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Ruark prestaba poca atención a la charla. Aceptaba la conversación de los hombres tal como era, por lo menos por el momento. Mientras Pellier estuviera vivo, Ruark sabía que era de allí de donde lo amenazaba el verdadero peligro.
Ruark observó con recelo cuando el francés se acercó a Sha
– Bueno, hombre -dijo el piloto en tono burlón -si vas a ser uno de nosotros veamos qué tan bueno eres para limpiar un barco.
La planchada tocó el muelle y el capitán corsario empezó a moverse hacia la salida. En ese momento, un miedo frío, helado, atravesó a Sha
La correa se apretó alrededor de su cuello y Sha
Algunas de las rameras la señalaban con dedos mugrientos y llegaban a tirarle cruelmente del cabello. Sha
Cuando emergió del hacinamiento, Sha
Casi se le escapó un suspiro de alivio cuando levantó la vista y vio el grande y blanco edificio que tenía delante. Una amplia veranda corría a lo largo del frente y de un poste colgaba un mascaron de proa tallado en forma de rolliza sirena. El lugar era sucio, miserable, necesitaba desesperadamente reparaciones, pero Sha
Debajo de la sonriente sirena apareció un hombre monstruosamente enorme, tan alto como Pitney y la mitad de ancho, quien saludó a gritos a los vencedores. Su calva brillaba con sudor arriba de largas patillas que estaban peinadas en coletas adornadas con cintas de colores.
– ¡Han ido a la isla de Trahern, como dijeron, y veo que han regresado todos! -Rió regocijado mientras inspeccionaba las cajas y cofres que ellos dejaban sobre la veranda-. Y han traído algo de equipaje.
Un rápido tirón de la correa y Sha
– Una hermosa hembra sin duda, aunque Trahern me dejó poco con qué apreciarla. ¿Pero por qué la trajeron aquí? -preguntó Pellier sonrió taimadamente. -Es el fruto predilecto del huerto de Trahern, Madre, es la hija de él Ella nos hará ganar un montón de monedas.
– Ajá, si vivimos lo suficiente para disfrutado -replicó Harripen.
– A él le sería imposible hacer pasar por los arrecifes un barco lo suficientemente grande. Aquí estamos seguros -dijo Pellier.
El gigante apretó los labios y recorrió el horizonte con la mirada, evidentemente cada vez más nervioso.
– Seguramente que Trahern estará furioso -dijo en tono de preocupación. Después señalo a los prisioneros que se acurrucaban detrás de Sha
El sol se acercaba al horizonte y pronto la noche tendería su capa de terciopelo sobre la isla. Cuando la llevaron al interior, Sha
Una corta escalera descendía hasta el salón de la taberna, donde fueron encendidas linternas para iluminar las tinieblas de la noche que se avecinaba. Las piedras grandes y lisas debajo de sus pies estaban frescas y eran un descanso después de la arena caliente. Pellier cruzó el largo y oscuro salón llevando a Sha
– Carmelita, estás bonita como siempre, amor mío. ¿Quieres tumbarte conmigo?
Una voz dijo, desde el fondo del salón:
– Ha apostado por ti, Carmelita. Y está tratando de ganar la apuesta.
Carmelita sacudió su cabeza oscura y puso rudamente un jarro en las manos del inglés, dejando caer una parte del contenido sobre los calzones de él..
– Eso refrescará tu entrepierna hasta que yo termine mi trabajo, bellaco hambriento. Yo me acostaré con quien me plazca y no es probable que seas tú, ganso esquelético.
Fuertes risotadas sonaron alrededor de la mesa hasta que Harripen hizo callar a sus compañeros con una mirada severa. Ansioso por demostrar sus propios progresos con las mujeres, Pellier rodeó con un brazo la cintura de Sha
La más pequeña de las sirvientas, una muchacha que se había pichel acercado para llenar el pichel de Pellier, ahogó una exclamación de horror. Sha
Ella se dio cuenta de que lo había avergonzado delante de todos.
Harripen dijo:
– Eh, Robby, levántate. No te quedes ahí solo en el suelo. Perdona a la moza.
La dignidad del francés estaba malamente herida, por no mencionar, su trasero sobre el cual había caído. Tenía los ojos inyectados, la cara escarlata por la ira. Las palabras sonaron ahogadas en su garganta.
– Tú, perra orgullosa, te enseñaré a obedecer como una mansa ramera y a venir cuando yo te llame.
Salvajemente tironeó de la correa de modo que Sha
– A menos, naturalmente, que desees que yo te ayude -la amenazó, pero Sha
Bajó al oscuro agujero y cuando llegó al fondo levantó la vista, preguntándose qué se esperaba de ella. La escalera fue retirada y ella vio que Pellier buscaba algo contra la pared. Una pesada reja de hierro cayó para cubrir el agujero. Desconcertada, Sha
Un chillido en la oscuridad enfrió la confianza de Sha
El hedor del pozo la sofocaba y le provocaba náuseas. Sha
Sha