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Psicomagia. Esbozos de una terapia pánica (conversaciones con Gilles Farcet)

Nota preliminar

«No soy un borracho, pero tampoco soy un santo. Un hechicero no debería ser un "santo"… Debería poder descender tan bajo como un piojo y elevarse tan alto como un águila… Debes ser dios y diablo a la vez. Ser un buen hechicero significa estar en medio de la tormenta y no guarecerse. Quiere decir experimentar la vida en todas sus fases. Quiere decir hacer el loco de vez en cuando. Eso también es sagrado.»

Corzo Cojo

(brujo siux de la tribu Lakota)

Un día, tras muchas veladas en su biblioteca intentando desvelar el sentido profundo de la psicomagia, pregunté a Alejandro Jodorowsky si pensaba prescribirme un acto. Él me respondió que el mero hecho de confeccionar este libro en su compañía constituiría un acto suficientemente poderoso. ¿Porqué no?

En realidad, Jodorowsky es en sí un acto psicomágico ambulante, un personaje alta y definitivamente «pánico», cuyo trato introduce algunas fisuras en el orden de nuestro universo, tan previsible en apariencia.

Dramaturgo que, con sus cómplices Arrabal y Topor, ha marcado la historia del teatro con su tan bien denominado movimiento «pánico»; realizador de películas de culto, como El Topo o La montaña sagrada, a las cuales los norteamericanos -impagables- dedican tesis y sabios estudios; escritor, autor de historietas para cómic que se permite el lujo de trabajar con nuestros mejores dibujantes; padre atento de cinco niños con los cuales mantiene actualmente una relación tornasolada, Jodorowsky es hoy el tarólogo sin normas cuyas intuiciones han dejado a más de uno boquiabierto; es, además, el payaso convulsivo del Cabaret Místico [1] que, en un momento en el que el público parisino da la espalda a las conferencias, consigue abarrotar sus auditorios con el mejor poder publicitario del boca a boca; mago internacional -interestelar, podríamos decir, bajo la influencia de Moebius- al que han consultado estrellas de rock y artistas del mundo entero…

Este chileno de origen ruso, radicado durante muchos años en México y ahora enraizado en Francia, es un personaje que los novelistas de hoy, demasiado gélidos, no podrían crear, un ser que ha llevado la imaginación al poder en todos los recovecos de su existencia multidimensional.

Su casa, sabia alianza de orden y desorden, de organización y caos, es un fiel espejo de su huésped o, simplemente, de la vida. Constituye una experiencia en sí visitar esta cantera sembrada de libros, vídeos, juguetes infantiles, etc. Allí uno puede toparse con los dibujantes Moebius, Boucq o Besse, así como con un gato o una mujer venida de no se sabe dónde y que parece estar cuidando por un tiempo de la casa… Es un lugar de potencia poética, una concentración de energías sobreabundantes y, sin embargo, dominadas.

Sobra decir que trabajar con un personaje pánico no es una sinecura. Y esto, en primer lugar, porque Jodorowsky ignora los pla

Alejandro es un convencido del carácter convulso de la realidad, y de ahí ese aspecto fascinante y agotador que le hace ser desmesurado en todas sus manifestaciones. Cuando alguien le pone un público enfrente, rara vez resiste la tentación de llevarlo hasta el límite. Rasgo muy sudamericano el de este ser excepcional que, en privado, sabe mostrarse como la persona más dulce y humilde y que de pronto puede, en un abrir y cerrar de ojos, transformarse en una ópera barroca del mismo calibre que sus películas, donde lo grotesco compite con lo grave, lo obsceno con lo sagrado. Jodorowsky se mantiene siempre en el linde; baila sobre la sutil frontera que separa la creación de la provocación gratuita, la i

En cualquier caso, con Jodorowsky las cosas siempre acaban por arreglarse, pese a los traumas infligidos en los nervios de los organizadores. Este hombre no tiene parangón en la capacidad de hacer pivotar una situación que se presentaba bajo los peores auspicios y dar la vuelta a la realidad como si de un guante se tratara.

Mencionaré aquí una anécdota, que más adelante recordaremos [en pág. 53], que ilustra bien esta capacidad de dar la vuelta a la realidad, operación para la cual conviene estar preparado, si uno tiene la audacia de andar en compañía de él.

Habíamos acordado hacer una actuación conjunta con motivo de una feria en la que todos los años se dan cita herbolarios biológicos, vendedores de bañeras de burbujas, esotéricos de todo pelaje, poetas de la madre Naturaleza, editores y médicos alternativos… ¿Fue un error táctico? El caso fue que, cuando llegué a Vince

Yo insistí, alegando que nos esperaban y que no podíamos faltar a nuestra palabra, hasta que finalmente Jodorowsky aceptó a regañadientes subir a mi coche, no sin repetirme durante todo el trayecto: «Esto yo no lo siento, ¿comprendes…? No me parece que tengamos algo que hacer en la Mejorana…». Cuando llegamos al lugar en cuestión, encontramos lo peor: una sala abierta a los cuatro vientos, sin micrófono ni sillas, y un centenar de personas que habían venido a escuchar no a Jodorowsky, sino, a causa de un error de programación, al doctor Woestlandt, simpático autor de best-sellers médico-esotéricos…

Mientras yo me sulfuraba, mi genial cómplice, tras captar con una ojeada la magnitud de la catástrofe, me increpó en tono fatalista: «¿Lo ves? ¡Ya te lo decía yo!», y se dio media vuelta marchándose sin más…

Mi compañera corrió detrás de él y le suplicó que hablara de todas formas. Evidentemente sensible a las razones femeninas, Alejandro volvió sobre sus pasos y me dijo: «Está bien, esa gente quiere escuchar al doctor Westphaler; okay, ¿por qué no me presentas como si fuera él? Diles que soy el doctor Wiesen-Wiesen y que les voy a hablar…».

Tal vez hoy yo hubiera aceptado de buena gana el desafío; pero por entonces estaba todavía convencido de esa idea tradicional de que el doctor Woestlandt es el doctor Woestlandt, Gilles es Gilles y Jodorowsky es Jodorowsky… Ese concepto de lo real hacía imposible que me prestara a tamaña mascarada. En esas condiciones, improvisé unas sencillas palabras para presentar a mi peligroso amigo, el cual, plantándose ante su desconcertado público, comenzó a hablar en tono conciliador: «Miren, yo no soy el doctor Westphallus; pero eso es lo de menos, la persona no tiene importancia. Imaginen ustedes que soy el doctor Wiesen-Wiesen y háganme preguntas. Poco importa la persona, yo les contestaré como si fuera el doctor Wuf-Wuf…».

La gente, al comienzo, parecía atónita, pero muy rápidamente se entregó al sortilegio y entró en el juego de Jodorowsky, que, ante mi mirada incrédula, consiguió un rotundo éxito. A la hora del coloquio, invitó a sus improvisados oyentes, con entonación cantarina, a que le contaran sus problemas y aprovecharan así la suerte que el destino les había deparado: «Atención, hagan sus preguntas porque ésta es la última vez que vengo a la Mejorana…».

Después de visitar el stand de las ediciones Dervy para comprar el libro del doctor Woestlandt («hay que saber al menos quién es ese doctor Westphaler, ¿no?»), Alejandro entró en la cafetería, donde, en pocos segundos, se encontró rodeado de admiradores, y continuó regalando consejos y observaciones iluminadas, con una amabilidad extraordinaria.

Y así fue como una tarde que había empezado siendo un fiasco terminó en apoteosis.

Habría que hablar aquí también de su increíble intuición: no es raro que Alejandro, al ver por primera vez a una persona, le diga a bocajarro una verdad que ella creía tener perfectamente oculta, dejando en su interlocutor la tremenda impresión de estar frente a un mago omnisciente.

Un amigo -al que llamaremos Claude Salzma

[1] Desde hace muchos años, y sin ninguna publicidad, Jodorowsky anima cada miércoles en París una conferencia-happening donde aborda temas terapéuticos. La entrada es libre, quinientos espectadores asisten cada semana. Al final de la sesión del Cabaret Místico, unos voluntarios hacen una colecta, lo que permite pagar el alquiler de la sala. Tres días antes del comienzo de la conferencia, y siempre gratuitamente, Jodorowsky lee el tarot a unas treinta personas. Estas, una vez concluida la lectura, y a modo de pago, deben trazar con su índice la palabra «gracias» sobre las manos de Alejandro.