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—Mami.
Ella no responde, ni se mueve.
—Mami, tengo mucho frío.
Viéndola tan descubierta me hace pensar que tal vez ella tiene mucho más frío que yo, voy por mi sabana y la arropo con cuidado, asegurándome de taparla lo más que puedo.
El sonido de alguien golpeando la puerta me hace saltar.
—¡Martha! ¡Martha! ¡Abre la maldita puerta!
Mi corazón se acelera, el miedo corriendo por mis venas, sacudo a mi mamá.
—¡Mami! ¡Mami, despierta!
Pero ella no se mueve en lo absoluto, grito cuando derriban la puerta a patadas.
—¿Dónde estás, puta de mierda?
Un hombre de negro, con aretes y muchos tatuajes entra a nuestro pequeño lugar. Sus ojos caen sobre mi madre.
—Ahí estas.
Me atravieso en su camino.
—¡No! ¡Déjala!
Él me agarra del pelo y me lanza a un lado, mi estomago chocando contra una mesita de noche frente al sofá. Me quedo sin aire, sosteniendo mi barriga.
El hombre agarra las jeringas y las lanza a un lado, abofeteando a mi madre, que apenas parpadea un poco.
—Vaya que te has dado un viaje con mi mercancía.
Con dificultad me levanto, lágrimas en mis ojos.
—¡Déjala! ¡No! ¡Por favor!
El hombre se sube encima de mi madre, desabrochando sus pantalones, lo golpeo una y otra vez hasta que se gira hacia mí y me agarra del pelo de nuevo, arrastrándome a la puerta. Me lanza afuera y caigo estrepitosamente en la nieve frente a nuestro tráiler.
—Entra aquí y te mataré, mocosa.
Llorando, corro, necesito buscar ayuda. Yo no puedo sola con ese hombre, mamá siempre me ha dicho que no luche con nadie si la vienen a buscar que solo busque ayuda.
Me caigo una y otra vez, han caído unos cuantos centímetros de nieve, no siento mis pies.
Una voz dulce llena mis oídos, un par de brazos fuertes sosteniéndome en el frío.
—Ey, ey, Claudia.
Abro mis ojos, las lágrimas nublando mi visión, estoy temblando sin control.
—Estas bien, solo fue una pesadilla —la voz de Artemis no me sorprende tanto como el hecho de que estamos en medio del patio de la casa Hidalgo.
¿Caminé dormida de nuevo?
El miedo, el frío, el dolor de la pesadilla aún palpitan en mi mente, levanto la mirada para ver esos ojos que solían calmarme cuando tenía estas pesadillas. Aprieto mis labios porque quiero dejar de llorar, pero no puedo.
Artemis sostiene mi cara, y en ese momento no se ve como el hombre frío y amargado que todos conocen, se ve como el chico que creció a mi lado, cuidándome, y brindándome su abrazo cada vez que mis pesadillas me atacaban, el chico que él solía ser solo cuando estaba conmigo.
—Estas bien —me susurra, sus pulgares limpiando mis lágrimas. No puedo hablar—.
No tienes que decir nada, estas bien —me abraza y lloro silenciosamente en su pecho, su olor tranquilizándome. Su mano acaricia la parte de atrás de mi cabeza.
No tengo la fuerza para apartarlo, para levantar mis paredes defensivas y alejarlo.
—Estas bien, Claudia, estoy aquí.
Pongo mis brazos alrededor de su cintura, abrazándolo con fuerza. Demasiado inestable para pensar racionalmente, solo necesito sentirme a salvo en sus brazos por unos segundos, hasta que desapareciera esta sensación de miedo inminente que me causa esas pesadillas, porque no son solo pesadillas, son recuerdos.
Y él lo sabe, lo sabe muy bien.