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CAPITULO CATORCE
Sha
Tenía que huir antes que él la alcanzara. El establo estaba acierta distancia de la casa y Jezebel había cubierto el camino en poco tiempo, pero Sha
No perdió tiempo en cerrar tras de sí la puerta de su saloncito, corrió a su dormitorio, abrió el guardarropa y sacó el vestido de campesina. Se puso u par de blandas zapatillas de cuero, se ajustó la falda y acomodó sobre la blusa paisana un chal para estar más cubierta. Finalmente tomó una capa oscura y salió de su habitación directamente por el balcón.
Jezebel estaba aguardándola. Sha
Ruark llegó a tiempo para ver a amazona cabalgadura que corrían entre los árboles, ya demasiado lejos para alcanzadas. Con profunda frustración, soltó un juramento, dio media vuelta y se dirigió lentamente a su cabaña. Allí se sirvió Una buena ración de ron y quedó mirando el reloj, calculando cuánto tiempo pasaría hasta que la cólera de Sha
La niebla empezó a levantarse y la luna, que brillaba a través de un halo de tenues nubecillas, daba una iluminación fantasmagórica a toda la isla. Sha
Sha
– Es porque casi me le entrego sobre el heno como una vulgar ramera -dijo entre dientes-. Y todo el tiempo tenía allí a esa mujerzuela aguardando por si yo me rehusaba. -Aunque estaba sola, el rostro de Sha
Empezó a apoderarse de ella- una intensa indignación por la duplicidad de él y el dolor quedó olvidado. Sollozó. Lloró. Maldijo a la noche y al bastardo libertino. La yegua sintió la desazón de su ama y empezó a relinchar y encabritarse.
Sha
Un pescador trasnochador se asustó ante la repentina visión de un gran. caballo oscuro sobre la blanca playa y sobre su lomo una furia salida del infierno, el rostro gris a la luz de la luna y de una hermosura ultraterrena. Después juraría que ella cabalgaba sin riendas y sin silla de montar. Aunque pronunció un rosario de " Aves" y cayó- de rodillas,
La amazona no le prestó atención. En cambio, erecta y orgullosa, siguió silenciosamente su camino. Meses después él culparía de todas las enfermedades que lo aquejaban a la visita de aquel espectro nocturno y cada vez que se tomara unas copas de más aburriría a sus compañeros con interminables relatos de aquella visión.
Las débiles luces de la aldea dormida alertaron a Sha
Entró en la aldea al paso y pasó entre las casas a oscuras como un fantasma.
Yegua y amazona- subieron la colina donde la casa de Pitney estaba encaramada sobre el acantilado como un atalaya vigilando el horizonte. Aquí había un refugio para Sha
– Entre, muchacha -dijo él-. ¿Qué la trae a estas horas? Sha
– Tenía necesidad de hablar -dijo- y no había otro…
Pitney se sentó en un banco ante el fogón apagado y comparó la hora de su reloj de bolsillo con el que estaba en la pared. Se sorprendió cuando Sha
Ahora la observó atentamente. Ella bebió del jarro y arrugó la nariz al paladear la amarga bebida. Siguió el inevitable estremecimiento de repulsión. Pitney no se sorprendió, y dedujo que el disgusto de ella era algo más que una leve irritación. Sha
– ¿Es tu padre otra vez? -preguntó cautamente.
Sha
– No es él. En realidad… -rió suavemente- él me ha liberado de nuevas exigencias de matrimonio hasta que encuentre un marido que me satisfaga.
Sha
– Es ese bribón que trajimos de Newgate el que me molesta.
– Oh. -Pitney se alzó de hombros-. El señor Ruark. O Beauchamp. Lo que fuere. Su marido.
– ¡Marido! -Sha
Pitney se sintió un poco picado.
– Ya lo he explicado todo antes. No veo el objeto de volver sobre lo mismo.
Sha
Gimió interiormente. ¡Maldito! ¡Maldito presumido! Jugando con todas las mujerzuelas de la isla a espaldas de ella y después quejándose de su vida monacal!
Ella no podía permitir que él permaneciera en Los Camellos, que compartiera su mesa, frecuentara. La mansión donde estaría obligada a soportar esa sonrisa burlona. El la había usado, la había añadido a su colección. ¿ Cuántas otras mujeres de la isla estaban en la lista? Una isla de solitarias esposas de marinos y de muchachas buscando marido. Debió de ser para él un paraíso con tantas mujeres dispuestas, contándola a ella. Seguramente ahora estaba riéndose a carcajadas de la hija orgullosa de Orlan Trahern, tumbada en la cama por un siervo común. Se estremeció de dolor ante la idea. El canalla no merecía destino mejor que el de un marinero naufragado en una isla desierta. Eso le serviría para conocer realmente la vida de célibe.
¿Pero cómo pediría a Pitney que la complaciera? El se había negado una vez y podría volver a rehusarse si ella no lograba convencerlo.
– Pitney. -Su tono fue suave e implorante-. Usted ha hecho mucho por ayudarme cuando yo no tenía derecho a pedírselo. No quiero parecer desagradecida. Pero soy penosamente importunada por ese hombre. Ha empezado a acosarme…
Pitney la miró con expresión interrogativa y Sha
– Afirma que es mi esposo y quiere que yo admita que soy su esposa.
Pitney guardó silencio pero su expresión se había vuelto pensativa. Encendió un pequeño fuego y puso agua a calentar para el té.
– A menudo me lo he preguntado. -Pitney habló por encima de su hombro-. Aquella noche, después de la boda, cuando lo sacamos del carruaje, luchó con una fiereza impropia para un hombre que ha visto cumplido un simple pacto, y en la cárcel sus palabras indicaron que había sido estafado, que se le debía algo más. Las referencias que hizo de usted no fueron muy amables.
La miró de frente, aguardando una respuesta, y Sha
– El… él no hubiera aceptado… -las palabras salían vacilantes a menos que yo le prometiera… que le prometiera pasar la noche con él.
Pitney se balanceó en el pequeño banco y dijo:
– ¿Y le sorprende que el muchacho la persiga?
Hizo temblar la habitación con una sonora carcajada. Sha