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El perrito deja sus pies, rodea el mesón de la cocina y aparece a mi lado, pasando su cuerpo peludo por mis pies haciéndome cosquillas, no sé qué decir o hacer, no he tenido contacto con perros desde Fluffy.

Sin embargo, arrugo mis cejas cuando veo al perrito alzar su pata izquierda para intentar orinar mi pie.

—¡Ah! —me levanto de golpe, alejándome de él, esquivando justo a tiempo que me orinara, eso estuvo cerca—. Pero, ¡Que mierda!

La risa de Claudia hace eco por toda la cocina, se está riendo con tanta intensidad que tiene que sostener su barriga para tomar bocanadas de aire.

Le doy una mirada asesina al perrito cuando lo veo acercarse a mí.

—¡No! ¡Atrás! ¡Perro malo!

No puedo creer que este retrocediendo ante un pequeño animal que ni siquiera me llega a las rodillas, Claudia se ha puesto roja de tanto reírse, y por un segundo me olvido del perro, y solo la observo reírse. Dios, extrañaba esa risa.

Al verme mirándola, Claudia se detiene, tratando de controlar su risa, apretando sus labios.

—¡Doggy! —llama al perrito para alejarlo de mí—. ¡Ven, Doggy!

El perrito la sigue y ella lo guía fuera de la cocina, cerrando la puerta de atrás después de que el perrito sale. Cuando vuelve a mirarme, aún está apretando sus labios, aguantando la risa. La diversión en sus ojos es refrescante.

—Estas disfrutando esto, ¿no?

—No, señor —se le escapa una risita, es la primera vez que me llama señor y no hay desprecio en su tono, solo burla.

Sin pensar, lo que estoy haciendo, rodeo el mesón para acercarme a ella.

—Si lo estas disfrutando, ¿A caso lo entrenaste para que hiciera eso?

Ella se ríe un poco y trata de recobrar la compostura, retrocediendo.

—Claro que no.

No me detengo hasta que ella no puede retroceder más, su espalda contra la pared de un lado de la cocina. Su risa se desvanece un poco y su mirada se torna nerviosa, está atrapada, pongo ambas de mis manos a los lados de su cara contra la pared, enjaulándola. Levanta sus manos para empujarme, pero parece decidir lo contrario cuando recuerda que estoy sin camisa, sus manos harían contacto directo con mi piel.

—¿Qué estás haciendo?

Levanto una ceja.

—¿Qué pasó con 'señor'?

Ella lame sus labios.

—No me gusta llamarte así.

—¿Por qué no?

Ella me enfrenta, sus ojos clavados en los míos, no hay vacilación, ni intimidación en ellos.

—Eres muy joven para ser un señor.

—Llamarme señor no tiene nada que ver con mi edad.

—Lo sé, según tú, es un término de respeto a los jefes de esta casa —voltea los ojos—.

Y como ya he dicho, no eres mi jefe.

—¿Ah sí?

Levanta su mentón desafiante.

—Si.

Me inclino aún más sobre ella, nuestros rostros tan cerca que puedo detallarla perfectamente.

—Sino soy tu jefe, ¿Entonces, que soy?

La observo vacilar, sus labios están a mi alcance, solo tendría que inclinarme un poco más para probarlos, para sentirlos contra los míos. Por un leve segundo, su vulnerabilidad sale a luz, no se ve tan segura o en control de la situación como de costumbre, se ven indecisa y no sé porque eso me gusta, quiero que ella pierda el control como yo lo hago cuando estoy a su alrededor, no sé porque digo las cosas que digo o hago lo que hago cuando se trata de ella.

Nuestras respiraciones se han vuelto irregulares, el calor de nuestros cuerpos mezclándose, Claudia me mira directo a los ojos para decirme.

—Ya te lo he dicho, solo eres el hijo de mi jefe.

Sin embargo, la convicción de su voz se ha ido, no suena tan segura como la primera vez que me lo dijo. Usa su mano para apartar uno de mis brazos y escapar de mí. Antes de que pueda alejarse más, la sigo y la tomo del brazo, jalándola para atraparla entre mi cuerpo y el mesón de la cocina.

—¿Solo eso, ah? —mi mano toma su mentón, obligándola a mirarme de nuevo—. ¿Solo soy el hijo del jefe, Claudia? No te creo.

—No me importa lo que creas —libera su mentón de mi agarre.

—¿Entonces por qué siempre huyes de mí? ¿A qué es a lo que le temes tanto? —no sé de dónde vienen esas preguntas, pero solo las hago, poniendo mis manos a ambos lados de su cintura contra el mesón.

Nuestras miradas están entrelazadas, quiero indagar, descubrir, solía conocer cada parte vulnerable de ella, pero ahora me ha dejado por fuera, solo mostrándome la parte defensiva, la frialdad y no quiero eso.

—No le temo a nada, y no huyo de ti.

—Mentirosa.

Ella aprieta sus labios, sus ojos dejan los míos para enfocarse en mi pecho.

—Tú no eres nada para mí, Artemis.

Tomo su mentón.

—Mírame a los ojos y repite eso.

Ella me mira a los ojos, y vacila, estamos tan cerca que cada vez que respira, sus pechos rozan la desnudez de mi torso

—Tú... —no puede terminar su oración, inconscientemente, mi pulgar roza sus labios, ella los abre ligeramente, su acelerada respiración escapando de ellos.

Maldita sea, me estoy muriendo por besarla.

Lo único que me detiene es Cristina, ella es alguien especial para mí, y no quiero ser infiel, no es justo con ella, ya llegar hasta este punto es lo suficientemente malo de mi parte.

No quiero ser como mi madre. Claudia me observa en silencio a la expectativa, como si no supiera que va a pasar o lo que quiere que pase. Yo si se lo que quiero, la quiero a ella, la deseo a ella, me enfurece y me desconcierta, odio esta sensación de descontrol.

No sé cómo logro despegarme de ella y salir disparado de la cocina antes de que haga algo de lo que me vaya arrepentir luego, sabiendo que tengo que manejar esta situación con cuidado, que he sido un idiota por creer que ya no me siento atraído a ella.

Tal vez solo necesito tenerla para poder dejarla atrás, el hecho de que ella sea imposible puede que despierte algún tipo de desafío en mi o que se yo. El hecho es que sé que no podré dejarla atrás sin antes haberla hecho mía por completo, sin haberme adueñado de que cada gemido, quejido, de cada suspiro de excitación.

Siempre obtengo lo que quiero, y Claudia fue la excepción aquel 4 de julio, pero no ahora, ella no será la excepción de nuevo.