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– ¿Ocurre algo aquí? -Alto y frágil, enfundado en su abrigo, con el ala del sombrero justo a la altura de las gafas, con un cigarrillo en los labios y el estuche de la trompeta en la mano, Billy Swa

– Ahora mismo, Billy. -Oscar obedeció con el alivio de quien ha logrado eludir un castigo. Trataba a Billy Swa

– Billy -dijo Biralbo, y notó que la voz le temblaba igual que cuando había bebido mucho o después de una noche entera sin dormir-, dime dónde está.

– Tienes mala cara, muchacho. -Billy Swa

– Te estoy preguntando por Lucrecia, Billy. Dime dónde puedo encontrarla. Está en peligro.

Billy Swa

– Debieras ver ahora mismo tu cara, muchacho. Eres tú quien está en peligro.

– No tengo toda la noche, Billy. Debo encontrarla antes que ellos. Quieren matarla. Han estado a punto de matarme a mí.

Oyó una puerta cerrándose y luego voces y pasos sobre la grava del camino. Oscar y el taxista venían hacia ellos.

– Ven con nosotros -dijo Billy Swa

– Sabes que no voy a ir, Billy. -El taxista ya había arrancado el motor, pero Biralbo no se separaba de la puerta delantera. Tenía frío y un poco de fiebre, una sensación de urgencia y de vértigo-. Dime dónde está Lucrecia.

– Cuando quieras, Billy. -Oscar había asomado su cabeza grande y rizada por la ventanilla y miraba con desconfianza a Biralbo.

– Esa mujer no es buena para ti, muchacho -dijo Billy Swa

– No entiendes, Billy, no es por mí. Es por ella. Van a matarla si la encuentran.

Sin quitarse el sombrero Billy Swa

– Piensas que eres tú quien la ha estado buscando, que el otro día la viste por casualidad en aquel tren. Pero ella te ha buscado otras veces y yo nunca quise que supieras nada. Le prohibí que te viera. Me obedeció porque me tiene miedo, igual que Oscar. ¿Te acuerdas de aquel teatro de Estocolmo donde estuvimos tocando antes de ir a América? Ella estaba allí, entre el público, había viajado desde Lisboa para vernos. Para verte a ti, quiero decir. Y un poco después, en Hamburgo, ella salió de mi camerino cinco minutos antes de que llegaras tú. Fue ella quien me trajo aquí y pagó por adelantado a los médicos. Ahora tiene mucho dinero. Vive sola. Supongo que ahora mismo estará esperándote. Me explicó el modo de llegar a su casa. De esa estación de ahí abajo sale un tren hacia la costa cada veinte minutos. Bájate en la penúltima parada, cuando veas un faro. Debes dejarlo atrás y caminar como media milla, teniendo siempre el mar a tu izquierda. Me dijo que la casa tiene una torre y un jardín rodeado por un muro. Junto a la verja hay un nombre en portugués.

No me lo preguntes porque no sé recordar ni una palabra en ese idioma. Casa de los lobos o algo así.

– Quinta dos Lobos -dijo Oscar en la oscuridad-. Yo sí me acuerdo.

Billy Swa