Добавить в цитаты Настройки чтения

Страница 10 из 18

Pasaron algunos días y no vi a Artemis, tal vez ha estado full con su trabajo o que se yo, pero estoy agradecida por la paz. Aunque Artemis no me intimida, no puedo decir que no me incomoda estar en su presencia. Tenemos años sin compartir o vernos por tiempo prolongado en lo absoluto, me tomará tiempo acostumbrarme a él.

Sin embargo, mi pequeño descanso de paz llegó a su fin, un sábado por la mañana. Me levante como de costumbre, ayudando a mi madre a usar el baño y vestirse para el día.

Después de hacerme unas trenzas a los lados de mi cara, ya que es más fácil trabajar sin tener que preocuparme por mi cabello, la dejo en el cuarto para ir a preparar el desayuno.

Bostezo, estirando mis brazos a mis lados mientras entro a la cocina, doy un brinco cuando noto a la figura sentada en la mesa.

—¡Dios!

Artemis está sentando, en un traje negro perfecto con sus brazos cruzados sobre su pecho y corbata azul oscuro. Los rayos de sol colándose por la ventana se reflejan en su cabello, resaltando esos pequeños mechones rubios casi imperceptibles en su pelo. Su cara inexpresiva y ojos fríos me hacen sentir incomoda, es la primera vez que está en la cocina desde aquella noche de la fiesta.

—Buenos días, señor.

—Llevo 20 minutos esperando el desayuno —él no me responde el saludo.

—Son las 7:00 de la mañana, no suelo servir el desayuno hasta las 7:30 cuando Ares y Apolo se van a la preparatoria o en los fines de semana cuando se levantan.

—Bueno, te sugiero que adaptes tu horario a mis necesidades.

Eso me molestó.

—No tienes por qué hablarme así.

—Yo te hablo como a mí me da la gana —el brillo en sus ojos me reta a desafiarlo, a no quedarme callada.

'Pórtate bien.' La voz de mi madre hace eco en mi mente, y trato de controlarme porque quiero decirle mil cosas. Literalmente, me muerdo un poco la lengua.

—Y ya que estamos dejando las cosas claras —señala un uniforme que no he notado sobre la mesa—… de ahora en adelante, usarás uniforme.

Eso era lo que necesitaba para estallar.

—¿Disculpa?

—Me escuchaste perfectamente —su mano extiende el uniforme hacia mí—. Creo que necesitas recordar tu lugar en esta casa, mis hermanos te han dado muchas libertades.

Dejo salir una risa sarcástica.

—Eres un jodido idiota.

Él alza una ceja, pero no luce sorprendido por mi insulto.

—¿Cómo me llamaste?

—Eres.un.jodido.idiota, Artemis —enuncie cada palabra con una pausa.

Lo observo apretar su mandíbula y levantarse, apoyándose con ambas manos sobre la mesa.

—Discúlpate ahora. —pero yo meneo la cabeza.

—No —sueno más valiente de lo que en realidad me siento.

Cobardemente, retrocedo y me apresuro a salir de la cocina, pero él se mueve rápido, y me agarra del brazo deteniéndome, su fuerte mano me aprieta, jalándome para estamparme contra la pared detrás de mí.

—Tú no vas a ninguna parte.

Nunca hemos estado tan cerca, puedo sentir el fuerte olor de su colonia y champú, es suave pero varonil.

—Suéltame —mantengo mis ojos en su corbata.

Él agarra mi mentón, obligándome a mirarlo, sus dedos clavándose en mi piel.

—Creo que has olvidado tu lugar en esta casa —me mira directo a los ojos mientras habla—. No eres más que la mujer de servicio, irrespetarme de esta forma podría costarte tu trabajo. Yo no soy como mis hermanos ni mucho menos como mi padre, compórtate así y no dudaré un segundo en echarte de esta casa.

—Tú no eres mi jefe —trato de liberar mi cara de su agarre—. Mi jefe es el señor Juan.

—Créeme cuando te digo que, si quiero echarte de esta casa, lo haré, Claudia—es la primera vez que me llama por mi nombre, pero no se siente bien en estas circunstancias—.

Yo soy tu jefe ahora —sus ojos bajaron a mis labios por un breve segundo—. El techo sobre tu cabeza, tu futuro, tu estabilidad, todo está en mis manos así que te conviene morderte esa lengua grosera que tienes y obedecerme.

Me libera y vuelve a sentarse en la mesa, tomando el periódico para leerlo. Aprieto mis puños a mis costados, y de mala gana agarro el uniforme.

Lo odio.

Nunca pensé que él llegaría a ser tan frío, el Artemis con el que crecí siempre había sido muy callado y poco expresivo, pero nunca había sido de esta forma.

El primer vistazo en el espejo del baño del uniforme me molesta de sobremanera. Parece un puto disfraz de Halloween, ya estos uniformes no son comunes. Me pregunto cómo supo mi talla, imbécil.

Cuando vuelvo a la cocina, Artemis ya no está solo, Apolo esta con él y la vergüenza no me cabe en el cuerpo.

—Señor —hago una pausa—… ya tengo el uniforme, ¿puedo volver a trabajar?

Artemis sigue leyendo el periódico sin mirarme.

—Siempre y cuando sepas cuales es tu lugar, puedes volver a trabajar.

Aprieto mis labios, obligándome a hablar.

—Tengo claro cuál es mi lugar como sirvienta, señor.

—Bien —él pone el periódico a un lado, toma la taza de té y la vacía sobre el suelo—.

Limpia, entonces.

—Artemis —la dulce voz de Apolo me tranquiliza, pero Artemis le da una mirada fría.

Se que él me está probando, él quiere que falle la prueba y así poder echarme de esta casa, jamás pensé que él me odiara de esta forma, subestimé su desagrado por mí.

Lágrimas llenan mis ojos, pero me contengo, no voy a darle la satisfacción de afectarme así, busco el trapero en silencio cuando vuelvo lo escucho de nuevo.

—No, usa un trapo.

—Artemis —la rabia en la voz de Apolo me sorprende.

Una lagrima se escapa y rueda por mi mejilla, no puedo con la humillación, nunca nadie me ha tratado de esta forma, ni siquiera la señora de la casa a la que no le agrado.

—Como diga, señor.

Apolo parece intentar hacer algo porque Artemis suena irritado.

—Haz algo y le cuento todo a mi padre, es solo una sirvienta, no vale la pena, Apolo.

Sus palabras arden y queman, pero sigo mi trabajo, me arrodillo limpiando el desastre a su lado, puedo ver sus zapatos mientras lo hago, pero no quiero mirarlo a él.

Una mano me toma del brazo, levantándome, los ojos cafés de Apolo me reciben:

—Suficiente.

Me libero de su agarre porque no quiero meterlo en problemas con su hermano.

—El señor me ordeno limpiar y debo hacerlo.

Apolo menea la cabeza, tomando mi brazo de nuevo.

—El señor ya tuvo suficiente.

De la nada, Artemis aparece a nuestro lado abruptamente, y agarra la muñeca de Apolo.

—No la toques.

Apolo y yo arrugamos las cejas, confundidos así que él habla rápido.

—Quien sabe que gérmenes puede tener, solo vete a tu cuarto, Apolo.

—Solo si la dejas en paz.

Artemis suspira cansado.

—Lo que sea, salgan de mi vista, ambos.

No lo pienso dos veces y salgo disparada de ahí, ya habrá tiempo para hacer el desayuno, solo sé que Artemis Hidalgo ha vuelto y no queda nada del chico con el que crecí, ahora solo queda un cascaron helado y lleno de desprecio por mí.