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– Billy -dijo Biralbo-. Estoy aquí.

– Yo no. -Billy Swa

– Casi nada. -Biralbo se las quitó. La luz de la bombilla desnuda le hirió los ojos y el camerino se hizo más pequeño-. Ese tipo me dijo que las llevara siempre.

– Yo lo veo todo en blanco y negro. -Billy Swa

– Les he dicho que no te los dirijan a la cara -dijo Oscar.

– ¿Vendrá ella esta noche? -Billy Swa

– Se ha ido -dijo Biralbo.

– ¿Adonde? -Billy Swa

– No lo sé -dijo Biralbo-. Yo quise que se fuera.

– Volverá. -Billy Swa

– Las nueve -dijo Oscar-. Es hora de salir. -Muy cerca, tras el escenario, se oía el rumor de la gente. A Biralbo le daba tanto miedo como oír el mar en la oscuridad.

– Hace cuarenta años que me gano así la vida. -Billy Swa

– No tocamos para ellos, Billy -dijo Oscar. Estaban los cuatro, también el baterista rubio y francés, Buby, agrupados al final de un pasadizo de cortinas, las luces del escenario ya les iluminaban los rostros.

Biralbo tenía la boca seca y le sudaban las manos. Al otro lado de las cortinas escuchaba voces y silbidos dispersos. «En esos teatros es como salir al circo», me dijo una vez, «uno agradece que otro salga primero a que lo coman los leones». Salió primero Buby, el baterista, con la cabeza baja, sonriendo, moviéndose con el rápido sigilo de ciertos animales nocturnos, golpeándose rítmicamente los costados del pantalón vaquero. Un breve aplauso lo recibió: Oscar apareció tras él, gordo y oscilante, con un gesto de desprecio impasible. El contrabajo y la batería ya estaban sonando cuando Biralbo salió. Lo cegaron los focos, redondos fuegos amarillos tras los cristales de sus gafas, pero él sólo veía la listada blancura y la longitud del teclado: posar en él las dos manos fue como asirse a la única tabla de un naufragio. Con cobardía y torpeza inició una canción muy antigua, mirando sus manos tensas y blancas que se movían como huyendo. Buby hizo redoblar los tambores con una violencia de altos muros que se derrumban y luego rozó circularmente los platillos y estableció el silencio. Biralbo vio que Billy Swa

Alzó la trompeta y se puso la boquilla en los labios. Cerró los ojos: tenía roja y contraída la cara, todavía no comenzó a tocar. Parecía que se estuviera preparando para recibir un golpe. De espaldas a ellos les hizo una señal con la mano, como quien acaricia a un animal. A Biralbo lo estremeció una sagrada sensación de inminencia. Miró a Oscar, que tenía los ojos cerrados y estaba echado hacia delante, la mano izquierda abierta sobre el mástil del contrabajo, ávidamente esperando y sabiendo. Le pareció entonces que escuchaba el susurro de una voz imposible, que veía de nuevo el absorto paisaje de la montaña violeta y el camino y la casa oculta entre los árboles. Me dijo que aquella noche Billy Swa

Cuando Biralbo alzaba los ojos del piano veía su perfil rojizo y contraído y sus párpados apretados como una doble cicatriz. Ya no podían seguirlo y se dispersaban, cada uno de los tres afanosamente extraviado en su persecución, sólo Oscar pulsaba las cuerdas del contrabajo con una tenacidad ajena a cualquier ritmo, sin rendirse al silencio y a la lejanía de Billy Swa

– ¿Volvió a beber?

– Ni una gota. -Biralbo se levantó de la cama y fue a abrir el balcón: ya había un relumbre de sol en los tejados de los edificios, en las ventanas más altas de la Telefónica. Luego se volvió hacia mí mostrándome una botella vacía-. Porque no había renunciado al alcohol y a la música. Se le terminaron en Lisboa. Igual que esta botella. Por eso le daba lo mismo estar vivo que muerto.

Abrió del todo las cortinas y tiró la botella vacía a una papelera. Parecía como si a la luz de la mañana ya no nos conociéramos. Lo miré pensando que debía marcharme y sin saber qué decirle. Pero yo nunca he sabido decir adiós.