venir a cuento, apareció el nombre de Archimboldi (influido tal vez por la charla anterior dirigida por Espinoza y Pelletier), a quien había conocido, precisamente, mientras ejercía de promotor cultural de un ayuntamiento frisón, al norte de Wilhelmshaven, frente a las costas del Mar del Norte y las islas Frisias Orientales, un sitio donde hacía frío, mucho frío, y más que frío humedad, una humedad salina que te calaba los huesos, y sólo había dos maneras de pasar el invierno, una, bebiendo hasta coger una cirrosis, y dos, en la sala de actos del ayuntamiento, escuchando música (por regla general de cuartetos de cámara de aficionados), o hablando con escritores que venían de otros lugares y a quienes se les pagaba muy poco, una habitación en la única pensión del pueblo y unos cuantos marcos que cubrían el viaje de ida y vuelta en tren, esos trenes tan distintos de los actuales trenes alemanes, pero en donde la gente, tal vez, era más locuaz, más educada, más interesada en el prójimo, en fin, que tras el pago y descontando los gastos de transporte, el escritor se iba de aquellos lugares y volvía a su hogar (que en ocasiones sólo era un cuarto de hotel en Frankfurt o Colonia) con algo de dinero y puede que algún libro vendido, en el caso de aquellos escritores o poetas, sobre todo poetas, que tras leer algunas páginas y contestar a las preguntas de los ciudadanos de aquel lugar instalaban, como quien dice, su tenderete, y sacaban unos pocos marcos extra, una actividad bastante apreciada por aquel entonces, pues si a la gente le gustaba lo que el escritor leía, o si la lectura conseguía emocionarlos o entretenerlos o hacerlos pensar, pues entonces también compraban uno de sus libros, a veces para tenerlo como recuerdo de aquella agradable velada, mientras por las callejuelas del pueblito frisón el viento silbaba y cortaba la carne de tan frío que era, a veces para leer o releer algún poema o algún relato, ya en su domicilio particular, semanas después de acabado el evento, en ocasiones a la luz de un quinqué porque no siempre había electricidad, ya se sabe, la guerra había acabado hacía poco y las heridas sociales y económicas estaban abiertas, en fin, más o menos igual a como se hace una lectura literaria en la actualidad, con la salvedad de que los libros expuestos en el tenderete eran libros autoeditados y ahora son las editoriales las que montan el tenderete, y uno de esos escritores que un día llegó al pueblo en donde el suavo ejercía de promotor cultural fue Be